Fue una fiesta en Florida. Para muchos lo fue porque Peñarol ganó 2-0, con un gol en cada tiempo –el primero de Eduardo Darias y el segundo de Matías Arezo— y, al lo menos por unas horas, hasta que juegue Racing, quedó como único puntero del Apertura. Pero fue fiesta para casi todos los vecinos y vecinas de Florida que, por Boston River, que invita y conecta a los pobladores del pueblo al que vienen cada dos semanas, disfrutaron con inocencia y pasión de la parafernalia del fútbol profesional y de Peñarol.

Acá está Peñarol

Sí está, porque el Peñarol de Florida es el decano de la Piedra Alta, pero además es el primer club del mundo en llamarse oficialmente Peñarol. Es de abril de 1913 y el CURCC pasó a tomar oficialmente el nombre de Peñarol a finales de ese año.

El manya no avisó, atacó. En la primera jugada del partido pusieron una pelota en profundidad para Luis Miguel Angulo, cuyo remate desde afuera del área, fuerte y bien dirigido, fue sacado al córner por el golero de Boston River, Bruno Antúnez. Fue una declaración de intenciones del equipo de Diego Aguirre, que buscó sacudir el marcador apenas movieron del medio, obligando a la defensa del sastre a estar atenta desde el segundo cero.

Del remate del córner surgió otra enorme jugada de gol de los de Diego Aguirre, con un remate final de Facundo Batista, que otra vez fue bloqueado por Antúnez. No habían pasado dos minutos y el pobre Antúnez ya andaba a las revolcadas.

En siete minutos Boston River no había pasado la mitad de la cancha y, por lo menos, se contaban cinco ataques de Peñarol. Está establecido el minuto siete, porque fue justamente en ese momento que llegó el gol de los carboneros. Después de una pelota cruzada por Leo Fernández, mal rechazada por la zaga rojiverde, la tomó por izquierda, en el área, Darias para cruzarla muy bien contra el caño izquierdo de Antúnez, anotando así el primer gol de Peñarol. Primera revelación de los vecinos de Florida, que estaban ahí endomingados en la tribuna por Boston, pero con unas cuantas decenas gritando el gol de Darias.

¿Que querés, que me haga el nunca visto, si todo el mundo sabe que el Neco Constanza y toda su familia son manyas? No pasa nada, estamos bien y tranquilos en el pueblo, a pesar de que yo estoy de paradela con mi compu y mi teclado en bandolera, porque el lugar que me habían asignado fue ocupado por otros. Y vos, Chenlo, sos de acá. Sentí una sensación rara y conecté con otro floridense, el Ruso Rosencof, que nació en estas tierras porque al Ruso viejo le dieron trabajo en la sastrería de Costabile. Conecté con La margarita y este pedazo de soneto: Llegó de portafolios bajo el brazo / la gente murmuró: “Representante”. / Saco blanco de frac, muy elegante / la cara pintada, camisa con lazo. / El público, respetuoso, le abrió paso / saludó al tesorero con aire distante / y cuando solemne lo anunció el parlante / él contaba los pesos, por si acaso.

Me hubiera gustado tener el andar y la figura irrespetuosamente preponderante del coso que le gustó a La margarita, pero me quedé en el molde mientras le dictaba al block de notas del celular que fue todo dominio carbonero, que sacudía la tribuna Amado Fleitas. Pero también había aplausos y gritos en la Nasazzi y en la Pato Ferreri, que en los hechos eran tribunas para los socios floridenses de Boston River.

Haciendo sánguche

Hacía tiempo que no se veía una exposición tan favorable a un equipo y tan quedada del otro. Sin importar nombres, Boston River estaba conducido con demasiado retraso, encima perdiendo la pelota de forma muy comprometida en esa actitud de intentar cuidarla en su propio campo. Me siento como Diego Lucero, wing en Lima, en Santa Beatriz en el 35: soy periodista, estoy haciendo mi trabajo y no me hable. Pero un joven colega de radio, sentado en una mesa como la que le habían asignado a la diaria y que desapareció, abre una caja y me ofrece unos sánguches con los que agasajaron a la prensa. “No, gracias… Pero son buenísimos”, le digo: “Son de lo de Galloso, de mi panadería”.

Recién en el último cuarto de hora, cuando la oncena mirasol pareció bajar un poco el tono, fue que Boston River se animó —figuradamente, porque animarse se animan siempre— a cruzar el campo de juego. Pero no esperen que haya una narración detallada de algún ataque de los montevideanos que son locales en Florida: volvió a tomar ritmo Peñarol con Mauricio Lemos cruzando de costa a costa para habilitar a Angulo, que se metió en el área y, cuando iba a convertir, otra vez apareció el magnífico Bruno Antúnez para salvar a su equipo.

Dame una mano

Para el final del primer tiempo, sorpresa y media. En la única pelota que cruzó el área de Peñarol con cierto peligro se produjo una situación en la que, por lo que parecía un agarrón pero después resultó que había mano —de Mauricio Lemos—, el VAR terminó llamando a De Armas para revisar lo que él luego decidiría que sería penal. Como si se hubiera podido adivinar un desenlace previsible y simple, a Boston River le salió todo tan mal que el remate penal de Alexander González fue atajado casi con facilidad por Washington Aguerre. Al término del primer tiempo, seguía ganando Peñarol 1-0.

Algunos se paran cuando el Washi ataja y ahí veo al Cubilla —el que me contó dónde estaba la sastrería en donde le dieron trabajo a Rosencof— y me hace puñadito con las dos manos. “¿Qué hacés?”, me dice, mientras me apoyo contra una columna y el Richard se va a comprar un pancho superlargo que sabe que devolverá a la tribuna cuando ya esté empezado el segundo tiempo.

Cuando apareció Arezo para sellar la victoria

El segundo tiempo pareció empezar como el primero, pero a los cinco minutos hice otra marca porque un potente remate de Francisco Barrios resultó ser el primer remate —casi al arco— de Boston River. Pasó cerquita y pasó que los rojiverdes empezaron muy tibiamente a llevar la pelota un poco más cerca del arco carbonero.

Peñarol, que ya no tuvo a Darias en el segundo tiempo —para ir llevando de a poco el retorno del importante polifuncional—, no atacó con tanta reiteración real como antes, pero siguió haciendo figura a Antúnez, que tapó un terrible remate de Gastón Togni, quien fue justamente el que ingresó por Darias. Hubo un par de atajadas más de Antúnez, pero después entró Arezo y apareció ese goleador maravilloso y constante para pisar y, en un mismo movimiento, rodar, quedar con el arco de frente y poner la pelota esquinada e inalcanzable para el golero de Boston River. El 2-0 era exagerado para lo que fue el segundo tiempo, pero corto para lo que había sido la primera parte.

Termina y me voy a acomodar en el cemento para mandar esta crónica de parado, pero viviendo la vida en la cancha.