¿Uruguay es un país caro? Esta pregunta reaparece frecuentemente en el debate político y en los últimos días volvió a cobrar fuerza tras las críticas expresadas por la oposición y por algunos empresarios, quienes advierten que los altos costos y los problemas de competitividad estarían detrás de los despidos realizados por algunas multinacionales durante los últimos meses.

la diaria consultó al respecto a algunos especialistas que plantearon los riesgos de simplificar el debate, dejando afuera aspectos claves de la calidad de vida de los uruguayos. Gabriela Mordecki y Fernando Isabella coincidieron en que los precios “relativamente altos” están asociados a rasgos “estructurales positivos” de Uruguay –como salarios más elevados, un sistema de protección social desarrollado, mayor calidad de vida y una moneda fuerte– y no a distorsiones coyunturales fácilmente corregibles.

Desde esta perspectiva, competir por bajos costos implicaría resignar bienestar, derechos y nivel de vida. El magíster en Economía y director del Centro de Estudios Etcétera, Fernando Isabella, cuestionó la idea de que Uruguay deba aspirar a ser un país “barato” y sostuvo que esa estrategia está asociada, en general, a peores condiciones de vida. “Como regla general, los países baratos son pobres. Siempre los países de alto desarrollo, con buena calidad de vida, son relativamente caros para una mirada externa”, afirmó.

En la misma línea, Mordecki, coordinadora del área de coyuntura del Instituto de Economía, sostuvo que el debate sobre Uruguay como un país “caro” reaparece de forma frecuente, sobre todo en los últimos 15 años. “Esta idea de que Uruguay es un país caro es relativa. Hay que considerar, además, para quién resulta caro. [...] Muchas veces es un mito que se repite, como, por ejemplo, la idea de que Uruguay cobra muchos impuestos. Puede ser que tenga una presión fiscal más elevada que algunos de nuestros vecinos, como, por ejemplo, Paraguay, pero tiene una cantidad de servicios públicos y una calidad de vida que dan cuenta de los mayores recursos con los que cuenta el Estado”, afirmó.

Con una mirada contrapuesta, el economista Nicolás Vidal, investigador del Centro de Estudios de la Realidad Económica y Social (Ceres), afirmó a la diaria que “sin lugar a dudas” Uruguay es un “país caro” y sostuvo que esa condición es el resultado de factores estructurales y de decisiones internas que pueden modificarse. “Es caro y es importante entender por qué lo es. Es multicausal”, señaló.

¿País barato para quién?

Por su parte, Isabella insistió en que la noción de país barato depende de quién mire. “Los países baratos lo son para los extranjeros, no para la gente que vive ahí”, afirmó. Puso como ejemplo a Paraguay: “Si los uruguayos vamos a Paraguay, nos parece un país baratísimo. ¿Para los paraguayos es barato? No”. “Si se mide la pobreza de Paraguay con la misma vara que Uruguay, probablemente triplica a la uruguaya, lo que muestra que con los ingresos de los paraguayos, Paraguay es mucho más caro para sus ciudadanos que lo que es Uruguay para los uruguayos. Es decir, al paraguayo promedio le cuesta mucho más acceder a una canasta de consumo de bienes básicos. La idea del país barato siempre es para los extranjeros y para una élite”, sentenció.

“Para las personas que están en muy buena posición, un país barato les permite conseguir servicio doméstico muy barato. Pero no es para la mayoría de la población. Ser barato a costa de que la gente viva mal es algo que no tiene ningún sentido”, agregó.

Isabella remarcó que a Uruguay “le va mejor que a cualquiera de los países baratos” en términos de pobreza y desarrollo humano. También sostuvo que la idea de país barato puede resultar atractiva solo para ciertos perfiles de inversión intensivos en mano de obra poco calificada. “Por eso Uruguay no capta ese tipo de inversiones”, afirmó, y añadió que la contracara es positiva: “No tiene las condiciones para hacerlo porque la gente vive bien, vive mejor que en los países que son competitivos en ese tipo de inversiones”.

En la misma línea, Mordecki cuestionó la idea de que Uruguay pueda o deba competir por precios bajos y compartió el criterio de que el diagnóstico de “país caro” es relativo y depende de para quién se lo mire. “Habría que definir para quién es caro Uruguay, ¿para los turistas que vienen?, ¿para exportar? Yo creo que muchas veces se maneja el tema de forma genérica”, indicó. Mordecki reconoció que existen bienes puntuales –como productos de higiene personal– con precios significativamente más altos que al otro lado de la frontera, pero aclaró que eso no equivale a un mayor costo de vida en su conjunto. “Eso no quiere decir que el costo de vida en Uruguay sea más elevado que en otros países”, señaló.

Efecto Balassa-Samuelson

Según Isabella, los países de alto desarrollo son relativamente caros debido a múltiples factores: “porque tienen mejores salarios, sistemas de protección social más desarrollados que hay que financiar y también por motivos estructurales”. En ese sentido, señaló que las diferencias de productividad entre sectores generan lo que en la literatura económica se conoce como el efecto Balassa-Samuelson, que “tiende a generar el encarecimiento general de la economía y el fortalecimiento de las monedas”.

Sobre esto, indicó que “basta ver en el mundo todos los países de alta calidad de vida y no vas a encontrar ningún país barato. Y, si mirás en la región cuáles son los países más baratos, vas a ver que en general son todos los países de baja calidad de vida”, señaló Isabella. En ese sentido, advirtió que competir como país barato “implicaría tener que rebajar costos laborales y protecciones sociales”, algo que, a su juicio, no conduce al desarrollo.

Por el contrario, planteó que “la clave del desarrollo es distinta” y pasa por “lograr competir por calidad y diferenciación de productos, es decir, lograr producir cosas que se puedan vender caras, que permitan márgenes para sostener salarios más altos y también sistemas de protección social más desarrollados”.

Otra visión

Según Vidal, existen elementos que el país no puede cambiar –como su ubicación geográfica, la distancia respecto de los grandes centros de comercio mundial y el tamaño reducido de su mercado interno–, pero también hay otros que dependen directamente de decisiones locales.

Sostuvo que entre los aspectos que se pueden modificar están los temas referidos a las empresas públicas. Señaló que en el último quinquenio UTE registró ganancias cercanas a 200 millones de dólares, y planteó que parte de esos recursos podrían destinarse a reducir las tarifas para los sectores productivos.

También apuntó al precio de los combustibles, que se ubicó entre los más altos de la región y del mundo. “Ser un país caro no es una condena, es en parte una elección que estamos tomando día a día como país al no avanzar en un proceso de mejora regulatoria y simplificación del Estado”, sostuvo.

Consultado sobre el impacto del sistema de protección social, la formalización laboral y los salarios mínimos más altos, reconoció que estos factores inciden en los precios. “Si comparamos la situación de los trabajadores en Uruguay con otros países que no gozan del sistema de protección que tiene nuestro país, claramente eso hace que se encarezca el costo del trabajo”, afirmó.

Sin embargo, sostuvo que existen encarecimientos adicionales que no deberían estar presentes. En esa línea, planteó que el nivel de gasto público también forma parte del debate. “El peso importante que tenemos en el Estado también explica el encarecimiento”, indicó, y mencionó que en Uruguay hay aproximadamente 12 personas por cada funcionario público.

De todos modos, aclaró que muchas de las reformas que propone no implican un cambio estructural del modelo de país ni la eliminación de empresas públicas o monopolios estatales. “Son cosas pensadas para el Uruguay de ahora”, remarcó.

¿Un camino inviable?

Desde una perspectiva estructural, Mordecki consideró que Uruguay no puede posicionarse como un país de bajos costos. “Por nuestro tamaño, nuestra escala, Uruguay no puede competir con países como China o India”, dijo.

En esa línea, sostuvo que apostar a salarios muy bajos para abaratar precios implicaría resignar niveles de vida que la sociedad uruguaya no está dispuesta a aceptar. “Nosotros no queremos que el Uruguay sea un país que pague esos salarios para poder tener esos productos tan baratos”, afirmó, al referirse a industrias como la vestimenta o el calzado de China o India, que pagan ingresos más bajos.

Escala y límites

Para Isabella, Uruguay enfrenta además restricciones específicas. “Uruguay no tiene la escala suficiente como para lograr unas industrias de productos estandarizados que produzcan una escala enorme, que es lo que puede permitir bajas de costos más relevantes”, sostuvo, y agregó que eso “hace además especialmente difícil para el caso de Uruguay transformarse en un país barato”.

Centro de Montevideo (archivo, diciembre de 2025).

Centro de Montevideo (archivo, diciembre de 2025).

Foto: Gianni Schiaffarino

Al analizar por qué Uruguay aparece como un país caro en la comparación regional, distinguió entre factores estructurales de largo plazo y otros más coyunturales. Entre estos últimos, destacó el rol de la política monetaria y el fortalecimiento del peso uruguayo en los últimos 20 años. “Si Uruguay siguiera una política monetaria que hubiera determinado que el dólar hoy estuviera a 60 pesos, simplemente por ese hecho seguramente Uruguay sería más barato”, dijo, aunque aclaró que eso no implicaría necesariamente una mejor calidad de vida.

Recordó que tras la crisis de 2002, Uruguay era percibido como un país barato en términos internacionales, pero subrayó el costo social de ese escenario: “En ese momento los uruguayos no vivíamos mejor, vivíamos mucho peor”.

“La escala además es asociada a cierta tendencia a la oligopolización de mercados, sobre todo importadores”, explicó, y señaló que en algunos bienes de consumo cotidiano “hay un único importador o importadores que tienen un control del mercado muy relevante”. Esto permite que productos que se fabrican en Argentina o en Brasil “acá cuesten el doble o el triple”, aun sin aranceles.

El peso de los oligopolios

Consultada sobre si existe margen para abaratar algunos precios sin tocar salarios, protección social o servicios públicos, Mordecki señaló que las posibilidades dependen del tipo de mercado. “Los mercados monopólicos u oligopólicos tienden a generar márgenes de ganancia abultados para las empresas”, explicó, y sostuvo que promover reglas de mayor competencia podría reducir precios en ciertos rubros.

Puso como ejemplo los productos de frontera y las grandes diferencias de precios en bienes importados: “Hay cuestiones de reglamentaciones que hay que revisar: por qué el importador tiene esa capacidad de fijar precios tan elevados cuando es un producto que sale diez veces menos cruzando la frontera”. En esos casos, advirtió, el problema no son los costos, sino la falta de competencia.

En el caso de los productos de exportación, los precios que se fijan dependen del valor del dólar, remarcó. Con respecto a si los servicios públicos, la energía, los salarios o la estructura productiva pueden afectar los precios, la economista contestó que en muchos casos no repercuten.

La experta señaló que en algunos casos existe la necesidad de simplificar trámites en el Estado, algo que puede disminuir los costos de las empresas, pero advirtió que, si se sigue permitiendo que los negocios mantengan los precios, no se abaratan los costos que llegan al consumidor. “Puede ocurrir que el abaratamiento favorezca al empresario y no llegue a bajar los precios para el consumo. Haciendo las cosas de un solo lado no se soluciona el problema”, agregó.

Recordó la experiencia de la reforma tributaria del primer gobierno del Frente Amplio, cuando la reducción del IVA y la eliminación de la Contribución al Financiamiento de la Seguridad Social (Cofis) fueron absorbidas por intermediarios y cadenas comerciales. “Los únicos precios que bajaron fueron los de los servicios públicos”, recordó, y explicó que por eso luego se instrumentaron mecanismos de devolución directa al consumidor. “No alcanza con bajar costos, sino que hay que trabajar para que llegue al consumidor final”, indicó.

Con respecto al margen que tiene Uruguay para reducir precios, Isabella dijo que “es limitado, acotado”. Aun así, mencionó algunos espacios de acción: “Fomentar la competencia en algunos mercados que están especialmente concentrados”, mejorar la eficiencia de ciertos servicios públicos y discutir cambios en la estructura tributaria.

En particular, señaló el peso del IVA: “En Uruguay el IVA es 22%. Eso quiere decir que cualquier cosa que uno compra tiene un recargo de 22 puntos”, y planteó que una estructura más basada en impuestos a los ingresos y menos al consumo “podría hacer que el precio de venta de los productos fuera un poco menor”. De todos modos, insistió en que se trata de “márgenes acotados”.

Experiencias regionales

Al mirar experiencias regionales e internacionales, Mordecki fue crítica con las estrategias de competitividad basadas en devaluaciones o salarios a la baja. “En general no han funcionado”, dijo, y recordó los casos de Argentina y Brasil, donde estos procesos “terminaron en grandes crisis”. A su juicio, “generar una crisis para abaratar el país no es la solución”.

“Una cosa es tener menos inflación y otra que bajen los precios”, explicó, y agregó que, si los salarios caen al mismo tiempo, “el costo para ti sigue siendo el mismo. No hay una rebaja verdadera”. En ese marco, destacó las medidas que implementa el Ministerio de Economía para simplificar trámites; no obstante, remarcó que Uruguay no va a poder “lograr ser barato como Brasil”.

“Brasil es un país que tiene un mercado interno de 200 millones de habitantes, y además tiene niveles salariales mucho más bajos que los uruguayos y una distribución del ingreso mucho más desigual; esas son las consecuencias. Argentina tiene crisis frecuentes. ¿En quién nos queremos reflejar? ¿Qué modelo vamos a importar? Tenemos que hacer nuestro propio camino”, remarcó.

Isabella también se refirió a experiencias recientes en la región, como la de Argentina entre 2020 y 2023, cuando el país se volvió muy barato para los uruguayos. “¿Para los argentinos era barato? No”, respondió, y recordó que fue el período en que la pobreza alcanzó el 60%. “Es barato para los que vamos de afuera y tenemos nuestros ingresos en una moneda más fuerte. Para la gente que vive ahí no implica mejores condiciones de vida”, afirmó.

Un debate político

Finalmente, al evaluar las críticas de la oposición que instalan la idea de que Uruguay es un país caro, Mordecki reconoció que existen algunos problemas, pero dijo que el gobierno anterior, liderado por Luis Lacalle Pou, “tampoco los resolvió”. Añadió que se trata de un tema estructural “de muy difícil solución” que atraviesa distintos gobiernos y es un “problema que persiste”.

Para la economista, el camino pasa por medidas “más quirúrgicas”. “No se puede bajar sueldos o impuestos, eso afecta muchas otras cosas y empeora la calidad de vida. Así no se soluciona el problema”, concluyó.

Por su parte, Isabella consideró que la idea de que Uruguay es un país caro es “fácil” de instalar en el debate político y “difícil de explicar”. “Hay aspectos estructurales, de largo plazo, que son positivos y explican el costo de Uruguay. Refieren a una mejor calidad de vida, a un sistema de protección social bastante robusto”, concluyó, y sostuvo que no le parece “deseable” cambiar esos rasgos estructurales, más allá de correcciones puntuales.