Esto lo escribí cinco minutos antes de que empezara el partido, pero lo estuve pensando todo el día: no es posible que una linda, interesante y esperada contienda deportividad por masividad y por historia quede desviada y mal contada por la ejecución sumarísima o la absolución por unos días de un técnico, de un cuerpo técnico.
Están, estamos cambiando el mundo del fútbol para mal. Durante más de 100 años la gente, los futbolistas, los hinchas esperábamos el partido para jugar, para ser, para estar en esa contienda haciendo foco al encuentro, a quién ganaba, a quién era mejor. La expectativa por el fútbol era pura y floreciente, y todo apuntaba al juego. Ahora parece que este partido y otros en el Parque Central y en otras canchas del mundo no son por el juego ni por cómo evolucionan los equipos y los futbolistas en cancha, sino por si van a echar o no al técnico. Esto es fútbol, no tenis, pero todo se ha transformado en un match point de la desesperación. Y no debe, no puede ser, pero, como dijo Flavio Perchmann, los empujan, los empujamos tanto al borde del abismo sin necesidad que cuando le dan el empujón final y hacen desaparecer al director técnico de turno se preguntan: “¿Por qué?”.
Maximiliano Silvera y Mauricio Vera, de Nacional, y Nicolás Queiroz, de Wanderers.
Foto: Rodrigo Viera Amaral
Juego y tensión
Gran hermano nos impuso nominaciones de salida y ambientes pesados y nerviosos con los implicados. Así estaba Nacional, así estaba Jadson, que al final con el triunfo y buen juego normalizó las cosas. Fue triunfo 2-0 con goles de Maxi Silvera y Tomás Verón Luppi, que, increíblemente para lo que son los recortes de realidad de las redes y los opinadores, dejó a los bolsos por unas horas en la punta del campeonato.
El primer tiempo con la mitad de los protagonistas soportando esa presión directa e indirecta –porque los que juegan son ellos y no la idea o el planteo del cuerpo técnico al que, a su vez, saben que tienen que defender con su escudo de fútbol– fue intenso, irregular y con situaciones límite, entre las que se pueden contar situaciones de gol, pelotas en los caños, grandes atajadas de los dos goleros, expulsiones por acciones violentas denunciadas por el VAR y, por fin, el merecido primer gol de Maximiliano Silvera con la camiseta de Nacional que despresurizó al futbolista y a la situación. Cuando Maxi besó por primera vez el escudo de Nacional, se moría la primera parte, ya estaban diez contra diez, y después de un gran robo y una espectacular asistencia de gol de Silvera para Nicolás Diente López. El Diente eligió hacerlo él al gol que desparramó al golero Buffa, perfecto hasta ese momento, y remató, pero no pudo seguir su carrera de gol porque la pelota dio en el travesaño, y cuando bajó el bueno de Silvera, tic, la empujó a las redes y salió corriendo a besar el escudo.
Foto: Rodrigo Viera Amaral
Para el segundo tiempo definitivamente hubo un partido de diez contra diez y más espacios en cancha: Jadson Viera, mientras bajaba del patíbulo, colocó al chuiense Lucas Rodríguez por el argentino Mauricio Vera, lesionado, y le dio a su decena quite y movilidad para mirar el arco de enfrente; y así fue.
Cuando el gol de diferencia todavía dejaba la puerta abierta para la patinada al abismo, Diente López se armó, pero desperdició el segundo mientras Wanderers, sin luces, igual intentaba y el floridense Agustín Buffa aguantaba todo en su arco: un remate firme y al ángulo de Anchetta, un cierre a una exquisita habilitación de Lodeiro al Diente, otra volada. Hasta que a los 20 llegó el segundo de los tricolores, el gol tranquilizante.
Habían entrado Juan Cruz de los Santos y Tomás Verón Luppi, que a la postre fueron determinantes en el gol que aseguró la victoria: Camilo Cándido construyó como si fuera el regista de la media cancha y habilitó tirando una línea para Juan Cruz, que se metió para definir por encima de Buffa. El golero de Mendoza llegó a manotear, pero del otro lado venía Verón Luppi, que a dos metros del arco utilizó tiempo y engaño para evitar la defensa desesperada de Wanderers, y después de amagar una vez lo fundió de una y permitió una media hora de tranquilidad y juego