James Heckman, quien fue galardonado con el premio del Banco de Suecia en Ciencias Económicas en memoria de Alfred Nobel (“el nobel de economía”) en el año 2000, piensa más en los niños que en los números. Más de 25 años después de recibir su galardón, Heckman es conocido, a grandes rasgos, por dos cosas: sus aportes metodológicos para medir el impacto de políticas sociales, y su dedicación a los temas del desarrollo humano, con especial énfasis en las infancias. Por eso, para muchos, puede haber sido una sorpresa que se haya contado entre los conferencistas estrella en la cumbre libertaria “Vientos de cambio”, celebrada en Buenos Aires semanas atrás.
Heckman (que aprovechó su viaje para reunirse con Javier Milei y Luis Caputo, a quienes apoya) intenta desafiar la noción de que las ideologías “de la libertad” son necesariamente egoístas y no están alineadas con la búsqueda de una prosperidad común. Por el contrario, considera que el bienestar colectivo viene de una libertad informada y de iniciativas privadas. Un libertarianismo a la estadounidense, que es más estadofóbico que estrictamente individualista. El profesor de la Universidad de Chicago, hoy de 82 años, dijo lo siguiente en conversación con la diaria.
Sé que el libertarismo estadounidense no es exactamente igual a como lo entendemos acá en el sur, pero leyendo tu tesis sobre la importancia de la inversión en primera infancia y sus múltiples retornos, pensaría que es más de izquierda. Sin embargo, acá estás, en el evento más de derecha de la región.
Bueno, pero fijate que tiene mucho más que ver con la libertad humana. Y no creo que tenga que ser una política de gobierno que lo imponga. Creo que el gran temor que mucha gente tiene en relación con estas políticas de primera infancia es que se conviertan en adoctrinamiento. Lo más importante es permitir que participen instituciones diversas. Hay ciertos principios básicos sobre enseñar a la gente a leer, a escribir, a comunicarse y a servir a un propósito común. Creo que tenemos un conjunto de principios que consideramos morales y éticos, y esos no son principios partidarios.
¿Entonces considerás que podría atenderse de forma privada?
Por supuesto.
¿Cómo sería eso?
Las iglesias, así como distintos grupos religiosos, ya lo hacen. La iglesia católica se encargó durante años de la formación y educación de los jóvenes. Ignacio de Loyola, el fundador de los jesuitas, era un firme defensor de la educación de los jóvenes. Creo que dijo algo así: “Dame un niño hasta los 6 años y reflejará mis valores”. Y eso, para nosotros, es sentido común. Así que no es una pregunta.
¿Podés ver cómo esta idea puede ser tomada como de izquierda?
Entiendo lo que decís. Y en mi propio país, en Estados Unidos, mucha de la gente que apoya esto tiende a estar más hacia la izquierda. Pero no miran los principios generales. Vienen con requisitos gubernamentales formulísticos, que son absurdos. No llegan a la esencia de qué es la educación. La educación es interacción entre el padre, el niño, la comunidad y distintos individuos. Fomentar esa interacción, enseñar valores comunes, darles la capacidad de funcionar y de elegir, creo que eso es un valor general. No creo que eso sea para nada un hecho de izquierda.
Me metí en esto cuando Hillary Clinton estaba más activa en la política. Ella me respaldó, y a la gente le pareció muy ofensivo. Pero su principio era correcto. Fue medio desafortunado que ella lo respaldara, porque lo convirtió en algo político y, en mi opinión, no lo era. Era más que eso. No era que ella dijera que los estudiantes se iban a convertir en demócratas leales, y no hablaba de adoctrinamiento. Realmente hablaba de enseñar estas habilidades básicas e involucrar a la comunidad y a los padres. Así que creo que hay un sentido en que esto es apolítico, y deberíamos empezar a bajar a eso.
Te preocupa más qué educación se dé, no solamente que se eduque.
¿Qué genera las bases para vidas exitosas de los niños? No es una noción de izquierda ni de derecha. Mirá a los comunistas, a los nazis. Las Juventudes Hitlerianas fueron un adoctrinamiento bastante poderoso. Gente dispuesta a morir en batallas absurdas para defender a su Führer. Y eso vino de un adoctrinamiento en los primeros años. Eso es lo que no quiero. Si te remontás a la historia griega, a los espartanos, la forma en que sacaban a sus jóvenes varones y les enseñaban a ser guerreros; les enseñaban a endurecerse y así crearon una clase guerrera, pero eso también causó mucha discordia. Los atenienses no hacían eso. Así que creo que la cuestión es la siguiente: sabemos que los primeros años son importantes y por eso hacemos algo con ellos. Yo diría que la sociedad en general debería pensar en tratar de mejorar las capacidades de los individuos. Pero no creo que eso necesariamente signifique un programa de gobierno.
Creés en la importancia de invertir en la primera infancia; involucrar al Estado es un segundo paso distinto...
Es un segundo paso, y podría ser que el gobierno lo apoyara recaudando fondos, pero no necesariamente administrando un programa; estas iniciativas no tienen que ser programas de gobierno. De hecho, algunos de los programas más exitosos han sido de financiamiento privado, como Montessori o Reggio, por ejemplo. Head Start1 era público, pero hay muchas versiones de ese programa. El programa de Jamaica del que me ocupo, y muchos de estos programas de primera infancia, no son públicos, aunque algunos hayan sido adoptados por ese sector. Así que hay una diferencia entre quién debería administrar los programas y quién debería financiarlos. El financiamiento podría venir desde ahí, pero lo más importante es que no se trata de dinero; esa es la otra parte.
¿Cómo es eso?
No es solamente una cuestión de aumentar el presupuesto. Creo que la verdadera pobreza infantil viene de familias que no interactúan ni nutren a su hijo, y eso no es una función del dinero. En Chicago tenemos muchos ejemplos de esto, de chicos que crecieron en entornos de mucha vulnerabilidad, pobreza y violencia, pero con contención, aliento y cariño de la madre, de una tía, y esa para mí es la verdadera medida de la riqueza.
Hay un famoso estudio canadiense que analizaba en qué barrios de Vancouver tenían el nivel más alto de preparación escolar en niños preescolares. Si mirabas qué se requería para esa preparación, había cuestiones de lectura y escritura, pero también de autocontrol, de manejo de la ira, de llevarse bien con otros y de otras habilidades sociales, que valorizan la actividad colectiva. Lo que encontraron fue que en algunos de los barrios más ricos de Vancouver estaban algunos de los chicos más pobres según esta forma de medida. Esto es algo que se ignora, que se tiene que ignorar, y es totalmente consistente con los valores libertarios.
¿Por qué decís que se tiene que ignorar? ¿Para socavar los valores libertarios?
Creo que la gente lo está ignorando, sí.
¿La gente lo estaría ignorando adrede para no poner la responsabilidad en el individuo, sino en el Estado?
Vos querés individuos responsables para tener un Estado responsable. Eso es todo. ¿Quién va a trabajar con otros? Niños que se comunican entre sí, que cooperan, etcétera. Creo que de lo que estoy hablando es de aspectos básicos de autocontrol, autogestión, manejo de la ira, y lo que cada vez más llamamos funciones ejecutivas. La capacidad de responder con resiliencia a circunstancias adversas, a los cambios, la capacidad de moverse rápido y de cambiar, de adaptarse. Esto va a volverse aún más importante con la inteligencia artificial, y es algo que creo que es universal.
Sí, pero ¿no creés que eso debería regularse?
No, No creo eso. Y lo interesante es que hay mucho trabajo nuevo al respecto. Flávio Cunha, que está en la Universidad de Rice, hizo un trabajo muy básico sobre este problema. Lo que pasa es que los padres, especialmente los padres más pobres, padres que no están tan educados ni son tan ricos, no reconocen lo poderoso que es su rol en moldear la vida de sus hijos. Una vez que se hacen conscientes de eso, están mucho más dispuestos a comprometerse con sus hijos y aprender. Él, junto con su grupo de trabajo en Houston, aborda justamente esas cuestiones. Y eso se puede hacer individualmente dentro de la familia, se puede hacer en grupos, en una iglesia o en alguna otra organización comunitaria. No tiene que ser completamente individual, porque hay beneficios. Los padres pueden intercambiar ideas, compartir cosas, y hay mucho valor en que niños más chicos interactúen con niños más grandes, porque también estos últimos aprenden enseñándoles. Eso es lo que hace Montessori. Así que creo que hay mucha interacción social. No quiero tratar esto como un grupo de aislados viviendo en una isla desierta.
¿Y por qué no puede ser regulado por el Estado?
Bueno, el problema con mucha de la regulación estatal es que se mete en cuestiones ajenas al tema. En mi país, la gente considera que alguien que trabaja en preescolar tiene que tener, no sé, un título universitario, o una maestría, o que necesitás un psicólogo, o una computadora en un centro de cuidado infantil. Sin embargo, lo que encontré es que algunos de los programas más efectivos son los programas de visitas domiciliarias, que cuestan alrededor del 5% de lo que cuestan estos otros programas. ¿Y qué hacen los programas de visitas domiciliarias? Les enseñan a los padres, o a los cuidadores, a interactuar con los niños. Estos programas muestran resultados que son tan fuertes en muchas dimensiones como los más avanzados y regulados que impulsan los gobiernos.
Mi mayor miedo, para ser honesto –y probablemente me arruine a mí mismo diciendo esto–, es un grupo de académicos y gente de políticas públicas que influyen en esto, y son gente que viene de las facultades de educación. Estuve en Brasil hace un mes y vi eso. Lo que pasa es que esta gente, producto de las facultades de educación, frecuentemente prefiere el currículum y las fórmulas, le gusta la regulación. Eso no es lo que se necesita. Lo que se necesita, básicamente, es esta interacción humana. El compromiso, la comprensión de cómo un padre puede interactuar con un hijo, cómo puede entender lo que necesita y lo que no, cómo se puede proveer eso de forma interactiva; eso es lo que algunos psicólogos llaman andamiaje (scaffolding), y puede ser muy individual. Creo que eso no es el tipo de currículum que frecuentemente se enseña en algunas de las facultades de educación.
En Estados Unidos hay un hombre muy rico, George Kaiser, que tiene un preescolar carísimo, con edificios muy elaborados, buenas instalaciones, buenos psicólogos y muchos otros atributos que aparentan ser muy exitosos. Todo se ve bien, pero es totalmente irrelevante. Lo que encontramos, que es lo más importante de todos los programas exitosos, es la interacción entre los padres y el hijo, o entre los cuidadores y la red de cuidadores. No es solo eso, pero en los primeros años eso juega un rol fundamental, y creo que no es algo regulado gubernamentalmente. En ese sentido, yo vería el rol del gobierno como el de proveer información y recursos para fomentar esa interacción.
Sobre esto, uno de los programas más exitosos está en Jamaica. Hace 35 años que venimos analizándolo y hace unos 10 o 15 lo publicamos en Science. Ahora también tenemos nuevas investigaciones en China y en otras partes del mundo. Lo que aprendimos de estos estudios es básicamente que construir esa interacción humana crea algo muy efectivo, esa confianza y esa empatía.
Sos muy freudiano
Bueno, no, pero estoy tomando elementos de la psicología. No soy un freudiano estricto, para nada, pero estoy dispuesto a aceptarlo.
¿Donald Winnicott?
No. Pero [John] Bowlby, más recientemente, aborda el tema del apego y de la protección. Un trabajo muy interesante que básicamente dice que la forma en que la gente aprende es cometiendo errores. Eso es algo muy valioso para un chico y no forma parte del modelo de las facultades de educación: un pizarrón en el aula para enseñarle al pequeño Einstein a hacer álgebra diez años antes de lo que hubiera aprendido en secundaria. No es eso, creo yo; para mí el valor tiene mucho más que ver con la oportunidad de explorar y también de controlar las emociones, y también de levantarte cuando fallas. Todos fallamos, es solo cuestión de cuán duro te lo tomás.
Te traigo un poco para acá. ¿Qué creés que nos espera a nosotros (Uruguay) y a otros países pequeños en desarrollo en este escenario mundial tan complejo?
Creo que trataría de luchar fuerte contra el trumpismo y todo este modelo de proteccionismo. Estados Unidos, más que ningún otro lugar, aprendió las lecciones de la filosofía mercantilista de mirar hacia adentro, de la sustitución de importaciones, etcétera. Creo que muchos países, incluido el tuyo, deberían beneficiarse del intercambio mundial, del comercio, aprendiendo de gente nueva, y aprovechando las oportunidades que tienen. Ustedes juegan un rol muy interesante. Fueron creados históricamente como un colchón entre Brasil y Argentina.
Eso dicen
¿No? Bueno, pero hay cosas importantes. Tienen un puerto muy importante, también tienen una industria recreativa muy importante... Yo trataría de mantener el país abierto y evitar el tipo de proteccionismo que, por ejemplo, tuvo Argentina con [Juan Domingo] Perón, que fue terrible. La noción de la sustitución de importaciones se consideraba ciencia dura y buena. Y eso está mal. Así que creo que lo que hay que hacer es pensar abiertamente, ampliamente, dejar entrar ideas nuevas, gente nueva, y proveer un marco de política social. Pero también mantener la discusión abierta y permitir el disenso individual, dejarlo florecer, contar con buenos líderes políticos. Esto es mucho más difícil. Y discutir qué es bueno para el país en su conjunto, no qué es bueno para mi facción. Parte de lo que le pasa a Uruguay tiene que ver con cómo se lleva con sus vecinos, porque tiene vecinos poderosos. Pero bueno, parte de eso es evidente: tratar de construir un entorno cooperativo y una cultura que fomente ese tipo de estímulos e intercambios.
¿Estás en contra de la administración Trump?
Creo que sus políticas mercantilistas no ayudan a la política mundial. ¿De qué sirve pelear una guerra comercial con Canadá? No tiene ningún sentido. Ninguno.
Es bullying.
¡Bullying total! Estoy empezando a pensar en Trump de la misma forma en que pensaba en [Joe] Biden en sus últimos años: un hombre medio desquiciado, que no sabía lo que estaba haciendo. La guerra en Irán fue innecesaria, especialmente en esos términos; es un delirio, una de las cosas más estúpidas, como ya habíamos aprendido. Pensá en Inglaterra en 1940. Cuando los nazis bombardearon el país, todo lo que lograron fue crear una enorme resistencia y odio hacia los alemanes. Trump ahora está creando eso, es una locura, estamos generando ese odio. Las políticas estadounidenses han sido muy dañinas.
Recién estábamos escuchando un panel sobre la batalla cultural. ¿Qué pensás de eso? ¿Creés que es un problema? ¿Dónde estamos parados ahí?
Ah, creo que es un problema enorme. Disfruté mucho los comentarios de Axel Kaiser en particular. Esa mesa redonda fue muy buena, en el sentido de que la cultura política, las discusiones y la idea de la razón, la idea de proveer discusión y debate realmente cayó en desgracia en muchos ámbitos. Ciertamente, en Estados Unidos, incluso en la academia, hay mucha no-discusión. Mucha gente que está de acuerdo o en desacuerdo, censurándose entre sí, cerrándose entre sí, negándose a escucharse. Así que hay mucho menos discusión, menos debate y menos razón inyectada en los procesos políticos que antes. Mirá, ya soy bastante viejo. Me acuerdo de cuando estaba en la secundaria.
¿De qué década estamos hablando?
Fines de los 50 y principios de los 60. Estaba en la secundaria cuando eligieron a [John Fitzerald] Kennedy. Pero después hubo una sensación de malestar en la población estadounidense. En parte tenía que ver con el Sputnik, que causó pánico en toda la cultura. La revista Life hizo una serie en la que les pedía a intelectuales, pensadores, religiosos, políticos, filósofos y científicos que hablaran de cuál debería ser el propósito nacional, y ahí coexistían distintos puntos de vista. Ahora eso ya no es posible en Estados Unidos; falta un sentido de propósito común.
Me imagino que no todos los entrevistados tenían la misma opinión.
Coincidían en la noción de acuerdo común sobre valores, en proveer oportunidades a los individuos, en la libertad, en la aplicación de la ley. Yo diría que hay gente con opiniones fuertes sobre el propósito del país o de la humanidad ahora mismo. Tenés a los líderes tecnológicos de Silicon Valley con el transhumanismo, y después tenés a la izquierda con la igualdad y un mundo poscapitalista. Pero eso no es un propósito común.
Por supuesto.
Y están en oposición entre sí.
¿No estaban en oposición en ese entonces también?
Una oposición menos extrema. Había más sentido de compromiso y de entendimiento.
Tal vez la oposición venía de afuera.
Mucha gente ve a los 60 como un período de gran liberación. Las personas negras consiguieron el voto, las mujeres ganaron derechos que antes no tenían, etcétera. Hubo mucha apertura. Pero, en el curso de todo esto, cuando se admitió a estos grupos en el cuerpo más grande, y donde había esta noción de ser más inclusivos, simultáneamente surgió la noción de libertad. Y la libertad tuvo entonces un problema, no una libertad como podrías pensarla, una libertad responsable, en la que reconozco que es frágil y que deberíamos protegerla y hacer cosas en esa dirección. Era una libertad de “estoy en esto para mí mismo o para mi grupo”. Y entonces lo que pasó fue que surgieron facciones, facciones poderosas que trabajaban con propósitos distintos entre sí. Irónicamente, eso se veía como un proceso hacia la libertad, pero lo que hizo fue crear disolución, discordia, porque la gente trabajaba en contra de los demás.
¿Cómo?
Te doy un ejemplo. Martin Luther King fue una influencia muy poderosa, importante y valiosa en crear oportunidades. Yo personalmente presencié la ley Jim Crow en acción, y no era buena. Fui a escuelas segregadas cuando vivía en el sur. Era un sistema muy, muy, muy desagradable, que trataba a la gente de forma degradante. Lo odiaba. Pero de eso surgió una solidaridad. Y de ahí surgió que debería haber representación negra, y luego se fue avanzando en esa dirección. Pero entonces apareció esta distorsión del concepto de libertad, y se perdió la búsqueda del propósito más grande.
¿Entonces el sujeto pasó no a ser individuo ni colectivo, sino algo intermedio?
Como grupos pequeños. [James] Madison tiene ese famoso ensayo federalista sobre las facciones. Decía que el gran peligro para la empresa estadounidense, para el proyecto estadounidense, serían las facciones. Eso es lo que tenemos ahora. Tenés estos grupos que se ven a sí mismos en oposición entre ellos, y empieza la oposición. Trump lo alimentó, pero también los demócratas.
¿Ambos bandos son divisivos?
No es solo una cuestión partidaria. E incluso dentro de esas coaliciones republicano-demócrata tenés muchas facciones que las apoyan. Los evangélicos, por ejemplo, tienen posturas muy fuertes y quieren promover ideas que, en esencia, creo, ni siquiera son ideas políticas. Pensá, por ejemplo, en el aborto, o en tratar de escribir en la ley una de sus creencias de una forma u otra, imponiéndose sobre la libertad y la elección de los demás que no están en su facción. Y entonces es un concepto raro de libertad. Tomó una forma bastante fea en Estados Unidos recientemente cuando se miraba la redistribución de distritos del Congreso.
Falta un propósito común entonces.
Yo soy medio tradicionalista en este sentido. Siempre pienso, por ejemplo, en la guerra civil en Estados Unidos, un momento muy amargo, sin dudas el más amargo. Pero ¿qué hicieron [Abraham] Lincoln y el Congreso? Encargaron un ferrocarril nacional. Ahí, en medio de la guerra, empezaron a construir un ferrocarril que conectaría el este con el oeste. Y la visión era que había un proyecto nacional e integrador. A la gente no le gustaba la esclavitud, y eso era parte del propósito nacional. Así que fue un evento muy disruptivo, pero, aun así, de propósito nacional, donde la gente trataba de pensar qué era bueno para el país en su conjunto. Hubo entonces un debate lógico que ocurrió, y por desgracia se resolvió con milicias, pero aun así era sobre un propósito nacional. Pero ahora es cada vez más “¿qué puedo hacer yo por mí mismo?”.
¿Un pensamiento muy cortoplacista?
Muy cortoplacista. Y eso, sumado al hecho de que ahora el proceso tiene primarias partidarias, creó un pensamiento muy cortoplacista, con políticos que no tienen otro interés más que ganar la próxima primaria, ser reelectos, juntar recursos. Y no sé, tal vez soy un idealista, tal vez nada de esto fue nunca verdad.
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Fue un programa federal de Estados Unidos creado en los años 60 para brindar educación preescolar, salud, nutrición y apoyo familiar gratuito a niños de bajos ingresos. ↩
