Hubo un antes. Para estar en la largada del Giro de Italia un 8 de mayo de 2026, que será para siempre, días antes de su debut, Guillermo Thomas Silva salió en auto desde su casa en Andorra y bajó montañas hasta Barcelona, donde esperó el vuelo hasta Bulgaria. Un auxiliar del equipo Astana lo fue a buscar, comieron algo a la carrera y viajó ocho horas más por carretera hasta el hotel donde el equipo concentró de cara a la grande partenza del viernes.

La historia no había comenzado, pero se estaba escribiendo. Ahí y ahora, pero antes también. Acá en Uruguay, más lejos o más cerca de sus pagos, los aficionados al ciclismo lo viven con ansias, como propio. Se repitió y se repite, tal vez hasta el cansancio, y enhorabuena para este país de sosos: el primer uruguayo en la historia que correrá el Giro. Y ya lo corre. Y no solo eso, sino que va y gana la segunda etapa. Maravilla, único. Hay algo grandioso en todo eso.

Adentro de la casa, en la intimidad, la lectura es otra. “No es suerte, es sacrificio”, me dice Camila, su esposa, la que convive con él y ve de cerca los aeropuertos, las maletas, las concentraciones en altura, la vida suspendida entre un país y otro, al humano y al ciclista, al del Astana y al hombre que eligió para compartir la vida. El traslado entre Andorra y Bulgaria es la versión actual de algo que empezó más chiquito, como un hilo, con aquel niño de Maldonado al que le regalaron una bicicleta y que encontró entre pedaleadas una manera de salir a explorar el barrio.

“El primer uruguayo en la historia del Giro” también debe traslucir, aunque sea entre líneas, que el botija aquel tuvo su período de cansancio y se alejó del ciclismo en la adolescencia. Se fue a jugar al fútbol. Como buen uruguayo, testeó sus posibilidades, buscó la chance de ser feliz con la pelota. Su bicicleta ahí quedó. Hasta que vio correr a un primo y la llama, ese fuego familiar que traía implícito, esa estirpe, digamos, le volvió a alumbrar el camino.

Algo había. Llegaron los éxitos. Fue campeón nacional júnior en ruta y contrarreloj no una, sino dos veces. Hizo doblete, también, en la Vuelta Ciclista de la Juventud. Lo vieron desde el exterior y barajó sus chances. Todo esto pasó a principios de esta década, es nuevo, es joven. En 2022 fue otra vez campeón nacional, esta vez en ruta en sub 23 y en élite. Un año más tarde le valió el pase al Caja Rural español y ahí alternó los comienzos de su carrera profesional con algunas participaciones en el ciclismo nuestro de cada día. Hizo podio en un par de nacionales de contrarreloj y en 2025 volvió a ser el mejor en el Nacional de Ruta. Su nombre ya se escribe solo.

Abro paréntesis: sus pasajes europeos comenzaron antes, siendo menor. Acá Thomas Silva era una promesa, una proyección, pero en España corría en el anonimato. Se hizo de abajo, la peleó cuando cambió de casa, cuando los compañeros de equipo pasaron a ser su familia, cuando el mapa de Uruguay se transformó en un sinfín de pueblos españoles y recorridos para estudiar. No se le abrieron las puertas: las fue empujando. Su última temporada en el Caja Rural fue de confirmación y se dio el salto al WorldTour. Una bestia.

Con estudio

Thomas tiene el Giro estudiado. Lo necesita, se conoce. Sabe qué etapas le van a cuadrar para intentarlo y cuáles no, qué recorridos pueden favorecer a su forma de correr y dónde puede hacer algo más que llegar. Su círculo íntimo me lo cuenta. Aseguran que estudia perfiles, desniveles, curvas, que analiza la combinación de puertos y repechos, los rivales. Lo hizo antes, hace nada, a fines de abril, cuando ganó el Tour de Hainan, y también lo hizo ahora, para el Giro. Analizando el recorrido, las primeras dos semanas le guiñan un ojo por las etapas con perfiles quebrados, llegadas en repecho, terrenos predispuestos para fugas. Y como es tenaz, quiere ganar una etapa. Y si se puede, dos. Y fue más grande: lo sintió dentro, lo intentó y la ganó: la segunda etapa es suya. Esto entra en la historia del deporte de siempre.

Hace unos años miraba esas carreras por la pantalla desde Uruguay y ahora pelea la victoria contra los grandes nombres. Dice que lo que cambió no es la ilusión, que sigue siendo “la misma o más”. Lo que sí es distinto, dice, es la forma de hacer las cosas, la vida entera organizada alrededor de la bicicleta.

Hubo un antes. La foto del niño con la bici no pega con la del profesional que hoy recorre una de las carreras más importantes de la humanidad. Y, sin embargo, son el mismo. Tal vez el ciclismo, al final, sea eso: un niño con una bicicleta recién sacada del papel de regalo sin saber pedalear. Pero pedalea. Y de rosa.