Una investigación realizada durante 2025 entre estudiantes de Educación Media Básica de liceos públicos de Montevideo concluyó que el apoyo del entorno familiar constituye uno de los principales factores asociados a su intención emprendedora.
La investigación, que lleva el nombre de “Intención emprendedora en el alumnado del sistema educativo en Uruguay”, se realizó entre agosto y noviembre de 2025 con una muestra que comprendió a 1.523 estudiantes de noveno año de 22 liceos públicos de Montevideo. El objetivo fue analizar el potencial emprendedor y la intención emprendedora de adolescentes antes de cursar el Taller de Emprendedurismo –ahora llamado Economía para Jóvenes– incorporado como materia opcional en bachillerato luego de la transformación curricular integral del gobierno anterior. A su vez, los liceos seleccionados para la investigación fueron elegidos teniendo en cuenta distintos barrios del departamento para contrastar diversidad de niveles socioeconómicos.
La investigación nace desde la Asociación Internacional para la Formación, Investigación y Desarrollo del Emprendimiento (Afide), surgida en la Universidad de Salamanca, y tuvo a la profesora María Messina como investigadora responsable del trabajo. A partir de allí, el equipo investigador adaptó al contexto uruguayo el Cuestionario de Orientación Emprendedora, un instrumento utilizado internacionalmente para medir dimensiones actitudinales vinculadas al emprendimiento.
Messina es contadora, profesora grado 5 en la Facultad de Ciencias Económicas y de Administración de la Universidad de la República e integrante de la Afide desde el comienzo de la organización, en 2014. A su vez, su formación de posgrado es especializada en emprendimiento y cuenta con un doctorado en Psicología del Emprendimiento.
“En 2025 fue intencionalmente en liceos públicos”, explica Messina, en diálogo con la diaria, al hablar sobre el público objetivo de la investigación en esta oportunidad, y señala que el grupo de investigación tiene la intención de expandir el estudio a otros departamentos del país, como así también a otro tipo de instituciones, por ejemplo, de carácter privado.
¿Qué buscó medir la investigación y cómo lo hicieron?
Messina explicó que las preguntas del cuestionario dirigido a los estudiantes estaban vinculadas a “lo que un adolescente de 14 o 15 años vive cotidianamente”. En ese sentido, señaló que el estudio no pretendió medir si los adolescentes cuentan con una habilidad “empresarial” en sí, sino cómo perciben sus propias capacidades para desarrollar proyectos. A su vez, explicó que la investigación se basa en un cuestionario de 50 preguntas con respuestas en una escala de uno a cinco, a partir de las cuales los estudiantes evalúan características y habilidades personales vinculadas con la iniciativa emprendedora.
La docente señaló que solo una de las 50 preguntas del cuestionario hacía referencia explícita a la creación de una empresa, aunque aclaró que en ese nivel educativo en el que se implementó el formulario se apunta a conocer “mucho más” sobre el posible desarrollo de “proyectos de vida” que sobre una mirada que implique “empresas en concreto”, sostuvo.
Según explicó, desde la perspectiva del equipo investigador, la educación emprendedora apunta al desarrollo de competencias como el liderazgo, la creatividad, la iniciativa y la inteligencia emocional, habilidades que podrían aplicarse tanto a la creación de un emprendimiento como a cualquier otro desafío personal. “Cualquier persona que emprenda un negocio o que esté ante cualquier situación de la vida tiene que desarrollar esas características”, afirmó Messina.
Un análisis sobre los resultados generales
Entre las nueve dimensiones analizadas en la investigación, la “norma subjetiva” fue la que obtuvo la valoración más alta por parte de los estudiantes. Messina explicó que este concepto se refiere a la percepción que tienen los adolescentes sobre el apoyo que reciben de su entorno más cercano, especialmente de su familia y sus amistades, para llevar adelante iniciativas o proyectos. Es decir, mide hasta qué punto sienten que cuentan con un contexto que los respalda y los incentiva.
La investigadora señaló que el resultado de la variable representa “un elemento fundamental”. A su entender, el hallazgo refleja que los jóvenes perciben un importante respaldo de su entorno, un factor que, según mencionó, representa “la base” para el desarrollo de iniciativas y un “apoyo” para el desarrollo de las competencias emprendedoras.
Por otro lado, la segunda dimensión mejor valorada fue la “inteligencia emocional”. Según explicó Messina, este indicador mide la capacidad de los adolescentes para reconocer y gestionar sus propias emociones, así como para comprender las de los demás. Para la investigadora, que esta competencia haya obtenido una puntuación elevada constituye otro de los resultados relevantes del estudio.
También se ubicaron entre las variables con mejores resultados el “locus de control interno” y la “autoeficacia”. El primero se refiere al grado en que los jóvenes perciben que sus acciones pueden influir en su realidad, en lugar de atribuir lo que les sucede exclusivamente a factores externos. “Ahí hay un componente bien importante: cuánto dependo de mí y menos de mi entorno”, sostuvo. La “autoeficacia”, en tanto, evalúa qué tan capaces se sienten los estudiantes para resolver problemas. “Es realmente interesante lo que sucede ahí”, resaltó.
En cuanto a las variables con menores resultados mencionó el “liderazgo”, la “creatividad” y la “innovación”. Sobre estas dimensiones Messina dijo que representan los aspectos en los que “deberíamos poder trabajar”.
Diferencias socioeconómicas y de género
Al analizar los resultados por contexto socioeconómico, el estudio encontró diferencias en las percepciones de los estudiantes sobre las dimensiones propuestas. Mientras que los adolescentes de barrios de menores recursos obtuvieron puntuaciones más altas en “resiliencia”, “propensión al riesgo”, “locus de control interno” e “intención de autoempleo”, quienes asisten a centros educativos ubicados en barrios de mayores recursos registraron mejores niveles de “liderazgo”, “innovación”, “inteligencia emocional” y “apoyo de su entorno”.
Consultada sobre estos resultados, Messina señaló que una posible explicación radica en las oportunidades que ofrece el entorno. En ese sentido, explicó que, aunque la formación “es bastante parecida” en todos los niveles, los estudiantes de contextos socioeconómicos con mayores recursos suelen tener mayor acceso a talleres, actividades extracurriculares y otros espacios formativos que contribuyen al desarrollo de ciertas habilidades. Aunque aclaró que “no necesariamente” podría tener que ver con ese aspecto.
En cambio, consideró que quienes atraviesan sus procesos educativos en contextos más vulnerables podrían desarrollar una mayor resiliencia y predisposición a asumir riesgos debido a “vivencias distintas” u otras experiencias que enfrentan cotidianamente, que también hacen que “dependan más de ellos mismos” y no tanto de su entorno.
En contraste con las diferencias entre los contextos socioeconómicos, la investigación no encontró diferencias significativas entre la intención emprendedora de varones y mujeres, ni en la autopercepción de sus capacidades. Para Messina, este hallazgo resulta especialmente relevante porque se diferencia de lo que muestran diversos estudios realizados con población adulta, donde las brechas de género en materia de emprendimiento suelen ser más marcadas.
La investigadora planteó que este resultado abre interrogantes sobre el momento en que comienzan a aparecer esas diferencias y dijo que “indudablemente después de esa edad pasan cosas que hacen que emprendan más los hombres que las mujeres”. Asimismo, contó que en el nivel terciario el número de estudiantes varones y mujeres que se anotan para llevar adelante un programa de emprendedores “es más o menos igual”, pero al momento de hacer un seguimiento sobre quién efectivamente terminó concretando un proyecto empresarial, el número aumenta para los varones.
Implicaciones educativas y debate curricular en Uruguay
En cuanto al lugar que debería ocupar la educación emprendedora en el sistema educativo uruguayo, Messina sostuvo que el desarrollo de estas competencias no debería depender exclusivamente de una asignatura específica. Si bien consideró valioso que existan espacios curriculares dedicados al tema, afirmó que habilidades como la creatividad, el liderazgo, la iniciativa o la resolución de problemas deberían trabajarse de forma transversal en distintas disciplinas y mediante metodologías activas. “Yo creo que ahí se puede trabajar perfectamente el proceso emprendedor, que en realidad es qué capacidades tengo yo como para observar la realidad, para identificar problemas, para cómo diseño y propongo diferentes soluciones y cómo evalúo esas soluciones”, señaló.
Al respecto, fue consultada sobre la sustitución del Taller de Emprendedurismo por la asignatura Economía para Jóvenes que se implementa como materia opcional a partir de bachillerato y, aunque la investigadora evitó pronunciarse sobre una materia en particular, señaló que “habría que trabajar un poco más ciertos aspectos”.
Dijo que un punto fundamental radica en que las propuestas permitan a los estudiantes desarrollar competencias para enfrentar desafíos, trabajar en proyectos y aprender a partir de experiencias concretas, ya que, a su parecer “hay que ser bastante cuidadoso” sobre “qué [temas] dar” y tener en cuenta que además “todavía son relativamente chicos” a esa edad.
Asimismo, sostuvo que la educación emprendedora debería concebirse como un proceso continuo que comience desde la infancia y se fortalezca a lo largo de toda la trayectoria educativa, un método que, según indicó, ya se aplica en distintos países de Europa y América Latina.
