El acto de educar requiere la realización de ciertos gestos. Los gestos son aspectos sutiles de la relación pedagógica que pueden modificar vínculos, generar aperturas, dar lugar a posibilidades de abordaje no previstas. En la realización de estos gestos puede estar presente la palabra, pero incluyen también la postura corporal, la actitud ante el acto de educar y ante los otros.

En este sentido, Carlos Skliar (2011) (1) afirma: “Nos hacen falta los gestos mínimos para educar. Para educar a cualquiera”. Alguno de estos gestos necesarios, imprescindibles, tienen que ver con “dar la bienvenida, saludar, acompañar, permitir, ser paciente, posibilitar, dejar, ceder, dar, mirar, leer, jugar, habilitar, atender, escuchar”. Recuperar esta gestualidad en el acto educativo contribuye a “educar no ya a todos, en sentido abstracto, sino a cualquiera y a cada uno”.

En las siguientes líneas elegimos recuperar algunos trazos de la experiencia de trabajo de los maestros comunitarios (MC). Son gestos: “señas o signos que los MC ponen en juego en la interacción con el niño, su familia y la comunidad, que dan cuenta de modos particulares de relación con el saber, señas que dan cuenta de concepciones, nociones y formas de entender al otro y la construcción del nosotros” (Bordoli, Dabezies, Aguilar, 2015: 80, 81) (2).

Primer gesto: atrevimiento

La opción de educar implica asumir una gran responsabilidad. Hacerlo desde el rol de MC es un desafío doblemente exigente, ya que, en cierta medida, se ingresa en un terreno desconocido por el maestro en su formación. No obstante, lo que testimonian los maestros que asumieron el rol es el convencimiento del valor de enseñar desde este lugar. Con el surgimiento del Programa de Maestros Comunitarios (PMC) la tarea de enseñar volvió a tomar ese carácter de enamoramiento tan necesario y, a la vez, a veces tan oculto tras la rutina.

La maestra comunitaria Teresa relata que en 2005, cuando escuchó en el informativo que iba a surgir el PMC, expresó: “Esto está hecho para mí. Salí corriendo a buscar las bases. A los dos días tenía el material, y cuando llegué a la escuela le dije a la directora: 'Esta escuela es comunitaria, y yo quiero ser MC'” (Dabezies, 2015: 206) (3).

De este modo decimos que los MC sentían que podían y querían aun antes de ejercer. ¿Por qué? Para la MC Cristina sucedió lo siguiente: “Nos brindaban la posibilidad de intervenir pedagógicamente para revertir la situación de nuestros niños”. Teresa complementa: “El surgimiento del programa tiene que ver con el convencimiento de algunos maestros de que era posible trabajar de otra forma”. El objetivo es lograr “que el niño vaya feliz a la escuela, redescubra el sentido y el interés por el aprendizaje” (Dabezies, 2015: 207). De esta manera las maestras tomaron la cuota de responsabilidad que implica asumir el rol de educar y se abrieron a otras formas posibles de hacer escuela para obtener mejores resultados.

Por lo tanto, queremos rescatar y enaltecer ese primer gesto: atreverse a educar, un gesto que puede ser un salto al vacío pero con convicción, con decisión. Romper los moldes de lo establecido, probar, experimentar, atreverse.

Segundo gesto: recibir

En ese recorrido de descubrimiento del nuevo rol, de los límites propios y de los ajenos, en ese atreverse a ver, pensar, enseñar y aprender desde otro lugar, el MC recibe y va al encuentro de los otros. Los otros son las familias y la comunidad.

En ocasiones, casi los únicos gestos que convocan a las familias a la escuela son los actos patrios, las llamadas a los padres cuando hay “problemas de conducta” del alumno o para buscar el carné. Estas costumbres marcan. Por eso, cuando el MC invita a las familias, las recibe o va a su encuentro, realiza otros gestos que generan sorpresa. Las familias preguntan: ¿mi hijo hizo algo, se portó mal?; ¿por qué tengo que ir a la escuela?; ¿sucedió algo y por eso me llama?; ¿es obligatorio que vaya a esa reunión?

Si la relación familia-escuela se ha desarrollado de manera tal que se visualicen ambos en un escenario de mundos separados, se produce un quiebre perjudicial para el niño.

Por eso la escuela realiza el gesto de ir al encuentro de los otros mediante el PMC, intentando establecer otro vínculo entre la escuela y las familias. Los MC parten de la premisa de que si las relaciones con las familias se encuentran deterioradas, le corresponde a la propia institución recomponerlas, acercándose a ellas.

Ese movimiento institucional implica ir al encuentro del otro y origina otros movimientos, como relataba la MC Cristina. La docente señala que poco a poco fueron abriendo las puertas a familias que se sentían “ignoradas o disminuidas. Y esto lo conseguimos con el 'simple hecho' de salir a su encuentro y expresarle con nuestro trabajo que ellos cuentan y que para nosotros son muy importantes para obtener mejores logros en nuestros niños (Mederos, 2008: 19) (4).

Subrayamos el gesto del MC de salir al encuentro del otro, de no quedarse en su zona de confort, en la seguridad de sus aulas, salir y expresar, con su trabajo, que ellos (los otros) cuentan y son importantes. Este gesto de mostrar con su trabajo es un ejemplo de un gesto que enseña sin necesidad de palabras; alcanza con posicionarse desde otro lugar: ir al encuentro del otro es el gesto en sí mismo con el que se está enseñando el camino.

Cuando el otro, el familiar, ve el gesto del maestro, esa sensación de creer que no sabía ni podía se transforma. Como dice la maestra, no se necesitó nada más ni nada menos. Cristina sigue narrando: “Ellos ahora se dan cuenta y reclaman los derechos que les pertenecen como seres humanos. Pero también sabiendo que serán escuchados y [que] sus opiniones serán consideradas y respetadas” (Mederos, 2008: 19).

Gesto de escuchar, de abrir, de abrirse al otro, de dejar que el otro sea tal cual es; y el otro toma impulso y reclama su lugar en la educación de sus hijos, el otro ocupa su lugar en la relación porque sabe que el maestro, el del gesto, lo va a escuchar, lo va a considerar, lo va a respetar. Esto permite ver la educación como una tarea conjunta de familias y maestros, en la que no hay posiciones fijas, sino que todos formamos parte de un todo en el que, si bien hay roles definidos, esto no impide que el maestro comunitario (y la escuela) aprenda de la familia y la familia de la escuela; que, a su vez, cada uno pueda alternarse enseñando y aprendiendo a un tiempo.

Tercer gesto: reconocimiento

El reconocimiento es uno de los gestos imprescindibles en el acto educativo. Existe un reconocimiento del otro desde la mirada, desde la confianza. Se explicita en gestos como los relatados, en asumir la opción elegida de educar, en recibir, en dar la bienvenida e ir al encuentro del otro, pero también en otros gestos más sutiles, como pasar lista todas las mañanas en la escuela. Ese mágico momento en el que distinguimos a todos y a cada uno de nuestros alumnos al nombrarlos. Ese acto rutinario está cargado de subjetivación. Te reconozco entre todos por tu nombre, que alguien eligió para ti alguna vez.

A su vez, puede ser necesario reconocer al otro como sujeto de posibilidades si ese otro ha sido excluido por alguna razón. La maestra Nélida cuenta por qué eligió ser MC: “Me interesó conocer [las] realidades [de los niños] y me sentí capaz de entrar en ese mundo, 'el de afuera de la escuela'. Acercarme y acercar a los demás docentes a ese niño que muchas veces estaba catalogado de infinidades de adjetivos. Buscaba contagiar otra forma de abordar la enseñanza, en base a las posibilidades, y tratar de sacar de la cabeza del maestro las famosas etiquetas”.

Gesto de contrariedad de la maestra al escuchar nombrar al otro desde ciertas etiquetas que deshumanizan; e, inmediatamente, gesto que enaltece, que no se queda con esa idea y busca otros datos de la realidad. Siente la necesidad de realizar otros gestos, de enseñar para que los vean mejor, los escuchen, los comprendan y le den al sujeto el lugar que le corresponde. Gesto que brinda al sujeto un reconocimiento como sujeto de posibilidad.

Cristina complementa la idea: “Debíamos desterrar del lenguaje escolar, la visualización del niño como carente: 'Pobrecito, fijate de dónde viene; no se le puede exigir más, y con la familia que tiene...'. Nosotros debíamos convencer y convocar a nuestros compañeros [el colectivo docente de cada escuela] para [que] visualizara las potencialidades que esos niños y sus familias nos brindaban”.

Este nuevo gesto de partir de la consideración del otro como sujeto de posibilidad de constituirse plenamente originó otro movimiento. El maestro de aula, el colectivo docente de la escuela que tenía ese MC comenzó a cambiar su mirada sobre ese sujeto. Muchos colegas, gracias al denodado esfuerzo de las MC, comenzaron a ver de otra manera a los alumnos, a tener mayor empatía, a comprender mejor algunas respuestas y a interiorizarse más de la realidad de sus alumnos.

Del gesto individual al gesto colectivo

En cierta medida, desde el PMC se ha procurado instalar la idea de que lo que se hace tiene que compartirse, tiene que formar parte del colectivo. Quizá en este punto esté la mayor contribución del programa a la escuela: en que hoy en día podamos identificar algunos colectivos docentes que logran generar un proyecto de escuela que integra la dimensión comunitaria. Esto significa construir en forma colaborativa, de una forma que habilite a los niños y a sus familias a que formen parte y participen del legado cultural que la escuela comparte. Sin lugar a dudas, queda mucho camino por delante, pero en los gestos que realiza el MC cotidianamente puede haber pistas de cómo construir una mejor educación para todos por igual.

Rederencias: 1. Skliar, C. (2011). “Diez escenas educativas para narrar lo pedagógico entre lo filosófico y lo literario”. Revista Plumilla Educativa, 8, 11-22.

  1. Bordoli, E; Dabezies, L; Aguilar, R. (2015). “Programa de Maestros Comunitarios. Gestos, movimientos y propuestas que inscriben otra forma de relación pedagógica”. En Martinis, P; Redondo, P (2015). Inventar lo (im)posible: experiencias pedagógicas entre dos orillas (77-94). Ciudad Autónoma de Buenos Aires: La Crujía.

  2. Dabezies, L (2015). “Entrevista a Teresa Nogués”. En Bordoli, E (Coord.) (2015). El Programa Maestros Comunitarios. Trazos, caminos y desafíos a la gramática escolar (205-214). Montevideo: Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación.

  3. Mederos, C (2008). “¿Por qué yo no estoy allí? Un caso especial de 'aceleración'”. En Revista Hacer escuela..., entre todos (18-19). Montevideo: Ministerio de Desarrollo Social, Consejo de Educación Inicial y Primaria, Programa Maestros Comunitarios.