Lleva más de una década al frente del Observatorio Nacional sobre Violencia y Criminalidad del Ministerio del Interior. Es un caso raro de un funcionario situado en un área clave que se mantuvo en su puesto cuando cambió el gobierno. El sociólogo Javier Donnangelo recibió a la diaria en un alto de su jornada de trabajo. Su escritorio, tapado de papeles y documentos, está en una oficina austera, de paredes sin cuadros ni adornos. Donnangelo comenta que es un día ajetreado, porque se están terminando de procesar las cifras de los delitos del primer trimestre del año, que se dieron a conocer ayer. Sin embargo, con amabilidad, dedicó casi una hora y media a esta charla.

El senador frenteamplista Charles Carrera planteó la duda de si usted continuaba al frente del Observatorio, dadas sus pocas apariciones públicas. ¿Sigue?

Sí, tengo el mismo rol.

¿Se planteó la disyuntiva de dejar el cargo con el cambio de gobierno?

No, no se manejó y yo tampoco lo consideré. Mi tarea tiene un componente vocacional muy fuerte. Yo me formé para esto, es el área de trabajo que me interesa, el trabajo científico con el que más me identifico; la criminología es mi área de especialización como sociólogo. Tengo acumulado un trabajo de años que no me pareció razonable interrumpir, ni quiero perder este capital de experiencia acumulada.

Un dato que ha llamado la atención en las estadísticas de 2020 y 2021 es el aumento de las llamadas “muertes dudosas”. Se planteó que podrían estar solapando algunos homicidios. ¿Quién determina lo que es una “muerte dudosa”?

La Policía interviene en un caso y da cuenta a la Fiscalía. Allí se da un proceso de intercambio de información y se determina cuál es la mejor manera de caratular en forma primaria ese hecho.

O sea que la Policía le sugiere a la Fiscalía y luego se decide en un diálogo entre ambas.

Sí, en general es así.

¿Y si no se ponen de acuerdo?

Prima el criterio de la Fiscalía. Es una clasificación primaria que puede variar en función de los nuevos elementos que se vayan recogiendo en las indagatorias e investigaciones. Pero, en general, tiende a mantenerse. Sin duda, hay casos de cambio, pero no son mayoritarios.

¿Cuál es el criterio para calificar una muerte como “dudosa”?

Son situaciones en las que la Policía concurre a un lugar donde hay un cuerpo y esa escena no presenta alteraciones importantes. No hay señas anormales de ninguna índole, pero, al mismo tiempo, tampoco hay testigos. O sea que inicialmente subsiste un leve margen de incertidumbre respecto a qué pudo causar esa muerte. Esas dudas normalmente se van despejando en el correr de los días, en la medida en que se van realizando algunas indagatorias: se cita a declarar a algún familiar, algún vecino. O el cuerpo es periciado por técnicos del Poder Judicial, del Instituto Técnico Forense, que lo examinan y determinan si se trató de una muerte por causas naturales o externas. En la medida en que esas informaciones adicionales van llegando, el título inicial de “muerte dudosa” se va ajustando y puede cambiar a otra tipificación, que puede ser de homicidio, suicidio o muerte natural.

Un anciano muere en su casa solo. ¿Es una muerte dudosa?

Puede serlo.

Si luego se entrevista a un pariente que deja constancia de que tenía una salud muy endeble, puede pasar a muerte natural. Pero si un forense detecta signos de violencia, pasa a ser un homicidio... ¿Es algo así?

Sí, exacto. Esa es la lógica del proceso. Otra situación que es común que se clasifique inicialmente como muerte dudosa es cuando el estado del cuerpo no permite de entrada determinar si hay signos de violencia. Ocurre con los cuerpos que son encontrados varios días después de la muerte y que ya han sufrido un proceso de deterioro importante. En esos casos, exámenes más a fondo de los médicos legistas permiten ajustar ese título inicial. También es bastante común que se califique en primera instancia como muerte dudosa el caso de personas que se ahogan. Porque no suele haber testigos y en principio no se puede descartar que la persona haya sido empujada al agua. Conforme van surgiendo nuevos elementos, el caso cambia de carátula.

Está claro entonces lo que son estas “muertes dudosas”. ¿Cuál sería entonces la razón para el aumento en los dos últimos años?

Tenemos explicaciones tentativas, pero no hay ninguna razón para dudar de ellas o pensar que están muy apartadas de la realidad. Pensamos que probablemente esta situación, como tantas otras, pueda estar relacionada con la coyuntura tan particular de distanciamiento social que ha vivido la humanidad en los últimos dos años. La pandemia trajo una merma de actividad humana en todas las áreas. Todas las actividades han estado alteradas.

¿Más gente que murió sola?

Eso puede estar influyendo. Y también la dificultad para hacer los trámites administrativos que se hacen ante cada muerte dudosa. Las entrevistas a parientes y vecinos para actualizar los datos, por ejemplo. Durante estos dos años muchísima gente no ha podido declarar en juicios de todo tipo por estar en cuarentena. Además, muchas oficinas, incluyendo las del Ministerio del Interior, han trabajado con menos personal. Todo eso puede haber hecho que aumente el tiempo en que estas situaciones permanecen con el rótulo de “muertes dudosas”. Pensamos que el número aparece aumentando porque situaciones que antes se daban de baja no lo han hecho por todos estos retrasos.

Deberían bajar entonces en los próximos registros.

Sí, conforme la situación siga volviendo a la normalidad, deberían volver al nivel prepandemia.

¿No existe la posibilidad de que las muertes dudosas encubran homicidios? ¿Lo descarta?

No tengo ningún elemento para afirmarlo. Incluso hemos hecho sobre estos casos algunos estudios que se salen de nuestra línea de trabajo habitual. Buscamos reunir elementos nuevos que nos permitieran comprender mejor este aumento. Y estos estudios arrojaron resultados consistentes con la explicación que le venía dando.

¿Analizaron caso a caso los fallecidos “dudosos”?

Sí, fuimos uno a uno a los reportes policiales de esas muertes de 2020 y 2021. Registramos algunas de sus características y las comparamos con las de los homicidios. Y encontramos que hay claras diferencias en los perfiles demográficos. Mientras los homicidios involucran mayormente, en promedio, a hombres jóvenes, en las muertes dudosas el perfil de las defunciones es mucho más heterogéneo: la proporción de mujeres es bastante más alta y el promedio de edad de los fallecidos también es apreciablemente más alto. Son elementos que despejan esa duda de cualquier manejo irregular en la clasificación de los eventos.

Si la pandemia influyó en el aumento de las muertes dudosas, ¿no influyó en todo lo demás? ¿El delito bajó en los dos últimos años por la pandemia?

La discusión lamentablemente ha devenido política. Y como mi función en el Ministerio del Interior es técnica y no política, y al servicio del Estado y no de un gobierno, creo que no corresponde que me pronuncie. Pero sí puedo hacer algunas consideraciones que permitan poner el tema en un contexto un poco más amplio y más científico. En ese sentido, lo que puedo señalar es que hay muchos estudios científicos que se han realizado en los dos últimos años que muestran de manera bastante clara que en muchos países la pandemia, especialmente en los primeros meses, implicó una reducción de los delitos. Eso es así. Hay evidencia científica, no estoy dando una valoración personal. Pero también es importante decir que esto no ha sido un patrón universal ni uniforme. Hay excepciones importantes. Una es Estados Unidos, donde durante la pandemia aumentó el delito de un modo muy fuerte, en especial las tasas de homicidio. De manera que hay que tomar estas consideraciones con cuidado.

¿Los dos años que tuvimos de baja del delito marcan una tendencia?

No. En eso podemos ser bastante concluyentes. En general en circunstancias normales no se puede considerar que se marca una tendencia antes de dos años.

Acá van dos años.

Pero no fueron normales. Recién vamos a poder hablar de tendencias con el cuadro que emerja a fines de este año. Ahí tendremos elementos para hablar de alguna tendencia, en un sentido u otro. Hoy, desde un punto de vista científico, es apresurado hablar de tendencias.

Los homicidios aumentaron a partir del segundo semestre de 2021 y eso también marcaría una tendencia contraria al descenso experimentado antes.

En el último trimestre de 2021 tuvieron un leve empuje. Y esa tendencia parece estar consolidándose en el primer trimestre de este año.

Javier Donnangelo.

Javier Donnangelo.

Foto: Ernesto Ryan

¿Hay una explicación para este aumento?

Es la novedad criminológica más importante que ha visto el país en los últimos tiempos. Los homicidios en Uruguay se caracterizaron históricamente por ser muy estables, por mantenerse durante mucho tiempo en un nivel muy bajo para el contexto regional. Durante muchos años la tasa de homicidio se situó entre 7 y 8 cada 100.000 habitantes. Pero en 2012 por primera vez se produjo una inflexión en esa curva, que hasta ese momento era plana, y los homicidios registraron una suba. Y no se detuvo allí. En 2015 tuvimos otro escalón. Y en 2018 nuevamente.

Ahí fue el pico.

La suba más pronunciada. Ahora estamos viendo un incremento que hace que los niveles vuelvan a los de 2015-2017. No llega al nivel de 2018, pero estamos por encima de los promedios históricos. Yo entiendo que está fuertemente ligado a una situación instalada desde 2008, que fue madurando entre ese año y 2011 y que hizo explosión en 2012: los enfrentamientos entre bandas que procuran controlar la distribución minorista de drogas. Es una tendencia bastante global que requiere todavía de muchos estudios para entender cómo opera.

¿Cambiaron los tipos de homicidio, además de la cantidad?

Los anteriores a 2012 se originan en conflictos acotados, a nivel individual: una pelea entre borrachos, un homicidio motivado por celos o por una infidelidad real o supuesta, una rapiña que se salía de control… Hoy se originan en conflictos entre grupos. Es un fenómeno criminológico nuevo.

En una entrevista en 2015 marcaba que habían aumentado los homicidios con armas de fuego, que habían pasado a ser de menos de 50% a más de 75%.

Sí. Y además cambió el tipo de arma. Antes de 2011 se usaba el revólver. Hoy fue sustituido por armas automáticas o semiautomáticas, en especial pistolas de 9 milímetros. Son armas más letales, porque disparan más tiros. Las estadísticas muestran que el número promedio de heridas, en episodios con armas de juego, también aumentó.

También decía en 2015 que los homicidios se concentraban en Montevideo, Canelones y Rivera.

El fenómeno se ha ido extendiendo. Hoy ya llegó a otros departamentos, como Lavalleja y Maldonado.

En países que han estudiado este fenómeno mucho más que nosotros los estudios muestran que la reincidencia es muy persistente, muy difícil de aliviar o disminuir, y que los programas y las políticas que buscan influir sobre su nivel por lo general no dan resultados muy fuertes.

¿Hay estadísticas sobre reincidencia?

Tenemos una escasez importante de estudios rigurosos sobre este tema. Lo que puedo decir sin temor a equivocarme es que la reincidencia es siempre un hueso duro de roer. En países que han estudiado este fenómeno mucho más que nosotros los estudios muestran que la reincidencia es muy persistente, muy difícil de aliviar o disminuir, y que los programas y las políticas que buscan influir sobre su nivel por lo general no dan resultados muy fuertes. Hay apenas un puñadito de intervenciones o medidas que han dado buenos resultados, pero tampoco son dramáticos. Apenas suavizan el fenómeno, sin extinguirlo por completo. Hay una sola cosa que extingue la reincidencia. Es algo muy interesante y con mucha implicancia en el diseño de las políticas criminales: todos los investigadores coinciden en que lo único que extingue la reincidencia es la edad. Conforme la edad aumenta, la reincidencia baja, hasta que alrededor de los 50 años casi que se extingue.

Esto da una visión bastante pesimista de lo que se puede lograr en una cárcel. Parece abonar una visión que sería que el delincuente habitual esté encerrado hasta que cumpla 50.

Sí. Esa es una lectura posible.

Este comportamiento de la reincidencia no parece ser un dato asumido en Uruguay.

Acá hay un gran desconocimiento de cómo funcionan estas cosas. Hay pocos tomadores de decisiones, tanto de los actuales como los del pasado, que manejan estos datos, que son conscientes de que el fenómeno de la reincidencia tiene esta dinámica. Y, obviamente, a medida que uno se va alejando de la gente involucrada en el tema y se incursiona en círculos sociales más amplios, esa conciencia es cada vez menor. El vecino al que le robaron ayer el auto en la puerta de su casa comprensiblemente lo que quiere es que se castigue a los responsables. Y no tiene la menor idea de que ese castigo no siempre tiene el efecto disuasivo que se pretende. Y tampoco sabe que la frecuencia con que las personas cometen delitos disminuye conforme van envejeciendo. Las razones de este fenómeno no están muy claras, pero es así. Nadie lo discute, los resultados de todo el mundo muestran lo mismo.

La inmensa mayoría de las personas privadas de libertad, no sólo acá sino en el mundo, provienen de barrios en los cuales las condiciones socioeconómicas están debajo del promedio.

Hay otros patrones. Uno va a las cárceles y lo que ve son muchos varones, muy jóvenes, y la inmensa mayoría de barrios muy pobres. Eso también dice algo.

Sin duda. La inmensa mayoría de las personas privadas de libertad, no sólo acá sino en el mundo, provienen de barrios en los cuales las condiciones socioeconómicas están debajo del promedio. Eso tampoco nadie lo discute.

Y si la reincidencia es muy difícil de bajar, ¿no será que las acciones se deben tomar antes de que esos jóvenes se tornen delincuentes?

Sin lugar a dudas. Hay mucho para hacer en ese campo. Cada vez hay más evidencia científica que muestra que los años iniciales de la vida son decisivos para formar algunos rasgos de personalidad que tienen que ver con el control de impulsos, la capacidad de pensar a largo plazo y de diferir la obtención de gratificaciones, de no buscar gratificaciones inmediatas cuando hacerlo puede traer consecuencias negativas. Las personas que cometen delitos de manera regular tienen en común que incurren con más frecuencia en conductas riesgosas que reportan una gratificación inmediata. Se sabe que entre las personas privadas de libertad la proporción de individuos que sufre enfermedades de transmisión sexual es más elevada que en el promedio de la población en general. Lo mismo ocurre con los accidentes domésticos o de tránsito, el consumo excesivo de alcohol o drogas y las apuestas en juegos de azar. Todas estas conductas son más frecuentes entre los privados de libertad. Está cada vez más documentado en la investigación científica en criminología: parece ser que un rasgo de la personalidad de estas personas sería un cierto déficit de autocontrol, una merma en su capacidad para contenerse de perseguir objetivos que dan gratificaciones inmediatas pero tienen un costo posterior muy alto. Y esa capacidad se constituye en los primeros siete u ocho años de la vida. Y quien no adquiere esa capacidad en esta etapa, tiene grandes dificultades para adquirirla después. No quiere decir que no pueda. Pero es más difícil. Y cuando lo logra, generalmente lo hace en una medida menor que quien la adquirió en la primera infancia. Es un tema muy importante y no está en la agenda de nadie.

¿Se llevan estadísticas de casos de abuso policial?

Llevamos lo que se denomina “abuso de funciones”. Son como las “muertes dudosas”: una categoría que, según evolucione el caso, puede ser modificada.

¿Han aumentado?

No. En los últimos dos años no hemos encontrado variaciones sustanciales. En general el nivel se ha mantenido respecto de 2018 y 2019.

¿Se nota un efecto de la ley de urgente consideración en la evolución del delito?

Preferiría no entrar en consideraciones, para preservar mi rol técnico.

¿La divulgación de las estadísticas de delitos va a seguir un patrón?

Se me ha comunicado que será trimestral.

¿Cambió algo importante de Eduardo Bonomi a Jorge Larrañaga y a Luis Alberto Heber?

No. En cuanto a mi trabajo, no ha habido cambios significativos. Siempre he trabajado con autonomía e independencia técnica. Es bueno que los elencos técnicos puedan tener continuidad más allá de los cambios políticos.