Atif Mian es profesor de Economía y Finanzas en la Universidad de Princeton. Su libro sobre la crisis financiera de 2008, La casa de la deuda, lo puso en el mapa y lo colocó en la lista de los 25 economistas jóvenes más influyentes del mundo según el Fondo Monetario Internacional. No fue una tarea sencilla. Ríos de tinta desbordaron las librerías intentando desentrañar con originalidad todos los misterios de aquel evento tan disruptivo que comenzó con la quiebra de Lehman Brothers. Pero no fueron sólo libros, la crisis de 2008 se reservó un lugar dentro de la cultura pop del siglo XXI. No fueron pocas las expresiones artísticas que intentaron tamizar ese episodio para extraer su esencia de las formas más singulares. Por ejemplo, de acuerdo a IMDb (Internet Movie Database), más de 400 películas están relacionadas de una u otra manera con aquella crisis. Las más famosas y recomendables: Inside Job (2010), Margin Call (2011) y The Big Short (2015). Pero no son las únicas. Para curiosos, la biblioteca cinematográfica de la crisis está compuesta por 200 documentales, 169 películas dramáticas, 58 cortos, 71 comedias y hasta por películas de terror, romance y reality shows. Si bien los criterios de asociación parecen ser generosamente laxos (¿486 películas encontradas?), sobran fundamentos para tanta atención. En definitiva, la crisis de 2008 se perfilaba como la versión contemporánea del crack de 1929. ¡Qué ilusos! Con las retinas quemadas de tanto 2020, aquella crisis parece haber sucedido en otra vida y palidece ante las características excepcionales de este túnel negro que no terminamos de atravesar. En palabras del propio Mian, “la recesión de la covid-19 es la más extraña en la memoria viva”, y llega en un momento por demás inoportuno.

1. Es extraña porque es la recesión más global de todas

Nuestro rudimentario arsenal para combatir el virus consiste aún en apagar voluntariamente la economía. Fue así en 2020 y está siendo así en 2021; el mundo baja y sube la llave al influjo de la dinámica sanitaria. Como consecuencia, más de 90% de los países experimentó un retroceso de su producto bruto interno per cápita. Como se ve en el gráfico, esto es algo que no sucede al menos desde 1871.

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2. Es extraña porque es la recesión más desigual

El surgimiento y la rápida expansión del virus generaron profundos cambios en todos los aspectos de nuestra cotidianidad. En particular, supuso un enorme impulso (quizás el impulso final) para muchas de las transformaciones que ya estaban teniendo lugar, pero que se venían procesando a un ritmo lento. Este es el caso del teletrabajo, por ejemplo. La tecnología ya permitía, antes de la pandemia, realizar muchas tareas y actividades de forma remota sin mayores complicaciones. El enorme crecimiento que registraron los servicios de exportación global durante los últimos años es muestra de ello. Sin embargo, las medidas de distanciamiento físico que venimos desplegamos y replegado rítmicamente para contener el avance del virus y salvaguardar la capacidad de los sistemas de salud acentuaron esta tendencia y ampliaron su alcance hacia un conjunto más grande de ocupaciones y sectores de actividad. El problema es que la posibilidad de trabajar remotamente no se distribuye de manera homogénea entre todos los trabajadores. Por sus características, una parte importante de la fuerza laboral queda al margen de esta modalidad de empleo y no puede continuar su trabajo en contextos de restricción a la movilidad. Peor aún, la población que queda al margen del teletrabajo es la que en términos generales exhibe un mayor grado de vulnerabilidad ante la situación actual; el sesgo del teletrabajo es a favor de la alta calificación. Pero eso no es todo. El problema no se limita únicamente a la capacidad de trabajar a la distancia, sino que existe una multiplicidad de factores vinculados a la realidad de cada hogar que relativizan esa capacidad en detrimento de los más vulnerables. Por más que el teletrabajo sea una opción, existen problemas inherentes a cada hogar, como pueden ser el hacinamiento, la infraestructura tecnológica (falta de equipamiento adecuado o problemas de conexión a internet) y, obviamente, el peso de las tareas de cuidado, que quedó restringido a la órbita de cada familia ante el cierre de los centros educativos. En suma, una de las características que hace tan extraña y dañina a esta crisis es que sus impactos son muy asimétricos y profundizan las desigualdades preexistentes (que en muchos casos son estructurales). Si bien todas las crisis golpean más a los que tienen menos, esta es particularmente nociva.

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3. Es inoportuna porque la crisis más desigual se monta sobre un mundo muy desigual

Si bien la mitad más pobre de la población mundial experimentó una fuerte mejora durante las últimas décadas producto del desempeño de las economías asiáticas (especialmente China), el 1% de mayores ingresos a escala global recibió el doble de ingresos que el 50% más pobre. Al mismo tiempo, la clase media global se contrajo y se detuvo la movilidad social. En el caso de Estados Unidos, estas tendencias fueron mucho más marcadas: la participación en el ingreso nacional del 1 % de mayores ingresos pasó de 10% a 20 % entre 1980 y 2016 (en Europa pasó de 10 % a 12 %). En la órbita de la riqueza, que está sustancialmente más concentrada que el ingreso, sucedió algo similar. En el caso puntual de Estados Unidos, el aumento de la desigualad de la riqueza fue altísimo: la participación del 1 % más rico en el total de la riqueza pasó de 22% a 39% entre 1980 y 2014.1 De acuerdo a Credit Suisse, esta tendencia se acentuó desde entonces y a 2019 el 1% de la población ya poseía 44% de la riqueza mundial.

Además, Mian alerta sobre otro fenómeno de 2020: “A pesar de que la recesión más desigual llega en el momento más desigual, la caída del gasto en esta recesión está impulsada por los más ricos, que han sido menos afectados (porque no pueden gastar en lo que les gusta gastar)”. Por ejemplo, por más que una persona disponga de los recursos, si las fronteras de los países están cerradas difícilmente pueda vacacionar dos veces al año en el exterior con todos los lujos, como lo hacía en la vieja normalidad. Eso no es lo que ocurre cuando recorremos hacia abajo la distribución del ingreso y la riqueza: en la canasta de consumo de los segmentos menos pudientes, los bienes y servicios que cubren las necesidades más básicas tienen un peso determinante (muchos de los gastos no se pueden diferir). Esto supone que, a nivel global, la brecha en términos de ahorro y acumulación se amplíe más que nunca y alimente una dinámica temporal cada vez más compleja. Como sentencia Mian: “Tenemos el mayor auge en las cuentas bancarias mientras tenemos las filas más largas para pedir alimento. La economía es un ecosistema que requiere equilibrio; no estamos en equilibrio”.


  1. “The World Inequality Lab”.