En 1914, a orillas del Río de la Plata, Montevideo inauguró la cárcel de Punta Carretas. La penitenciaría modelo para varones contaba con diversos talleres de oficios, amplios patios de recreo, lavandería y su propio hospital penitenciario.
En El Libro del Centenario del Uruguay (1926), gran reflejo de aquella “Suiza de América”, hay una sección dedicada exclusivamente al régimen carcelario y a la reforma educacional en el país. Las fotografías de Punta Carretas muestran pasillos y celdas tan limpias que se asemejan a un hospital.
En cuanto a la reclusión femenina en general, y aludiendo a la cárcel de Cabildo en particular, el libro describe: “Limitada importancia tiene, en nuestro país, la cárcel de mujeres. Por razones fáciles de comprender, el sexo femenino cae, en una proporción muy pequeña, bajo la sanción de las leyes preventivas. Tan es así que la población de ese establecimiento nunca ha llegado a un centenar de personas, culpables en su casi totalidad de delitos leves. La dirección de este establecimiento ha sido confiada a las religiosas del Buen Pastor de Angers”.
En la década de 1970, casi 60 años después de la inauguración, poco podía encontrarse en Punta Carretas de aquella prisión modelo –si es que se le puede llamar modelo a un establecimiento penitenciario—. Las torturas, el aislamiento de las familias y la falta de higiene eran parte de la rutina de los presos políticos varones. También lo era la negligencia médica: contaban con un dentista que trabajaba sin anestesia y cuya labor se reducía prácticamente a la extracción de muelas, y con un médico que visitaba esporádicamente el hospital penitenciario.
Graciela dice que al “hospitalito” no se le podía llamar hospital. Entre varias razones, porque las propias personas enfermas se encargaban de la limpieza para evitar contagios. Ella llegó al hospital en 1972, con 20 años y un embarazo pasado de fecha.
¿Cómo fue a parar una mujer embarazada a una cárcel de hombres?
Graciela Gachi Yardino integraba el Movimiento de Liberación Nacional-Tupamaros (MLN-T), fue detenida por las Fuerzas Armadas en mayo de 1972 –en el marco de las medidas prontas de seguridad– y trasladada primero al cuartel de Infantería Nº 13 y luego a la cárcel de Cabildo. Como señala el archivo del Sitio de Memoria, ese establecimiento era administrado por la Congregación de Nuestra Señora de la Caridad del Buen Pastor de Angers, una comunidad de religiosas fundada en Francia dedicada a la atención de niñas, niños y adolescentes sin hogar y de las llamadas “mujeres descarriadas”.
Según contó a la diaria, Gachi llegó con su embarazo a término, ya excedida de la fecha de parto y sin ningún tipo de análisis o control médico. Gracias a las protestas de Ana María Álvarez —presa política, nurse de profesión y enfermera, médica y maga designada— apareció un ginecólogo que la revisó de pie, frente al escritorio del director de la cárcel: “Está pasadísima de fecha. Le tienen que inducir el parto. Llévenla al Hospital Militar”.
Una vez en el Hospital Militar, Gachi explicó que su tipo de sangre era RH negativo y el del padre del bebé RH positivo. Procedieron a extraerle sangre para realizar los análisis correspondientes y le asignaron una cama.
En determinado momento, un coronel atravesó la puerta y bajo el argumento de que la custodia de Graciela pertenecía a la Policía sentenció que ellos no se harían cargo. La mandaron de nuevo a Cabildo: sin parto y sin los análisis.
De regreso en la prisión femenina, el director resolvió trasladarla al hospital penitenciario de Punta Carretas. Allí, el médico que asistía semanalmente desde el Hospital de Clínicas redactó una nota explicando que no podían brindarle la atención necesaria, ya que no contaban con herramientas para monitorear su estado de salud ni para inducir el parto.
Cárcel Penitenciaria de Punta Carretas, año 1918.
Foto: CdF, s/d de autor
Los días pasaban y la única respuesta que recibía era que, cuando estuviera en trabajo de parto, mandarían a buscar una partera del Hospital Pereira Rossell.
En la sala —poco— hospitalaria de Punta Carretas también permanecían dos presas sociales, una de ellas con tuberculosis, y dos presas políticas: Araselly y Libertad, una con artritis y otra recuperándose de una cirugía. “Ellas eran las que me ayudaban, me apoyaban en todo”, dice Graciela, cuya historia también rescata el libro Resistir juntas en prisión, exilio y libertad (2025), de Ivonne Trías, que reconstruye las experiencias comunes de mujeres que estuvieron recluidas en la cárcel de Cabildo entre 1968 y 1977.
Ante la desesperación, y por medio del cuñado de Graciela —quien también era preso político del otro lado de la manzana—, los varones se organizaron para pedirle ayuda a un médico ginecólogo recluso social.
Ante la falta de recursos para asistir el parto, el médico propuso recurrir a una técnica utilizada originalmente para inducir abortos: colocar una sonda en el útero para que, en el intento de expulsar el cuerpo extraño, comenzara a generar contracciones.
Así fue.
Durante varios días las contracciones comenzaban, la sonda —que en realidad era una goma conseguida por los presos— se salía, la volvían a colocar y el proceso empezaba de nuevo, hasta que finalmente llegó el trabajo de parto. “¡Podemos ver la cabeza!”, gritaban las compañeras de Gachi, recuerda ella, mientras exigían desesperadas que trajeran al “doctor milagro”. Y lo trajeron.
“Yo tuve el parto ahí, en la misma mesa donde comíamos”, cuenta Graciela.
Araselly llenó de agua la pileta donde lavaban los platos y allí lavaron al bebé, cuenta hoy la mamá de Martín, ese bebé que hoy ronda los 50 años.
A pesar de que no quisieron entregarle instrumental quirúrgico, el doctor realizó una episiotomía con una gillette. Luego Libertad cosería la herida con hilo y aguja de ropa.
Así logró aquello que parecía imposible: asistir un parto complicado en una cárcel de hombres.
Martín nació con una infección en los ojos. Fue el propio ginecólogo quien a través de familiares durante las visitas consiguió que ingresara un pediatra para tratar la afección.
“Yo quisiera que si tú contás esta historia digas que [el ginecólogo] realmente fue una persona sumamente solidaria y generosa. Era un médico que estaba haciendo por nosotras cosas que no tenía por qué hacer. Yo sabía que si a mí me pasaba algo, o al bebé, a él lo iban a acusar. Seguramente le iban a agregar más años de condena. Y en cambio, si todo salía bien —como salió— nadie le iba a dar una medalla ni lo iban a soltar por eso”.
Graciela y Martín volvieron a Cabildo, donde fueron atendidos por Ana María y cuidados por todas sus compañeras presas políticas.
En Punta Carretas sucedieron otros partos, también asistidos por el Dr. C. Sin embargo, poco se sabe de ellos y ninguna de las mujeres que pasaron por el hospital penitenciario figura hoy en el memorial que se ubica frente al shopping que alguna vez fue cárcel.