¿Que imaginamos cuando imaginamos a Karl Marx? Un señor barbudo ensimismado entre papeles, con un chaleco oscuro y una camisa blanca. Un busto de piedra. Un lenguaje poético y agresivo, una forma de expresarse que no queda claro si es extremadamente precisa o ambigua. Un radical, un científico, un bohemio. Repartidos de facultad con unas páginas de El capital (1867) sacadas de contexto. Un bolche viejo citando de memoria. Alguna idea de una distancia entre el joven y el viejo Marx, anécdotas de sus peleas con Mijaíl Bakunin en la Internacional, confusiones sobre qué texto es sobre la revolución del 48 y cuál sobre la Comuna. Y, en el medio, enormes lagunas.

Karl Marx. Ilusión y grandeza, una biografía extraordinariamente ambiciosa del veterano historiador británico Gareth Stedman Jones, es un texto que puede ser muy útil para llenar estas lagunas. Lo primero que llama la atención del libro es su tamaño, que lo incluye en una tendencia algo irritante entre los historiadores a escribir biografías que rondan las mil páginas. Se entiende que libros de esta escala puedan ser útiles para académicos que buscan datos precisos, pero uno se pregunta si no se podrá prescindir de algunas cosas. Quizás saber que Marx de joven quiso ser un poeta romántico nos dice algo importante, pero probablemente saber que no le iba bien en las clases de física en el liceo, no tanto. Los mapas de escala 1 no nos dicen mucho.

Podríamos ubicar el trabajo de Stedman Jones dentro de la “historia intelectual”, un enfoque que va ganando importancia en el mundo académico. Al contrario de la historia de las ideas, que trata a los textos como algo etéreo, imaginando una amable conversación entre las grandes mentes a lo largo de los siglos, la historia intelectual se embarra en los detalles: quiénes se encontraron y dónde, cómo se financiaron las investigaciones, qué libros circulaban, cómo ciertas expresiones hablaban de las disputas políticas de la época.

Según Stedman Jones, la clave para entender a Marx está fuera de los textos canónicos: en cartas y textos poco conocidos, en la obra de autores olvidados. Y resulta un placer leer sobre los entretelones de los jóvenes hegelianos, o sobre las numerosas tendencias socialistas, comunistas, demócratas, anarquistas, liberales y republicanas del siglo XIX europeo. Extrañamente, el libro alcanza su mejor brillo cuando Marx sale de escena. El barbudo es una excelente excusa para armar una narración que vertebra la historia larga de la política revolucionaria, entre la Ilustración y el romanticismo de principios del siglo XIX hasta el movimiento obrero y el socialismo de finales.

Rompecabezas

En ese sentido, el aporte de este libro es importante, y pone algunas piezas centrales en un rompecabezas que podría incluir la obra de Jonathan Israel sobre la Ilustración radical, los trabajos de Michael Löwy sobre el romanticismo, y los aportes de Immanuel Wallerstein y Giovanni Arrighi sobre la historia larga del capitalismo.

Ilusión y grandeza le puede interesar al marxista que escudriña lo que hizo, dijo o quiso decir el fundador. Pero probablemente las conclusiones de Stedman Jones no sean del agrado de este tipo de lector. La tesis central del libro es que Marx no era marxista, y que el marxismo fue una construcción espúrea con escasa relación con el pensamiento de Marx, que además era mucho más chapucero y contradictorio de lo que los marxistas piensan. Por eso, el biógrafo decide no hablar de Marx, y referirse al filósofo renano como Karl a lo largo del libro, lo que es, al mismo tiempo, simpático y molesto.

Se trata de un gesto parecido al de quienes llaman Bergoglio a Francisco para remarcar que no son católicos. Es oportuno traer al cristianismo a colación. ¿Qué quiere decir que Marx no era marxista? ¿Cuál es la diferencia entre Karl y Marx? ¿Puede la historia saldar esta cuestión? Se trata de problemas parecidos a los que se podría plantear al pensar la relación entre Jesús y los diferentes cristianismos. Recuerdo, leyendo el libro, las burlas de Sandino Núñez a razonamientos del tipo de El Código da Vinci, según los que, si algo en la historia del Jesús histórico no hubiera sido como la iglesia dice que fueron, entonces habría una crisis de fe. Pero la fe no funciona así, y la política tampoco.

Uno se pregunta qué tanto una interpretación rigurosa y no anacrónica desestabiliza la pretensión de los marxistas de hablar en nombre de Marx o a partir de él. ¿Pero qué marxistas? Stedman Jones se centra en los creadores del “marxismo” en la socialdemocracia alemana y los demás partidos socialistas europeos de fines del siglo XIX. Pero la pregunta vale para la enorme variedad de pensamientos y acciones que de una manera u otra toman de la obra de Marx. ¿Cambia algo para las prácticas de guerrillas, movimientos obreros o partidos? ¿Para las teorías que se tejieron a partir de fragmentos de El capital? ¿Para los deleuzianos que pensaron en el fragmento de las máquinas, para los poscoloniales que tomaron partes de la acumulación originaria, para los críticos que tomaron del fetichismo de la mercancía?

Acá se presenta un asunto importante en relación con cómo se leen los textos políticos o teóricos y qué implica leerlos bien. ¿Por qué los liberales leen obsesivamente los textos de los padres fundadores estadounidenses? Y sobre todo, ¿cómo lo hacen? ¿En busca de qué? ¿Qué significa decir que Aristóteles o José Artigas no aprobarían lo que se hace en su nombre? ¿Qué textos, anécdotas, mitologías y prácticas median estas especulaciones? ¿En qué sentido se crea conocimiento al leer los textos clásicos? ¿Si Karl y Marx son personajes distintos, será Carlos Marx, conocido para los latinoamericanos, un tercero? Stedman Jones no teoriza estos puntos, como si la historia por sí misma respondiera estas preguntas. Usualmente, es mejor saber que no saber, y la historia (incluida esta biografía) tiene grandes aportes para hacer. Pero también es cierto que no es necesario saber nada sobre el Berlín de 1840 para entender lo que Marx quiere decir cuando en la Crítica de la filosofía del derecho dice que “la crítica se convierte en una fuerza material cuando prende en las masas”.

Y es en ese esfuerzo que Karl Marx se agiganta al leer esta biografía. En esa extraña fusión entre el filósofo y el militante. En las decenas de organizaciones en las que participó, en los infinitos discursos que dio, en su trabajo periodístico, en sus múltiples exilios, en sus esfuerzos por organizar a otros militantes e intelectuales. Stedman Jones resalta las contradicciones, las bajezas y los fracasos de Marx, dada su enorme ambición. Y hay que admitir que no logró lo que se propuso. Pero dentro de lo que son los fracasos, este tuvo lo suyo, especialmente teniendo en cuenta que la tarea que emprendió no es un trabajo para una sola persona.

Karl Marx. Ilusión y grandeza. De Gareth Stedman Jones. Madrid, Taurus, 2018. 920 páginas.