El derecho de las mujeres a decidir sobre sus cuerpos y con quién, cuándo y cómo vincularse sexoafectivamente es una clara conquista de la lucha feminista. En parte, es por eso que hoy hablar de consentimiento parece algo prácticamente natural. Sin embargo, es un concepto reciente en términos históricos. Su origen se remonta al siglo XVIII, junto con las ideas de libertad y razón de la Ilustración, la emergencia del divorcio y “la transformación del consentimiento de una persona en argumento político”, sostiene la antropóloga mexicana especialista en género y sexualidad Yolinliztli Pérez Hernández en su texto Consentimiento sexual: un análisis con perspectiva de género (2016). Así, el consentimiento se constituyó como una acción individual asociada a la “libertad y la autonomía”, sin tomar en cuenta las complejidades de los vínculos sociales y el contexto cultural donde ocurren.

En su estudio, Pérez Hernández afirma que esta pequeña genealogía histórica del consentimiento permite dos cosas fundamentales. Por un lado, “desnaturaliza” el concepto y, por otro, muestra cuáles eran los marcos sociales en los que se gestó. Esto último permite tomar en cuenta las relaciones de poder y los estereotipos sociales de las formas de ser mujer y ser varón que se esconden detrás de este concepto. La antropóloga no desconoce la importancia del término, pero considera que es importante “desdoblarlo” y generar un vocabulario “alternativo” que muestre las desigualdades de género sobre las que se sostiene.

En diálogo con la diaria, Andrea Tuana, trabajadora social, magíster en Políticas Públicas de Igualdad y directora de la asociación civil El Paso, indicó que el concepto de consentimiento ha sido trabajado “fuertemente” desde “ramas de la ética y filosóficas” y está “muy vinculado a los derechos humanos”. En ese sentido, planteó que en el plano de los vínculos sexuales y afectivos es “fundamental” tener “claridad” sobre qué es y en qué condiciones existe y en cuáles no, algo que “lamentablemente no se enseña”. Por su parte, la psicóloga feminista especializada en violencia basada en género Victoria Marichal dijo a la diaria que, en el ámbito sexual, “cuando hablamos de consentimiento nos referimos a aceptar activamente participar en un encuentro sexual. Incluye cualquier práctica que involucre mi cuerpo y/o mi genitalidad”.

Tuana sostuvo que, aunque el consentimiento es un término que se aplica en muchos ámbitos de la vida de las personas, en el plano sexual está muy unido a “un modelo y un orden político donde existen relaciones de poder basadas en el género y lo generacional”, que también “enseñan cómo ser varón y cómo ser mujer”, y donde el consentimiento sexual “no es relevante”. “Lo que sí es relevante en ese modelo hegemónico es que los varones puedan llegar a construir su identidad masculina en base al mandato de virilidad, que implica el acceso al cuerpo de las mujeres, y cuantas más, mejor. La enseñanza en cuanto al consentimiento sexual es una enseñanza que encubre un mandato de violación porque les dice a los varones que cuando las mujeres quieren decir no, en realidad quieren decir sí. Entonces, hay que insistir para vencer, de alguna manera, esa resistencia al consentimiento”, expresó.

Otro de los mandatos encubiertos en esta percepción del consentimiento es la “idea de que las buenas mujeres son las que se resisten, son recatadas y no demuestran su deseo sexual”, dijo la trabajadora social. En contraposición, las mujeres que “rápidamente consienten” son “usables”. A su vez, Tuana planteó que en esta idea de consentimiento “la sexualidad es patrimonio de los varones”, son ellos los que tienen un rol activo, de “proponer” y satisfacer su deseo y placer.

A la par de estas observaciones, Marichal sostuvo que es relevante hablar de “coerción sexual”. Se trata de una manifestación de violencia que “abarca un continuo de prácticas que van desde una presión psicológica sutil y el uso del lenguaje para manipular hasta el uso de la fuerza física”, explicó, y añadió que, si bien estas situaciones pueden darse en “encuentros casuales o de una noche”, son más habituales en vínculos de pareja “más establecidos” como relaciones de noviazgo y matrimonio. “La coerción sexual plantea que las mujeres terminamos ‘aceptando’ un encuentro sexual porque nos han enseñado que es lo que tenemos que hacer, porque si no esa persona no nos va a amar más, porque es lo que hacen las buenas novias, entre otros planteos. Toda esta manipulación tiene mucho que ver con los mitos del amor romántico y la idea de que, si hacemos lo que queremos o deseamos, nos vamos a quedar solas”, expresó.

Tomar en cuenta estas situaciones abre el paraguas de manifestaciones de violencia que atraviesan las mujeres en diferentes espacios y que hasta hace no mucho no eran consideradas abuso o violación sexual. De hecho, Tuana señaló que “durante un buen tiempo” se habló de “deberes maritales” y recordó que dentro del modelo patriarcal se da por sentado que cuando una mujer está en pareja hay “un consentimiento implícito” para tener relaciones sexuales con esa persona “siempre que lo reclame”. “Hoy está catalogado como violencia, pero fue muy difícil reconocer que las mujeres podemos vivir violencia sexual en nuestras relaciones afectivas y de pareja sin estar en un claro vinculo violento con golpes y un claro ejercicio abusivo”, aseguró.

De la “cultura del consentimiento” al “consenso”

Por todas estas cuestiones, las expertas consideraron que es importante que el consentimiento cumpla con determinadas características para desprenderse de las estructuras patriarcales. Marichal manifestó que el consentimiento debe ser “explícito”, dado “libremente”, “informado”, “específico” y, sobre todas las cosas, no puede separarse del deseo. Estas condiciones permiten dejar por fuera la idea de que “no decir nada es consentir”, establecen que sólo se puede consentir un encuentro sobre el que se tiene “toda la información” y que acceder a una práctica no significa acceder a todas, explicó la psicóloga. Además, para poder consentir “libremente”, la persona debe estar fuera de situaciones de “coerción sexual”, “abuso de poder”, “manipulación” y cualquier otro tipo de presiones, y no haber consumido ningún tipo de sustancias.

Más allá de la necesidad de tener estas cuestiones sobre la mesa, Marichal sostuvo que la “cultura del consentimiento” mantiene el “peso sobre las mujeres”. Es decir, las consecuencias de querer o desear, aceptar o no tener otra opción que aceptar, no poder negarse o no tener la fuerza de hacerlo recaen solamente en ellas. “El término ‘consentimiento’ nos habla de aceptar y eso nos deja a las mujeres en un lugar de pasividad. Estamos educadas y socializadas solamente para estar ahí diciendo que sí o que no”, manifestó en ese sentido.

Asimismo, dijo que la “cultura del consentimiento” hace hincapié en dos aspectos: el autoconocimiento y la verbalización del deseo. “Para poder consentir y cumplir con todas las características anteriores, tenemos que conocer qué es lo que nos gusta”, señaló la psicóloga. No obstante, apuntó que esta es una exigencia muy difícil cuando a las mujeres se les ha “negado” el acceso a una educación sexual integral, al conocimiento de su anatomía y a poder explorar el autoplacer.

Por otro lado, planteó que, si bien ha quedado “muy claro” que el silencio no es sinónimo de aceptar participar en un encuentro o práctica sexual, poder “verbalizar el deseo” no deja de tener dificultades. “Si se nos ha enseñado toda la vida que ‘calladitas somos más bonitas’ y [que tenemos que] ser receptivas ante la otra persona, ¿qué tanta socialización tenemos que nos permita después poner nuestro deseo en palabras?”, apuntó. En ese sentido, cuestionó que sean las mujeres las que deben aprender a manifestar estar de acuerdo o no con una práctica y poder comunicar su placer, y se preguntó: “¿Dónde está la otra persona? ¿Por qué yo tengo que aprender todas esas cosas y la otra persona no tiene que aprender un poco a leer el lenguaje corporal? ¿La otra persona no puede preguntar?”.

En ese sentido, aun con este análisis “global” e integral del consentimiento, Marichal consideró que “a veces nos quedamos cortas y cortos”. “Este es un concepto que en su momento fue muy necesario y que es una victoria feminista, pero que hoy nos queda corto”, opinó. Por eso, consideró que hablar de “consenso” en los encuentros o prácticas sexuales, por lo menos, “corre” a las mujeres del “rol de pasividad”, no las visualiza como únicas responsables de dar el consentimiento y resalta el papel del deseo en los encuentros sexuales.

Para la abogada Ivana Manzolido, integrante de la Red de Abogadas Feministas, hablar de consentimiento sexual en el ámbito del derecho requiere partir de la base de que el sistema de Justicia es “androcéntrico” y “mayormente creado por hombres y para hombres”, donde se perpetúan y acentúan los estereotipos de género y las expresiones del sistema patriarcal y capitalista. “Si analizamos el Derecho desde una perspectiva de género y de derechos humanos, vamos a encontrar que hay grandes obstáculos para que las mujeres accedan a la Justicia, sobre todo en lo que tiene que ver con la materia penal”, sostuvo, y añadió que hoy “existe discriminación tanto en la promulgación de las leyes como en la interpretación de los jueces y juezas en la práctica judicial”.

En la legislación uruguaya, el artículo 272 bis del Código Penal –incorporado por la Ley 19.580 de violencia basada en género y generaciones en su artículo 86– reconoce como abuso sexual todo acto por el que una persona obligue a otra a un acto sexual “por medio de la intimidación, presión psicológica, abuso de poder, amenaza, fuerza o cualquier otra circunstancia coercitiva”. “No hace una referencia explícita al consentimiento sexual, pero reconoce el delito cuando el consentimiento no existe”, explicó la abogada. Entonces, “en un principio, parece que está tutelado el derecho de las mujeres a decidir con quién, cuándo y dónde tener relaciones sexuales”, planteó.

Sin embargo, “acto seguido”, cuando una mujer se presenta ante la Justicia por un delito sexual, el sistema automáticamente la hace “responsable de su incapacidad de no haber impedido la agresión sexual” y “ahí se pone en juego el consentimiento”. Manzolido sostuvo que el sistema judicial pretende que el consentimiento se pruebe bajo las mismas “reglas procesales” que para otras situaciones, pero que en este caso se trata de pruebas que no van a existir. Además, remarcó que no se toma en cuenta el “contexto” social, las relaciones desiguales y jerárquicas de género, y las formas en que se manifiestan los actos de abuso o violencia sexual.

Así, en los casos que llegan a la Justicia, las defensas de los agresores despliegan una serie de “argumentos” para deslegitimar la credibilidad de la víctima. Tuana sostuvo que “muchas veces” se “ridiculiza” el concepto de “consentimiento explícito” con planteos como “ahora se tiene que firmar un contrato para ver si podés acariciar a una mujer” o se busca justificar el acto violento al sostener que la mujer “lo provocó” por cómo iba vestida o por su actitud, porque “no se fue del lugar” o “no dijo claramente que no”.

Tuana y Manzolido coinciden en que es necesario “trabajar más” y “profundizar la legislación” en temas de violencia sexual y libertad sexual. Un ejemplo de otro país en ese sentido es el caso de la Ley de Garantía Integral de la Libertad Sexual, conocida como la ley del “sólo sí es sí”, que se debate en el Congreso de España. Esta norma busca cambiar el paradigma de la violencia sexual al colocar en el centro la voluntad de las mujeres y no cómo respondan o cuánto se resistan a una agresión. Si bien las expertas reconocieron que este tipo de normativas ayudan, el principal cambio debe ser cultural, y que la legislación acompañe la transformación social necesaria.

¿Qué podemos hacer para impulsar ese cambio social tan necesario? Para empezar, las expertas subrayaron la necesidad de una educación sexual integral desde la infancia, que integre el concepto de consentimiento sexual y eduque en base al deseo. “Es clave educar a todas las personas en todo lo que está relacionado a la discriminación por orientación sexual, por identidad de género y las manifestaciones de violencia implícitas en el modelo hegemónico”, expresó Tuana.

Por otro lado, si los varones desean participar en esta transformación social, es importante que “hablen entre ellos”; “la información está arriba de la mesa”, expresó Marichal, y añadió que depende de la voluntad de los varones cuestionar las formas de ejercer su masculinidad y poder “renunciar a privilegios” por un bien común. “Hay que aliarse menos y renunciar un poco más a los privilegios”, apuntó.