Perder así deja mucha rabia e impotencia, pero también la tranquilidad de haberlo dado todo. En los 3.500 metros sobre el nivel del mar de Cusco, donde la selección femenina de Perú ha elegido jugar como local haciendo correr esa ventaja de la altura, la selección femenina uruguaya perdió 2-1, jugando casi una hora con una futbolista menos por la injusta expulsión de Laura Felipe. Así, la celeste quedó bastante comprometida en su ilusión de llegar al Mundial de Brasil.

Aún le quedan cuatro partidos al equipo que dirige Ariel Longo, 12 puntos difíciles que comenzará a jugar más arriba todavía, en los 4.000 metros de El Alto, más arriba de La Paz, el próximo martes 14 de abril, para después recibir a Chile en el Centenario. Nada parece ayudar a las celestes, que encima jugarán su único partido de local en los tres de esta ventana luego de dos muy exigentes partidos en la altura.

30 minutos y nada más…

El equipo de Longo empezó jugando con Agustina Sánchez; Laura Felipe, Stephanie Lacoste, Yannel Correa, Juliana Viera; Pamela González, Ximena Velazco Sofía Oxandabarat (66’ Alaides Paz); Belén Aquino, Wendy Carballo y Esperanza Pizarro.

Solo hubo media hora de juego con cierta equidad y hasta dominio uruguayo, la media hora inicial, cuando las celestes llegaron a ponerse en ventaja con el gol de penal de la capitana, Pamela González, pero apenas unos minutos después, en una jugada bastante discutida, llegó el empate de las peruanas con un cabezazo de Alissa García. Ese fue el momento en el que empezaron a cambiar las cosas: las incaicas pasaron a jugar en posición de ataque casi permanente y Uruguay cayó en una situación de indefinición por no poder neutralizar a sus rivales. Y encima, por esa doble e inesperada –y mal sacada– tarjeta amarilla a Laura Felipe, que significó quedar con una menos.

En la segunda parte, con la diferencia numérica que estiraba la brecha en el estado físico por los efectos de la altura, Uruguay mantuvo el empate tanto cuanto pudo, hasta que con un golazo llegó el segundo peruano. El segundo de Perú fue un golazo de Sandra Arévalo, que progresó en tres cuartos de cancha y, cuando llegaba a la media luna, estiró más su enganche hacia la derecha para, con esa pierna, sacar un remate que venció irremediablemente a la buena golera uruguaya Agustina Sánchez.

Fue encomiable y admirable la forma en que se prodigaron las diez uruguayas que quedaban en el campo en busca del empate y obligando de todas formas a la última zona peruana. Aun así, perdiendo 2-1 con una menos en la cancha y con los físicos absolutamente desgastados por la altura y por el doble esfuerzo, el equipo uruguayo siguió buscando el arco rival y Wendy Carballo estuvo cerca de anotar el empate, que no pudo llegar.

Después de jugar cuatro partidos, la mitad de esta eliminatoria –que se juega a una rueda única todos contra todos, a excepción de Brasil, clasificado al mundial de oficio por su carácter de organizador–, Uruguay tiene solo 2 puntos y está lejos de los puestos de repechaje. Van al Mundial de manera directa los dos primeros, y al repechaje el tercero y el cuarto.

El rigor de la altura y el error arbitral

La crónica de este partido en el estadio Inca Garcilaso de la Vega se resume en la fractura que provocó la expulsión de Laura Felipe. Hasta ese momento la selección celeste gestionaba el útil con inteligencia, aprovechando la pegada de la capitana para ponerse en ventaja. Sin embargo, la impostura del equipo se vio resentida cuando la jueza decidió mostrar esa segunda amarilla que dejó al equipo en una apnea futbolística difícil de remontar. Jugar en el llano con diez es un desafío; hacerlo a 3.400 metros es una tortura para el cuerpo.

La entrega de las futbolistas fue total. El despliegue para cubrir los huecos y la porfía por alcanzar la globa en los minutos finales, incluso cuando el aire faltaba, habla de un grupo que no sabe lo que es tirar la pelota afuera ante la adversidad. El zapatazo de Arévalo fue un mazazo técnico, pero la respuesta anímica de Uruguay, apretando a Perú en su última zona hasta el pitazo final, rescata la dignidad de una derrota que duele pero no avergüenza.