Uno de los grandes desafíos de los economistas es hacer buenas predicciones sobre lo que va a pasar en la economía. No solo se trata de anticipar el futuro, sino también de medir qué tan precisas son esas predicciones y cuánto pueden equivocarse. Esta tarea se ha vuelto cada vez más difícil en un mundo caracterizado por la volatilidad, la incertidumbre, la complejidad y la ambigüedad.
La volatilidad significa que las cosas cambian rápido y con frecuencia. Los precios, los tipos de cambio o las tasas de interés pueden moverse de forma inesperada. Esto genera incertidumbre, es decir, hace más difícil saber qué va a pasar en el futuro. En ese contexto, realizar proyecciones económicas con poco margen de error se vuelve un verdadero desafío.
A esto se suma la complejidad del mundo actual. Muchos factores distintos influyen al mismo tiempo en la economía: decisiones políticas, conflictos internacionales, cambios tecnológicos o movimientos en los mercados financieros. Como todos estos elementos interactúan entre sí, no siempre es fácil entender qué causa qué. Por eso también aparece la ambigüedad: distintas personas pueden interpretar la misma realidad económica de maneras diferentes.
En este escenario actúan los llamados agentes económicos, como las empresas y los consumidores. La forma en que ellos ven el futuro, es decir, sus expectativas, son muy importantes porque influyen directamente en sus decisiones, y sus decisiones afectan directamente los resultados económicos del futuro. En un mundo lleno de información, entender cómo las noticias económicas y financieras afectan el ánimo de las personas se vuelve clave. Si los empresarios y los consumidores son optimistas, tienden a invertir y gastar más. Si predomina el miedo o la incertidumbre, ocurre lo contrario.
Numerosos estudios muestran que la incertidumbre económica suele tener efectos negativos sobre la inversión o el consumo. Cuando los empresarios no saben con claridad qué pasará con los precios, los salarios, las tasas de interés, el tipo de cambio, los impuestos o las reglas del comercio internacional, suelen volverse más cautelosos. Muchas veces prefieren esperar antes de tomar decisiones importantes, como invertir o ampliar su producción. Cuando esto ocurre de forma generalizada, la actividad económica puede desacelerarse.
En nuestro contexto de incertidumbre creciente, hacer proyecciones económicas se vuelve cada vez más difícil y muchas veces el trabajo de los economistas termina siendo explicar por qué las previsiones no se cumplieron, más que el dato concreto que se quería anticipar. Esto se debe, en parte, a la aparición cada vez más frecuente de hechos inesperados. Un ejemplo reciente fue el llamado “liberation day”, cuando el presidente estadounidense, Donald Trump, anunció nuevos aranceles a varios países, lo que provocó un fuerte aumento de la incertidumbre en los mercados.
Aun así, los indicadores disponibles todavía no reflejan otros eventos más recientes, como el conflicto con Irán, que probablemente vuelva a incrementar la incertidumbre económica a nivel global. En el gráfico se puede ver la evolución de la incertidumbre,1 y cómo cada nuevo evento disruptivo eleva su nivel. Allí podemos ver que el quiebre de Lehman Brothers de setiembre de 2008 queda pequeño al lado de la incertidumbre generada por el primer gobierno de Trump, la pandemia, y el segundo gobierno del mandatario estadounidense.
Sin embargo, la tarea del economista que realiza proyecciones no se termina en la elaboración de modelos de predicción, sino que es imprescindible seguir el día a día de la economía mundial, de las acciones de los diferentes bloques económicos y, con más detalle, a nuestros vecinos. Por ejemplo, para poder proyectar la actividad turística de Uruguay, tenemos que conocer cómo está evolucionando la economía argentina, principal origen de los turistas que visitan nuestro país (entre 60% y 65%), los ingresos de los argentinos, la relación de precios entre ambos países, entre otras cosas. Pero, además, también tenemos que mirar la evolución esperada de variables que no son intrínsecamente económicas. Por ejemplo, tenemos que seguir de cerca la evolución del clima, porque tanto sequías como inundaciones afectan negativamente la actividad agropecuaria, determinante para alrededor del 75% de las exportaciones uruguayas.
Y ¿a quién le importan las proyecciones económicas? Debería importarle a todo el mundo, tanto al ciudadano de a pie, porque su empleo, su salario, los precios de las cosas que compra o quiere comprar dependen de cómo evolucionen estas variables económicas centrales, como también a los empresarios, que deben planificar y tomar decisiones viendo para dónde ir con sus negocios, cómo está la demanda, cómo están evolucionando sus costos. Y, asimismo, al gobierno, que debe tomar decisiones sobre las políticas económicas, en función de los recursos que pueda recaudar, analizando las vulnerabilidades o haciendo énfasis en las variables que piensa que están dentro de un rango aceptable.
En definitiva, vivir en la incertidumbre no implica renunciar a comprender la realidad económica, sino aceptar sus límites y trabajar con ellos. Las proyecciones no son certezas, sino herramientas que permiten ordenar la información disponible, reducir la incertidumbre en la medida de lo posible y orientar la toma de decisiones. En un mundo cambiante, su valor no radica tanto en acertar exactamente qué va a pasar, sino en ayudar a prepararnos para distintos escenarios, anticipar riesgos y actuar con mayor criterio. Por eso, más que nunca, entender la economía es una forma de estar mejor preparados frente a un futuro que, inevitablemente, seguirá siendo incierto.
¿A quién le importa?
Este artículo surge en el marco de la iniciativa ¿A quién le importa?, el video-podcast del Departamento de Economía de la Facultad de Ciencias Económicas y de Administración de la Universidad de la República, creado con el propósito de difundir las actividades, experiencias e investigaciones realizadas por sus docentes y reconocer las trayectorias relevantes de la disciplina en Uruguay.
La primera temporada se lanzó en marzo, Mes de la Mujer, y está íntegramente protagonizada por mujeres, como parte del compromiso institucional de reconocer, difundir y valorizar su papel en la vida académica y en la construcción de conocimiento. La elección no es únicamente un gesto simbólico, sino que representa la convicción de que la producción de conocimiento y la práctica profesional en economía deben visibilizar el aporte de las mujeres que investigan, enseñan, participan en proyectos y contribuyen al análisis de problemas nacionales.
Escuchá el octavo episodio “Vivir la incertidumbre – Gabriela Mordecki”:
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En el gráfico está representado el índice de incertidumbre de política económica que, a partir de la metodología del EPU (Economic Policy Uncertainty, desarrollado por Baker, Bloom & Davis, 2016), construimos para Uruguay. En nuestro caso, se trata de un índice compuesto de tres subíndices: el EPU global, el EPU de Brasil y el desvío estándar de las proyecciones a 12 meses del valor del dólar en la encuesta del Banco Central del Uruguay. Ver en Lanzilotta et al. (2023). ↩