El juez pita.
Levanta los brazos.
Señala el círculo central.
Y ahí, en ese gesto ampuloso y definitivo, se termina el año.
No el calendario.
El otro.
El que empezó meses atrás cuando la ilusión era semilla. El que fue creciendo partido a partido hasta volverse verano en las tribunas. El que nos hizo caminar al estadio con la cantora en el oído y la camiseta del pueblo en el hombro.
Se terminó.
Los que van a la cancha lo saben. Los que escuchan la radio lo sienten antes de que el relator baje la voz. Los que miran la tele se quedan congelados unos segundos. Es un dolor agudo acá –sí, acá– que después se vuelve sordo, persistente, ligeramente perturbador. Parece que va a ser para siempre. Y, sin embargo, no. Pero en el momento es eterno.
Uno va entrenando las emociones. Y esa práctica tiene mucho que ver con lo fenotípico, con lo tuyo y los tuyos, con tu club, con tu camiseta. Si hacés músculo entre quienes de cinco ganan cuatro, la espalda crece, sí, pero aguanta menos los golpes. Los otros –los que se embarran, los que conocen barrios, alambrados y frustraciones– desarrollan otra resistencia, otra piel.
Sin verano en pleno verano
Quedar afuera no es perder un partido.
Es quedarse sin verano.
Porque esto es Nuestro Mundial. Somos 40, 50 pueblos, pequeñas naciones de vecinos y vecinas embanderados con una camiseta que no cotiza en bolsa pero cotiza en el alma. Sin campañas pagadas, sin maquinaria comercial empujando el espectáculo. Apenas un trabajo silencioso en redes, el esfuerzo cotidiano de los deportistas, el boca a boca, la esquina que comenta, el almacén que pregunta.
Desde la cancha hacia las tribunas.
Desde las tribunas hacia la ciudad.
Miles apretujados o cómodamente instalados en las cuatro tribunas. Y decenas de niños –hasta pasar la centena– arrimándose al portoncito de la gloria para salir a la cancha. Eso es lo que se apaga cuando el juez marca la mitad de la cancha.
Somos miles, pero estoy solo
Allá arriba, en lo más alto, somos miles pero estoy solo. En tensión. El superado que sabe que el fútbol es un deporte donde se gana o se pierde y la vida sigue… sí, claro. Allá arriba no hay superados. Hay tipos jugando con el mentón, mujeres apretando los puños, miradas clavadas en la raya donde Braian desborda como si se le fuera la vida.
Intento pivotear como el Tabaco, meter un dedazo como el Ruso. Pero lo que pivotea es la angustia.
Si no ganamos, acá se termina todo.
Y no es justo.
Y es justo, porque así son las reglas.
Un hombre con años, con callo, con esperanza –y con decenas de razones para reconvertir el mañana– me dice que se descompone. Que no va a aguantar los penales. Que quiere salir antes del final. Que no soportará el instante en que el juez vuelva a señalar el círculo central y ya no haya futuro.
No quiere volver de esa niñez que la ilusión le regaló por 90 minutos.
Quiere garantías.
Y el fútbol no da garantías.
Tengo años. Tengo callo. Tengo esperanza. Tengo camisetas donde reconvertir el mañana. Pero ese hombre soy yo. Yo también quiero que siga. Que clasifiquemos. Que la ilusión no hiberne hasta el año que viene.
Porque es un año.
Cuatro estaciones completas.
El vacío también se entrena
Ganar es un éxtasis finito.
Lo sabemos.
Lo sabemos quienes fuimos guiados por el deporte. Es una sensación con fecha de vencimiento anunciada. Se estira en horas o días, y en algún bombeo del corazón parece eterna. Pero el tiempo corre. El recuerdo se agiganta –a veces exageradamente– y entendemos que será para siempre solo mientras las neuronas consigan enlazarlo. Después, en las revanchas del Google Calendar, habrá otro enero.
El Maestro Óscar Washington Tabárez, en Las puertas de la memoria, habla de la fugacidad del logro y del vacío que llega casi de inmediato. Lo sintió tras una victoria épica. Lo diagnosticó en una habitación de hotel junto al profesor José Herrera, minutos después de alzar la copa.
Ganar es maravilloso.
Pero también deja hueco.
Y perder... perder es una cagada lacerante. Incluso para quienes perdemos siempre.
Sin embargo, en la derrota hay una data inescrutable. Hay un fin –“todo terminó”– y hay un renacer. Una metamorfosis que los especialistas no siempre registran, pero que vivimos los que ya no fuimos y pronto volveremos a ser. Un cambio de piel que no cambia de colores.
La herida forma callo.
Casi cicatriz.
Nunca es changa asumir que se termina todo, aunque ese todo sea apenas hasta el año que viene. Pero la semilla no muere. Hiberna.
Y un día, cuando nadie la está mirando demasiado, empieza a reverdecer.
Entonces volveremos.
Camino al estadio.
Con la cantora en el oído.
Con la camiseta del pueblo en el hombro.
Porque el fútbol es como la vida: siempre hay una revancha que esconde un sueño, que pisa una frustración y enciende una nueva ilusión.
Y cuando llegue ese enero, otra vez habrá verano.