“¿Qué uso de la palabra podemos hacer cuando nuestra condición de sujetos femeninos, feminizados, precarizados y/o racializados nos sitúa fuera de la palabra misma, al margen del discurso como tal, en las alcantarillas de toda isegoría (derecho a hablar en una asamblea) e igualdad política?”, pregunta la filósofa Carolina Meloni González en el libro La instancia subversiva, decir lo femenino ¿es posible? (2025), editado en México, España y Argentina. En un momento en que el silenciamiento vuelve a desvanecer la potencia feminista, pisotea la bravura de las subversivas, demoniza la furia trava y desinvita a las que entraron a las letras mayúsculas en un recreo democrático que llegó a su fin, la pregunta se sale de las respuestas fáciles y de los videos que dan dopamina y quitan capacidad de rearmar las gargantas poderosas desde el sur.
Carolina Meloni nació en Tucumán, al norte de Argentina, una provincia estereotipada como jardín de la república, cuna de la independencia (el 9 de julio de 1816), en una casita de libros escolares y laboratorio de represiones y selva de resistencias. Carolina nació presa. La palabra no es sólo un accesorio de la libertad, sino una forma de liberarse para quien se rebeló a la condena de la dictadura desde su cordón umbilical. La palabra es su lazo con la vida para que no le digan lo que es, sino lo que ella construyó per se y para ser.
Las fechas no esquivan los simbolismos, ni los almanaques cuadros de un país nómade, negado y negro. En 1810, el 25% de la población de Buenos Aires, el 50% de la de Córdoba y Catamarca y el 80% de la de Tucumán, era de origen africano, según el libro Buenos Aires Negra (2003), del arqueólogo Daniel Schávelzon. Carolina tiene en su sonrisa amplia, su pelo natural y ensortijado y la irreverencia sudaca ese pasado desterrado de la vitrina de la historia y en su lengua filosa la capacidad de reinstalar la pregunta por lo femenino y reivindicar lo subversivo.
Ella dio su propia luz el 2 de abril de 1975, a siete años del comienzo exacto de la Guerra de Malvinas, usurpadas –todavía– por Reino Unido, y apenas dos meses de comenzado el Operativo Independencia, que fue el ensayo de las detenciones y desapariciones de la dictadura militar argentina que comenzó, extraoficialmente, en Tucumán y, oficialmente, el 24 de marzo de 1976, en Buenos Aires. Su mamá y su papá fueron militantes del Partido Revolucionario de los Trabajadores (PRT), participaron del “Tucumanazo” y de tomas de ingenios azucareros. A su papá lo detuvieron en 1974 y estuvo preso ocho años. Se murió a los 41 años. A su mamá la detuvieron el 18 de enero de 1975, con 20 años y embarazada de siete meses. La llevaron a la Jefatura de la Policía. De enero a abril la encerraron en una celda. Su tío, Hernán Eugenio González, fue secuestrado en el Hospital Padilla, cuando estudiaba medicina, el 17 de setiembre de 1976, a los 21 años. Fue identificado en mayo del 2014 por el Equipo Argentino de Antropología Forense (EAF) y su cuerpo fue restituido en 2025.
Carolina se define como filósofa, feminista, anticolonial y fronteriza. Nació en una cárcel. Vivió con su abuela cuando detuvieron a su mamá y a su papá. Se exilió en España. Tiene 50 años que no oculta entre los destellos de su pelo y la vitalidad de su irreverencia que reivindica salvaje. Es profesora de la Universidad de Alcalá, en Madrid. Escribió Transterradas: el exilio infantil y juvenil como lugar de memoria (2019), junto a Marisa González de Oleaga y Carola Saiegh Dorín; Feminismos fronterizos. Mestizas, abyectas y perras (2021) y Las fronteras del feminismo. Teorías nómadas, mestizas y postmodernas (2012).
En su último libro, remarca: “Frente a la tradición del feminismo civilizatorio y colonizador, heredero directo de un orden filosófico y sus mapas concéntricos de la mismidad y la universalidad, reivindico una tradición de feminismos ignotos, ectópicos, situados al borde mismo de toda cartografía hegemónica”. ¿Por qué salirse de la matriz o de la matrix? Ella explica: “Somos hijas de otros úteros. Somos hijas de otros lugares, de nuestros territorios. Hay que reivindicar otras revoluciones. No solo esa trayectoria histórica, que es absolutamente civilizatoria en el sentido de civilización, como que sólo en Europa surgen conceptos, ideas, filosofías, que exportan a otros territorios. Sabemos perfectamente que no es así. La ectopia me permite pensar en otras utopías”.
¿Qué implica ser hija de Tucumán?
Tucumán fue un lugar muy especial por una confluencia de lo que fueron las luchas sindicales de los ingenios, la plantación de azúcar (que es una imagen política colonial) y por ser un centro neurálgico estudiantil, porque, en esa época, en Salta o Jujuy las universidades no tenían la presencia que tienen ahora. Toda la gente del noroeste argentino iba a estudiar a Tucumán y eso hizo que fuera realmente un lugar de mucha ebullición intelectual, política, sindical. Se dio el “Tucumanazo” por parte de estudiantes y de obreros de la caña, o sea, por el sindicalismo cañero, con la única guerrilla rural del país por el paisaje selvático, con mucho apoyo de los pueblos rurales. A partir de eso, María Estela Martínez de Perón [presidenta de Argentina desde 1974 hasta el golpe de Estado de 1976] firmó los llamados decretos de “aniquilación”. El “Operativo Independencia”, a cargo de Antonio Domingo Bussi y Adel Edgardo Vilas, fue una prueba de lo que después se implantó en todo el país.
¿Qué significado le das a la maternidad tan joven de una militante que logra parirte aun detenida?
Hay una necesidad de militar a través de la ternura de la maternidad, no sólo de la militancia estructurada. Entonces ahí está toda esa ternura de las madres.
¿Cómo fue el parto en el que naciste?
El parto tiene lugar en una maternidad en condiciones tremendas. Hay militares en la sala de parto. Hay perros y ella está esposada. Terrible. Uno de los canas la veía tan mal que le dijo “recuperate, piba”. De ahí nos trasladan, otra vez, a Jefatura y, de ahí, a la cárcel de Concepción, con presas comunes. Estuvimos unos meses y, después, nos llevan a la cárcel de Villa Urquiza, en Tucumán, con presas políticas. Cuando llega el golpe, nos separan porque los militares reorganizan a las presas y presos de provincias y se los llevan a Buenos Aires, con la excusa del miedo a las fugas. A mi mamá la llevan a Villa Devoto y yo me quedo con mi abuela, que me cría durante cuatro años y medio. Ella sale en libertad en 1980 cuando yo tenía cinco años.
¿Naciste presa?
Nací presa. Y tengo muchísimos recuerdos de las cárceles porque iba a ver a mi papá y a mi mamá. Viajaba en el tren Estrella del Norte, de Tucumán a Buenos Aires, a ver a mi papá (que estuvo en Caseros y Devoto) y a mi mamá.
¿Cómo fue el reencuentro con tu mamá?
Me acuerdo de que estábamos mi abuela y yo en ese bar en el que se ve todo el muro de la cárcel y vi a mi mamá que venía caminando y salí corriendo y la abracé. Cuando ella sale, nos exiliamos en España durante un año y medio y volvimos a Argentina porque mi mamá sentía que tenía que volver. Nos quedamos hasta los 90 en Tucumán. Bussi fue elegido gobernador [de 1995 a 1999] y ella no podía vivir así y volvimos a Madrid. Yo tenía 15 años y ya nos quedamos.
¿Cómo unís tu historia con la Filosofía?
Yo decido estudiar Filosofía y jamás me había enfrentado a mi historia. Me empiezo a decantar por autores que trabajaron el Holocausto y los campos nazis. Siempre estaba muy presente el tema del genocidio. Cuando mi tío apareció, en 2014, me atreví, por primera vez, a empezar a abordar todo eso que, en la teoría, yo había ido acuerpando para darle realmente cuerpo. No fue nada sencillo. También se me cruzó todo el relato colonial porque Tucumán es un lugar que se puede abordar desde una perspectiva interseccional de raza, de clase y de género. Nuestra memoria de la dictadura no deja de ser una memoria muy blanca y centrada en lo que pasó en Buenos Aires.
¿Qué te llevó al feminismo anticolonial?
Escuchar y leer a las otras te ayuda a acuerpar tu propia historia, y la primera autora que más me impactó fue Gloria Anzaldúa, que habla de la herida colonial, y María Lugones. En muchas tradiciones latinoamericanas del feminismo están presentes los desplazamientos forzados por dictaduras, por cuestiones económicas o por todo tipo de violencias.
En un momento donde hay interferencia norteamericana en las elecciones de Argentina y Honduras, donde hay ataques armados en el Pacífico y el Caribe y la amenaza de una intervención militar, ¿el feminismo anticolonial tiene más importancia que nunca?
Totalmente. Toma una vigencia política y una capacidad tanto teórica como práctica para abordar lo que realmente está sucediendo: estamos en una reactivación de ultraderecha del Plan Cóndor, con un retorno fascista y autoritario que no imaginamos y una pronunciación de discursos que, hace cinco años, parecían inadmisibles. No es casual tampoco que los países donde se ha dado este resurgimiento de la derecha más brutal sean los países del triángulo del litio. Volvemos otra vez a un fenómeno extractivista en Bolivia, Argentina, Chile, que son los países que tenemos los recursos que ahora se necesitan: agua, tierra, minerales, litio.
¿Por qué reivindicás un feminismo ectópico?
La palabra ectópico procede de la medicina y es un embarazo que se da fuera de la matriz. Yo descubro esta palabra gracias a un libro maravilloso de Lucía Nistal. A partir de esta idea de ectópico, empecé a pensar en algunos feminismos de autoras que habitamos esa ectopia, que habitamos un no lugar, un lugar ignoto porque nos hemos exiliado, porque hemos tenido que dejar nuestro lugar de origen, porque las teorías que hemos estudiado no son una teoría matriz para nosotras, porque el feminismo, tal como se nos cuenta la historia del feminismo, también tiene una historia colonial y civilizatoria.
¿Qué historia colonial del feminismo hay que deconstruir?
La historia colonial que se nos cuenta es la del feminismo como un movimiento emancipatorio de las mujeres que nace en Europa, al calor de la Revolución Francesa, de mujeres ilustradas que luchan mano a mano y se quedan fuera del concepto de ciudadanía. A partir de ahí, saldría la primera ola del feminismo y “por fin el feminismo llegó a África y por fin el feminismo llegó a Latinoamérica”. Me da mucha rabia que Europa no solo se apropie de todo, sino también de la idea de revolución, y es como si sólo en Europa se hubieran dado movimientos utópicos y fuera de este mapa no se dieron revoluciones, emancipaciones, subversiones. Nosotras somos ectópicas porque no pertenecemos a ese útero.
¿Cuáles son las utopías actuales?
Yo creo que recuperar la memoria anticolonial es una gran utopía. Hemos tramado utopías en los cañaverales. Hemos tramado utopías en los barcos negreros. Hemos tramado utopías en los cuerpos de las Madres de Plaza de Mayo. Hemos tramado utopías en las mujeres mapuches. Hemos tramado utopías en lugares muy siniestros. Nuestras madres tramaron utopías en los centros clandestinos y seguían pensando en hacer otro mundo distinto y en luchar. Hay que salir de la idea paralizante que dice que la única utopía son los libertarios y la masculinidad esperpéntica de [el presidente de Argentina] Javier Milei con José Antonio Kast [presidente electo de Chile] con una motosierra gigante, con tanta necesidad de mostrar el tamaño del falo. Desde el sur global y nuestros territorios tan castigados hemos tramado tantas utopías que tenemos que recuperarlas y reactivarlas.
¿Cómo se puede reivindicar una feminidad subversiva?
Las feminidades disidentes están siendo atacadas ahora. Rita Segato dice que hay algo en la feminidad que molesta siempre. ¿Qué hay en la feminidad que desestabiliza al sistema? Eso es lo que nos tenemos que preguntar y lo que tenemos que reivindicar porque, si no, es muy sintomático que se ataque tanto a las feminidades en redes sociales. Y, además, no se nos permita envejecer. Por eso es importante recordar que nosotras somos subversivas.
Esta entrevista fue realizada en diciembre de 2025.
Las Bravas es un espacio de la diaria Feminismos que busca amplificar las voces y las experiencias de mujeres feministas que están cambiando la historia en América Latina y el mundo. Está a cargo de Luciana Peker, periodista argentina especializada en género y autora de ¿El amor es o se hace? (2023), Sexteame: amor y sexo en la era de las mujeres deseantes (2020), La revolución de las hijas (2019) y Putita golosa, por un feminismo del goce (2018), entre otros libros.