¿Nos depilamos porque queremos o porque debemos? La pregunta ha empezado a surgir entre muchas mujeres feministas en los últimos años. A la vez, la cantidad de pelo socialmente aceptable para las mujeres es cada vez menor ‒a excepción de la cabeza, cejas y pestañas, zonas donde no solamente está permitido tenerlo sino que parece ser obligatorio como símbolo de feminidad‒. Para las mujeres, cuestionar el motivo por el cual eliminamos nuestro vello corporal es un planteo más que válido en una sociedad en la que nuestro cuerpo es sometido a múltiples opresiones patriarcales.

Los hábitos depilatorios de las mujeres no han sido siempre los mismos. Ya en el año 3.000 antes de Cristo existían instrumentos de afeitado. Por ejemplo, en Egipto “era común que las mujeres se afeitaran la cabeza y el pubis”, sostiene la escritora española Isabel Olid Báez en su libro A contra pelo (2020). En Occidente, esta práctica estuvo muy marcada por la iglesia católica: durante la Edad Media, la iglesia extendió la idea de que la depilación de las “zonas íntimas” era “pecaminosa” y erradicó así una costumbre que se había extendido entre mujeres y varones, explica Olid Báez.

A medida que la religión católica empezó a perder peso sociocultural y las mujeres comenzaron a mostrar más sus cuerpos con polleras y mangas más cortas, aumentó significativamente la presión de depilarse piernas y axilas. En la década de 1970, la idea de que las mujeres hermosas debían tener “la piel suave y sin vello” ya estaba muy arraigada como consecuencia de la cultura audiovisual y la difusión de imágenes de mujeres con poca ropa y completamente depiladas, dice la escritora. En la actualidad, la censura del vello se ha extendido hasta la intimidad y llega a condicionar las prácticas sexuales de las mujeres.

“La depilación es un mandato social que tiene mucho que ver con la construcción de la feminidad. Es una de las grandes obligaciones con las que tenemos que cumplir para complacer, sobre todo, el deseo masculino”, explicó a la diaria Romina Mosquera, integrante de la Red de Psicólogas Feministas. Además, sostuvo que con la eliminación del pelo, las mujeres buscan sentirse “más cómodas y más lindas” porque “ante la mirada de las y los demás somos más atractivas”. “Buscamos la aceptación social y ser deseadas, porque es un lugar en el que nos han puesto siempre y creemos que tenemos que ocupar”, expresó la psicóloga.

Entre pelos

Para Mosquera, en el círculo de la depilación están mezcladas “muchas cosas” relacionadas al sistema patriarcal. Consideró que es una de las primeras situaciones en que las mujeres se topan con la opresión y los mecanismos de control social sobre su cuerpo y resaltó que ocurre cada vez a edades más tempranas. Así, la depilación está vinculada con la “cultura de la pedofilia”, afirmó la psicóloga, y apuntó que “muchas autoras” feministas que han abordado el tema plantean que “la primera depilación en la vida de una niña se constituye como un paso a identificarse como un objeto de deseo para los varones”.

“Cargamos de una sexualización a las niñas, las ponemos en peligro y, a la vez, infantilizamos a las mujeres. Al obligarnos a eliminar el vello corporal, se nos exige que tengamos cuerpos infantiles”, expresó Mosquera. Asimismo, sostuvo que es una práctica tan normalizada y arraigada en la sociedad que, “en lugar de atacar las críticas y burlas” que reciben niñas por el vello de su cuerpo, la “reacción es mandar a depilar a la niña”. “Es más fácil, pero no es una solución frente a esa violencia”, agregó.

No sólo eso, sino que desde niñas se enseña a las mujeres que el vello es “feo” y “sucio”, y se establece como ideal de bella y deseable la imagen “utópica” de una mujer sin pelos, con piel uniforme y de apariencia suave. No poder cumplir con ese mandato genera “frustración, incomodidad y vergüenza” con el propio cuerpo, señaló la psicóloga.

La especialista planteó que así como se ha construido y fomentado la idea de que el pelo corporal es feo, se promueve también que perjudica la higiene. Eso “va en contra de todo sentido lógico y evidencia científica”, aseguró. “Una cosa es que las personas admitan que les da asco, porque eso es cultural, pero que el pelo es sucio es una gran mentira”, afirmó. Además, dijo que detrás de la depilación hay toda una industria que continuará desarrollando mecanismos para hacernos creer que es una necesidad.

Mosquera sostuvo que depilarse tiene consecuencias en el autoestima y en la salud física de las mujeres, por ejemplo, por lastimaduras en la piel por el uso de afeitadoras y las posteriores cicatrices. Es un proceso que ocupa lugar en el pensamiento de las mujeres y en sus prácticas, consume tiempo y dinero.

El proceso de dejar de depilarse tampoco es fácil. Cuando una mujer deja de depilarse y está en proceso de “despojarse de ese mandato” se hacen visibles distintas “limitaciones” sobre los cuerpos, entre ellas no usar ropas cortas aunque haga calor, no ir a la playa o privarse de un encuentro sexual con alguien por tener pelos. “No se depilan, pero se tapan”, señaló Mosquera, y apuntó que en ese contexto se hace evidente que la depilación se “trata de la mirada de las y los otros”.

Verse peluda

Sofía Pandolfo, de 22 años, y Marian Cuervo, de 31, llevan varios años sin depilarse. Como tantas mujeres, durante su niñez y adolescencia habían asumido la obligación de hacerlo si querían mostrar en público las piernas, las axilas o parte la entrepierna. Dejar de quitarse los pelos no fue fácil para ninguna y tampoco fue un proceso lineal. Comenzaron por dejar de hacerlo en algunas partes de su cuerpo donde el vello es “más aceptado” ‒aunque mal visto‒ y se depilaban en ocasiones puntuales para evitar “situaciones violentas”, contaron en diálogo con la diaria.

“Siempre odié depilarme. Desde la primera vez que tuve que hacerlo, en sexto de escuela”, dijo Pandolfo, más conocida como @Soficonrulos por su cuenta de Instagram. “Durante toda mi adolescencia el proceso fue horrible y no entendía cómo a mis amigas les gustaba”, agregó. Unos años después, comenzó a acercarse al feminismo y conoció los planteos de otras mujeres en relación a la no depilación.

Un momento clave para ella fue a los 17 años, en el marco de una reunión de la revista digital feminista Harta, que en ese entonces comenzaba a gestarse. Al encuentro llegó una mujer de unos 20 y pocos años que tenía un vestido corto y lucía con tranquilidad sus piernas peludas. Así, Pandolfo empezó a ver que la depilación era “una posibilidad” y que hasta ese momento no se lo había ni habían planteado de esa forma. A partir de ahí, empezó su proceso de dejar de depilarse, que estuvo centrado en la exploración de su vínculo con su cuerpo y no tanto como una decisión política ‒aunque hoy lo entiende como tal‒.

Salir a la calle en verano con musculosa y short con sus pelos visibles fue “el primer paso”. En el camino, se encontró situaciones o entornos a los que no quería exponerse y entendía que aún “no se podía” romper con los parámetros establecidos. Cuando empezó la facultad, se depiló y también lo hacía cada vez que iba a ver a su padre para evitar comentarios. Con el tiempo fue acostumbrándose y, si quiere depilarse, lo hace. “Ya no es un tema para mí, me olvido de que no estoy depilada. Antes era una decisión mucho más consciente que tomaba cada vez que me sacaba la campera y no me había depilado las axilas y pensaba si quería exponerme o no”, expresó.

Por su parte, Cuervo inició su proceso de dejar de depilarse hace siete u ocho años, aunque fue hace cuatro cuando se dijo a sí misma “no me gusta depilarme, no quiero hacerlo y sentirme obligada por otras personas”. A partir de entonces, no lo hizo nunca más. Es un proceso lento, remarcó, y contó que si bien hace años no elimina sus vellos, sólo “hace unos meses” dejó de taparlos.

Parte de ese proceso lo compartió en su cuenta de Instagram @Marian_Cuervo_. Como ilustradora, había creado algunas imágenes de cuerpos de mujeres con pelos, pero sintió que “no era suficiente”. Así, decidió subir fotos suyas en las que se ven sus pelos. “Cuando publiqué las fotos sentí que me iba a exponer más que nunca en la vida porque iba a mostrar algo que siempre me enseñaron que era asqueroso y horrible, y, por el contrario, sentí un alivio enorme”, contó.

Ilustración: Marian Cuervo

Ilustración: Marian Cuervo

Todo surgió a partir de una foto que publicó en la que se ve parte de su vello púbico junto a la pregunta: “¿Qué te hacen sentir tus pelos?”. Recibió muchos mensajes y de todo tipo. Hubo críticas y comentarios negativos, reconoció, pero enfatizó que los comentarios positivos fueron “más” y con “más peso”.

A su vez, destacó que entre sus seguidores y seguidoras se formó una “comunidad”, de forma fortuita pero “muy necesaria”, para todas las mujeres cisgénero y trans que están en proceso de dejar la depilación y no encontraban un espacio o una imagen con la que identificarse. “Muchas mujeres creíamos que por tener más pelo de lo que se supone que deberíamos, teníamos un problema hormonal, y cuando lo hablamos y visualizamos nos damos cuenta de que la mayoría de las veces no es así”, comentó.

Cuervo recuerda que las primeras veces que salió a la calle con las axilas y piernas peludas sintió “la presión social” y “más atención de la habitual” sobre su cuerpo, pero que eso la motivó a pensar que su acto de rebeldía podía animar a que lo hicieran otras que tuvieran el deseo; “que me vieran peluda y que no pasaba nada. Las personas te miran y piensan cosas que a veces dicen explícitamente, pero se puede”, dijo.

Decidir sobre nuestro cuerpo

Pandolfo sostuvo que las mujeres “tenemos derecho a sentirnos cómodas” y que no depilarse no debe establecerse como un mandato desde los feminismos. “Con un montón de cosas, no sólo con la depilación, en el feminismo nos olvidamos de que está todo bien con reconocer cómo nos afecta el patriarcado, pero también tenemos que vivir y estar tranquilas. No podemos hacer de nuestro propio cuerpo y toda nuestra experiencia de vida un espacio hostil, porque ya la vida es demasiado hostil para las mujeres”, expresó. “Está bien sentirse cómoda y, a veces, decir ‘hoy no tengo ganas de exponerme a esta situación porque sé que me va a hacer sentir mal e incómoda’ o ‘con estas personas no tengo ganas’”, agregó.

Por su parte, Mosquera resaltó que “depilarte no te hace menos feminista”. “Si exigimos a las mujeres que no se depilen, estaríamos reproduciendo la misma lógica de los mandatos patriarcales de la depilación. Sustituimos el ‘para ser una verdadera mujer tenés que depilarte’ por ‘para ser una verdadera feminista no tenés que depilarte’”, manifestó, y añadió: “Si no te sentís cómoda haciéndolo, no está mal no hacerlo”.

En la misma línea, Cuervo consideró que este tema debe ponerse sobre la mesa para “mostrar los cuerpos de las mujeres con pelos y hablar con las niñas preadolescentes y adolescentes para que sepan que son libres de elegir si depilarse o no, enseñarles a no rechazar su cuerpo y salir como quieran al espacio público sin pensar en que se tienen que depilar o qué ropa usar para ocultar sus pelos”.

Mujeres y disidencias

“Los varones basan su satisfacción en obtener lo que desean, mientras las mujeres basan su satisfacción en ser deseadas. Deseo que, normalmente, es el de ellos”, señaló Mosquera. En esa línea, consideró que el mandato de la depilación puede tener más peso para las mujeres cisgénero que tienen vínculos sexoafectivos con varones. A su vez, planteó que hay estudios que demuestran que a los varones no les suele “molestar tanto” que su pareja mujer no se depile, sino que les resulta más incómodo que otros varones “vean que está con una mujer que no se depila porque está la idea de que es menos mujer o que él ‘no puede controlarla’”.

En tanto, cuando la relación es entre dos mujeres, “ambas están bajo las mismas lógicas de dominación y es más normal romperlas juntas que cuando hay una relación de poder”, sostuvo la psicóloga.

Para las mujeres trans la situación es aún más compleja. “Es común que a las mujeres trans se las acuse de reforzar los estereotipos de género. La depilación forma parte de eso”, planteó Mosquera, y señaló que si bien cuando las mujeres cisgénero optan por no quitarse el vello son criticadas, no se cuestiona su identidad de género, como sí les ocurre a las mujeres trans que no se quieren depilar.