La pugna secular y encarnizada por la autonomía de las artes, pero sobre todo de las disciplinas que las investigan, dejó (algo de) espacio, hace ya varias décadas, a la mirada interdisciplinar. Con grandes aciertos y, por supuesto, grandes fiascos. En el primer grupo se encuentra Escenas de ruptura. Relaciones entre el cine y el teatro argentinos de los años sesenta, en donde Jorge Sala se detiene a pensar los cruces entre los dos campos del subtítulo. Una “geografía (poco) conocida”, como la llama con tino el autor, que es necesario (re)construir sea a partir de los lazos, concretos, entre hombres e instituciones claves del momento, como los teatros independientes y los cineclubes, sea a partir del análisis de las “huellas” que lo teatral dejó en la pantalla y de sus modelos de representación.

El libro, tesis de doctorado del autor, interesa entonces por su estudio de caso, pero también como aproximación, como método. Y, en este sentido, es clave el primer capítulo, “Las estrategias y acciones de contacto entre los artistas”, donde siguiendo los rastros de la confluencia disciplinar promovida por los “existencialistas vernáculos” a principios de los 50, Sala refiere al término “liminal” como “umbral de ingreso”, pero además entiende, trámite Ernesto Goldar, que “la liminalidad también puede ser comprendida desde aquello que etimológicamente la palabra designa: limen quiere decir amalgama o bien membrana. El umbral entendido como lugar de pasaje implica necesariamente la mezcla, la supremacía de la indeterminabilidad”. Y más: significa resistencia. Y aquí recurre a Ileana Dieguez Caballero, para quien es “antiestructura que pone en crisis los estatus y jerarquías”. Proteicos, los sentidos de Goldar y Dieguez Caballero, como los de Arnold van Gennep y Jacques Derrida y, por supuesto, los de nuestro autor (que, a través de su libro, los habita), para instalarme en el comienzo, en el borde de esta nota y pensar la amalgama, la antiestructura, el rito de pasaje. Y en concreto, uno de los bordes: el del lector ante el libro de papel o virtual, poco importa –o importa mucho, pero no aquí–.

Antes de entrar a Escenas de ruptura, antes de abrirlo siquiera, se impone una imagen, la única de todo el volumen. En ese limen me quiero quedar. Ocupa casi la mitad de la tapa. La fotografía –fotograma– retrata a una pareja –un él y una ella– en un plano medio corto. La figura de él luce casi recortada sobre la de la mujer, que parece tener más volumen. El rostro de ella congelado en una expresión beata, sus ojos cerrados –casi máscara fúnebre luego de la petite mort–. La mano sí en tensión, conteniéndolo a él: simultáneamente a ella fusionado y separado gracias al potente juego de contrastes entre luces y sombras. El fragmento insiste sobre lo opaco de los rostros, sobre el entrelazarse de cuerpos. Sin referencias en la tapa y tampoco dentro del volumen, la imagen –como el libro mismo– incita a múltiples, diferenciadas lecturas. Se trata de Los jóvenes viejos (Rodolfo Kuhn, 1962). Quienes vieron el film y recuerdan, memoriosos, la escena saben que la precede una secuencia de estudio de televisión y varias modelos –al que hará referencia él en la “nuestra” con las profundas implicaciones metarreflexivas que tienen esos vínculos mediáticos en vísperas del encuentro erótico entre ellos–. Y saben que los cuerpos commodity de las modelos en el estudio son contrapunto del de ella. Desde estos saberes, el fotograma funciona como umbral literal y simbólico –sea a nivel narrativo o medial–. Quienes vieron no olvidan que la escena carece de música: que ella no la quiso, que lo detuvo antes que él pudiera poner un disco. Y que no queriendo tajeó –desde la diégesis– uno de los pilares de las endulzadas escenas románticas del cine. Que interrumpió la convención y se apoderó del sonido colocando en su lugar, en el tajo, un osito a cuerda que marca, con sus pasos mecánicos, el ritmo del encuentro. Y saben del montaje alternado. A quienes no vieron la cinta, la imagen convida a una lectura –en función del libro– en términos bárbaramente alegóricos (las relaciones entre el cine y el teatro del subtítulo encarnadas en esos dos cuerpos). Pero una vez instalada, la bárbara alegoría impele a quien la mira a pensar cuestiones altamente complejas. ¿Cómo se lee? ¿Qué se hace de ese abandono de ella y, por supuesto, de la opacidad gestual de él? ¿Qué del placer y el éxtasis pensados en términos intermediales? ¿Qué con el punto –fuera de la imagen, pero inminente– en que todo termine, en que ella abra los ojos, se levanten, se vistan, vuelvan a la cotidianidad? Es decir, cómo pensar, en el escenario de ruptura de los años 60, esos cuerpo-cine y cuerpo-teatro que aquí –si aceptamos la encarnación– quedaron perennemente ligados.

Con ese tris perfecto de Los jóvenes viejos, Sala ofrece al lector –y es el primer hallazgo, entre tantos– una instantánea de los mecanismos que su libro desglosa con una mirada maníacamente rigurosa, teóricamente maciza y de prosa, simplemente, elegantísima. Una instantánea –un instante– de esa jamesoniana “larga década del sesenta” que “para el caso argentino se extendió entre mitad de los 50 y 1976”, y que el autor ajusta siguiendo una periodización interna al campo cinematográfico, para comenzar no en 1955 (con Juan Domingo Perón como referente) sino en 1957, con el decreto de la primera regulación integral de la actividad cinematográfica y sus efectos.

Un instante en ese complejo subseguirse de fases –sin disiparse totalmente las precedentes, por supuesto– en las relaciones entre ambos medios, que comienza con el “ingreso y legitimación horizontal”, le sigue una “intermedialidad profunda” y concluye con la “reorganización de las competencias disciplinares”, que oscila entre abandonos, fusiones y tensiones por la autonomía. Fases que Sala configura para invitar al lector a un triple recorrido a través de capítulos-observatorio. Tras la introducción, el primero construye “la trama de relaciones, disposiciones y declaraciones que los gestores de ambos territorios artísticos sostuvieron y que ayudaron en la creación de una tendencia”. En el segundo capítulo vuelve sobre las fases a través de “entreacto teórico”. Y la colocación allí funciona irreprochablemente, pues pone en el centro material del libro el diseño de las peculiaridades de los modelos de representación sobre los cuales teatro y cine dialogan, las bases del diálogo, digamos, pero ya por él sólidamente enmarcadas en un entramado histórico, minucioso, específico, fuertemente documentado. El capítulo piensa los modelos de representación dominantes del período (realismo behaviorista, realismo subjetivo y cine metarreflexivo). Sala se apropia de la teoría y la ajusta con soltura para pensar su generoso corpus y atravesarlo –por segunda vez– con el lector. El último capítulo-observatorio asalta de lleno los textos cinematográficos y, de estos, “las huellas teatrales en la pantalla”, no en la forma de transposiciones o adaptaciones. Y señalar el recorte es señalar el programa de Sala, que elude lo obvio, es decir, la transposición/adaptación, para detenerse en variantes más ricas del fenómeno: formas de desteatralización (entre 1957 y 1964) y sobreteatralización (durante la intermedialidad profunda, entre 1965 y 1973), para sintetizarse, dialécticamente, en la tercera, una suerte de vuelta al orden disciplinar y alejamiento de las formas más experimentales (de 1973 a 1976).

Me detuve –me aferré obstinadamente– en la foto de Los jóvenes viejos para llamar la atención sobre la inexistencia de imágenes en el libro. Gesto, elección radical del autor, que deviene, según el caso, abstracción teórica o écfrasis pormenorizada, pero que sin duda obliga por ausencia, y es obligación gozosa, a poner el foco en procesos, relaciones, mecanismos de los cruces. Pues los miles de fotogramas, fotos de escena, tapas de revistas y retratos de encuentros que quedan afuera invitan, reordenados por el autor, a una nueva manera de pensar relaciones, cuerpos, disciplinas. A pensarlas detenidamente para volver a mirarlas, más tarde, con nuevos ojos. De la misma manera, esta reseña sin citas de películas, puestas teatrales o instituciones quiere obligar al lector a abrir el libro y encontrarse, sin otra mediación que la del autor, con ellas.

Escenas de ruptura. Relaciones entre el cine y el teatro argentinos de los años sesenta. De Jorge Sala. Argentina, Universidad Nacional de Quilmes, 2020. La versión digital del libro, que también existe en papel, se puede descargar gratuitamente en http://unidaddepublicaciones.web.unq.edu.ar/libros/escenas-de-ruptura-relaciones-entre-el-cine-y-el-teatro-argentinos-de-los-anos-sesenta/