Una fachada de colores de la calle Sorata, a pocos metros del Cementerio del Norte, parece indicar que es un lugar pensado para niños. Al acercarse se lee que allí funciona un Centro de Atención a la Infancia y a la Familia (CAIF), llamado Padre Víctor. Por dentro, el lugar es más espacioso de lo que parece desde afuera, y tanto el espacio físico como la propuesta educativa están pensados cuidadosamente para los 118 niños de entre cero y tres años que están inscriptos en el centro. El equipo de trabajo está compuesto por 13 integrantes, y todas las personas que trabajan directamente con los niños son mujeres, como suele ocurrir en este tramo de la educación, donde las tareas de cuidados están mucho más presentes.

El pasaje a la virtualidad, que rige también para los CAIF, supuso un desafío especial para quienes trabajan con niños que tienen un grado muy bajo de autonomía para gestionar sus aprendizajes. la diaria visitó el centro y habló con la trabajadora social y directora del centro, Cecilia Sander, la psicóloga Ana Osimani y las maestras Natalia Porcelli y Carolina Lorenzo, quienes contaron que para el diseño de las propuestas a distancia es necesario tener en cuenta aspectos pedagógicos y didácticos, pero también las posibilidades de conexión de las familias. Actualmente, el CAIF envía un video de unos dos minutos a las familias a través de Whatsapp para que vean los niños, con el doble objetivo de seguir en contacto y que se trabajen aspectos como el lenguaje.

Las listas de difusión de esa red de mensajería ya eran utilizadas por el centro educativo como vía de comunicación con las familias desde antes de la pandemia de covid-19. Por lo tanto, ese fue el punto de partida cuando se detectaron los primeros casos de coronavirus el año pasado, momento en que se pasó a la virtualidad por primera vez. Si bien en un principio se habían propuesto crear un canal de Youtube, rápidamente se desechó esta idea porque las familias no tenían datos de internet suficientes para ingresar a ver videos en esa plataforma. En cambio, el acuerdo que Whatsapp tiene con las empresas telefónicas hace que se pueda usar sin consumir datos, siempre que el dispositivo cuente con saldo.

Carolina Lorenzo

Carolina Lorenzo

Foto: Ernesto Ryan

Otro gran aprendizaje que las educadoras tuvieron durante la virtualidad se dio en materia audiovisual, acerca de la calidad de imagen y sonido. “Grabábamos el video, se lo mandábamos a una de las educadoras más expertas en la edición, lo editaba todo, nos lo volvía a mandar para ver cómo había quedado, lo mandábamos al celular del CAIF y la calidad que perdía ese video era imponente”, recordó Lorenzo. Aprendieron a buscar el modo de que los videos no perdieran calidad usando la aplicación We Transfer y a comprimirlos para que no fueran tan pesados.

Producción y preproducción

El aprendizaje también fue importante para el diseño de cada propuesta. En las actividades de lectura el equipo del CAIF pensó cuidadosamente de qué forma los videos podían reflejar la experiencia de leer un libro. Eso incluye la necesidad de que siempre haya una persona leyendo y pasando las páginas y que quien filma lo haga desde arriba, con la cámara fija. Al mismo tiempo, se requiere un fondo que no distraiga y que sea adecuado a cada lectura. “Eso lleva un pienso y un preparado a la hora de grabar, que implica tiempo. Un cuento que en un video queda de dos minutos nos lleva una hora o una hora y media”, resumió Lorenzo.

Efectos de la virtualidad en los niños

Osimani comentó que el pasaje a la virtualidad trajo “un corrimiento de los horarios” de los niños, que “se acuestan más tarde, se levantan al mediodía y eso tiene que ver con que los horarios del CAIF o de la escuela estructuran mucho las rutinas familiares”. “Es mejor que el niño duerma en la noche, que se levante en la mañana, aunque sea un poco más tarde de lo que usualmente lo hace”, porque los seres humanos “somos diurnos”, explicó la psicóloga. Agregó que los niños no se explican muchas de las precauciones sanitarias, como la suspensión de las clases presenciales, por lo que es necesario atender a sus preguntas e inquietudes. “El otro día una madre me decía que el niño no entiende por qué pasan por el CAIF y no pueden entrar. Yo le decía que capaz que tenemos que hacerle algún cuento con esto del coronavirus y me di cuenta de que el año pasado lo hicimos en un video, pero este año no, porque pensamos: es lo mismo que el año pasado. Había niños que empezaron a venir al CAIF este año y nos dimos cuenta de que ahora también tenemos que hacerlo, porque el niño no entiende por qué no viene y eso le genera preocupación. Nos dicen que el niño pasa por acá y quiere venir, se pone la mochila. Sienten la falta y no llegan a explicarse por qué, ese relato lo tenemos que hacer los adultos”, señaló.

Porcelli explicó que en cada decisión se trata de pensar “cómo facilitar” el contacto, para no perder vínculo con los niños. En ese sentido, también eligen libros que puedan leerse en pocos minutos para desincentivar la exposición prolongada a las pantallas.

Foto: Ernesto Ryan

Además, este año se introdujo un nuevo paso en la cadena de montaje, ya que incorporaron una traducción simultánea a lengua de señas, debido a que dos familias con personas sordas comenzaron a enviar a sus hijos al centro. Para ello, con los fondos que el CAIF recibe del Instituto del Niño y el Adolescente del Uruguay (INAU) contrataron a una cooperativa. No obstante, a través del Ministerio de Desarrollo Social (Mides) se gestionó el aporte de intérpretes para poder tener reuniones con las familias.

Osimani contó que, después de que se concretó el trámite con el Mides, la semana pasada y aplicando todos los protocolos sanitarios tuvieron las primeras reuniones con las familias que tienen personas sordas. Mientras se extendió el trámite, que duró más de lo esperado, la comunicación se mantuvo a través de la escritura o de una psicóloga que se ofrecía como intérprete. No obstante, Osimani entendió que las entrevistas “eran necesarias” porque presencialmente y con una traducción en vivo las instancias fueron “mucho más ricas”.

Cecilia Sander, coordinadora y Natalia Porcelli y Carolina Lorenzo, maestras.

Cecilia Sander, coordinadora y Natalia Porcelli y Carolina Lorenzo, maestras.

Cultivar el lenguaje

Las actividades de lectura son priorizadas porque el lenguaje es una de las áreas en las que las educadoras detectaron más déficit en los últimos meses. De todas formas, también se generan videos con canciones, diálogo de títeres y recetas. Estas últimas, se plasman de una forma entretenida, por ejemplo, interactuando con Laura y Graciela, cocinera y auxiliar de servicio del CAIF, respectivamente. Asimismo, se piensan recetas nutritivas que sean baratas y fáciles de cocinar, con ingredientes que los niños suelen no querer comer en forma separada. “Siempre sale alguien del equipo saludando a las familias, a los niños, preguntándoles cómo están y seguido de eso siempre sale la actividad que planificamos”, explicó Lorenzo.

Según Porcelli, son formas “de acercar un poco el CAIF” a la casa de cada niño. “Lo que está bueno de esta manera de enviar materiales es que, en general, las familias responden; no sólo agradecen sino que hacen las recetas y nos muestran”, contó. Agregó que a veces también les llegan recetas desde las propias familias, por lo que se genera un “ida y vuelta”. Esa respuesta es vivida con satisfacción por el equipo, pues les muestra que todo el esfuerzo da sus frutos. En la mayoría de los casos se encuentran con que las familias y los niños esperan los videos cada día. Justamente, los videos no están pensados sólo para que los niños los miren, sino también para que en los distintos hogares se les pueda proponer actividades que refuercen las competencias en lenguaje. Por su parte, las familias que no responden a las propuestas son contactadas telefónicamente por integrantes del centro.

Foto del artículo 'CAIF de Las Acacias mantiene el vínculo con los niños y sus familias a través de videos, consultas y entrega de viandas'

Foto: Ernesto Ryan

El equipo también definió trabajar en la motricidad de los niños. Esta semana planificaron una entrega de materiales para cada uno de ellos. Recibieron un libro de cuentos, un puzle y bolsas con materiales que se usan diariamente en el CAIF, como corcho y madera. Parte del equipo los pintó de colores y, como van acompañados de una media, les pusieron como título “Personaje fantástico”, ya que la idea es que en cada hogar puedan crear un títere. También mandaron una bolsa con materiales de papel, goma eva y espumaplast blancos y negros para generar contraste con la selección de colores y texturas. Además, prepararon una bolsa “de cartón y naturaleza”, compuesta por rollos de papel, trozos de cartón y hojas de árboles para ‒aprovechando el otoño‒ incentivar la recolección de hojas y ramas pequeñas en cada hogar.

Ganas de entrar

Todas las mañanas, el CAIF entrega unas 30 viandas de almuerzo a las familias. En muchos casos, concurren a buscarlas con los niños, que se quieren quedar en el centro, contaron las educadoras. Explicaron que con los materiales que tiene el CAIF se puede generar “un espacio de juego que está armado”. “Cuando el niño pasa por la puerta sabe lo que hay adentro: un ambiente pensado, donde el juego es el motor y el vínculo”, dijo Porcelli. Relató que en la presencialidad se cuenta con espacios lúdicos simultáneos y el niño elige dónde ir, por ejemplo, entre un espacio dedicado al juego simbólico y otro en el que hay una propuesta artística.

Emilia Bonino, psicomotricista

Emilia Bonino, psicomotricista

Foto: Ernesto Ryan

Esto no puede reproducirse en las condiciones actuales, porque las familias no pueden organizar el hogar con cuatro o cinco espacios simultáneos de juego. De todas formas, las educadoras piensan el envío de materiales a las familias para que también haya diversidad de propuestas, en función de las diferentes edades. “Lo que va a ir a la casa es algo que tiene posibilidad de ser narrado, de ser comunicado en la conversación; tiene cuestiones para explorar, manipular, crear. En ese pedacito de CAIF que se va a casa también se van nuestras líneas de trabajo”, resumió Porcelli. Para Sander, esto no sólo se manifiesta con los materiales didácticos sino también con los videos, con las viandas y con llamadas telefónicas periódicas que realiza el equipo para ver cómo están los niños y sus adultos referentes.

En vías de crecimiento

El CAIF Padre Víctor es gestionado por la organización de la sociedad civil Hermanos Misericordistas del Uruguay, a través de un convenio con el INAU, que es el que define de manera central los programas y la forma en que deben estar conformados los equipos. Por ello en el CAIF se aplica el programa Experiencias Oportunas, para niños de entre cero y dos años, que en el caso de este centro integra a 64 niños, que trabajan con psicomotricista, psicóloga y educadoras, y los otros 54 concurren a la modalidad de educación inicial.

El centro se encuentra en un proceso de mejora del espacio físico para lograr que contribuya de mejor forma al aprendizaje de los niños. La organización que lo gestiona compró un terreno lindero para contar con un espacio verde y también está tratando de reacondicionar la construcción, que fue hecha originalmente para otros fines. Para esto el equipo técnico también se reúne periódicamente con Pichón.uy, un equipo de arquitectos que se especializa en espacios educativos.

La directora consideró que todo el trabajo del centro apunta a lograr que, pese a la virtualidad, el CAIF siga presente en el territorio. Por esto es necesario invertir mucho tiempo en planificación, muchas veces con más de una reunión semanal, para evaluar y ajustar acciones, lo que incluye un seguimiento de cada niño. Sander explicó que se trata de que “las familias se sientan acompañadas, contenidas, porque es un tiempo difícil”. “El confinamiento no es fácil, no todos tenemos las mismas posibilidades”, añadió.

Límites virtuales

Como en muchos otros centros educativos y de atención a la primera infancia, las jornadas laborales del equipo del CAIF Padre Víctor se ampliaron en tiempos de trabajo virtual. Lo que muchas veces era una conversación de pasillo ahora se convirtió en un mensaje de Whatsapp o en una videollamada. Eso implica que, pese a que trabajen por 20 horas semanales, las educadoras estén pendientes del trabajo durante todo el día y que los mensajes lleguen en la medida en que van surgiendo las ideas. Según cuentan, esto no ocurre durante la presencialidad, cuando “uno llega a su casa, desconecta, deja el celular y hasta el otro día no estás en esa conexión constante y en la preocupación de qué podés hacer, salvo que sea por algo gravísimo”, contó la directora.

Si bien ahora el CAIF funciona con una guardia presencial de 8.00 a 12.00, siempre alguien del equipo se lleva el teléfono del centro a su casa para quedar disponible hasta las 17.00 en la atención de consultas. “Una cosa es lo estrictamente laboral, pero además está la generosidad que cada uno le pone a la tarea para siempre estar disponible, no hay un horario”, afirmó Sander.

El equipo también dedica tiempo semanal a la formación de sus integrantes, y esto les ha permitido mejorar y adaptar la propuesta. Como siempre ocurre, las situaciones más cotidianas y urgentes ocupan la mayor parte del trabajo, pero durante la pandemia el equipo consideró importante establecer un tiempo fijo para formarse. Así, en 2020 hubo una explosión de este tipo de actividades en línea y las aprovecharon al máximo, incluso asistiendo a dos o tres de estas instancias en una misma semana. Este año definieron limitarlas a una actividad por semana, pero se preocupan especialmente por mantener el espacio. Por ejemplo, ahora están pensando en generar un ámbito de formación con un fonoaudiólogo y la semana pasada generaron una dinámica en la que se presentaron distintos estilos de narraciones y materiales didácticos para sostener el vínculo a la distancia.

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