En 2009, la revista Zama, del Instituto de Literatura hispanoamericana de la UBA, publicó una entrevista a la poeta Amanda Berenguer hecha en 2007 por la también poeta Tatiana Oroño. El encuentro tuvo lugar en la casa de siempre de los Díaz-Berenguer, en el número 1619 de la calle Mangaripé, que ahora se llama María Espínola, en Punta Gorda. En esa entrevista Amanda parece más pequeña; según el relato de Oroño, su voz es más delgada y chiquita. Y es en esa entrevista, un año después de la muerte de José Pedro Díaz, que se menciona la obra Molino del equilibrio. Desconozco otra referencia a esa primera y última obra teatral que escribió Amanda Berenguer. Transcribo el pasaje de la entrevista: “Bajito, como si rezara, me dice que rompió el Molino del equilibrio. Que lo rompió y lo tiró y que no sabe por qué. Enciendo el grabador junto al “Orante mutilado”1 y le pregunto cómo era el Molino. Era un libro. Contenía una pieza de teatro. ‘Era lindísimo. Lo escribí a los 17. No sé por qué el otro día lo rompí. Pero guardé las tapas para que se vea que existió’”.

Está claro que la obra de Amanda Berenguer tiene una historia que está reunida en Constelación del navío (2002), y una prehistoria compuesta por tres publicaciones previas a El Río (1949) que quedaron fuera de la constelación: A través de los tiempos que llevan a la gran calma (1940), Canto hermético (1941) y Elegía por la muerte de Paul Valéry (1945). Si uno recorre esas obras y las compara con El Río, se entienden las razones de la exclusión de las primeras. En El Río su voz poética cobró una forma definida, con imágenes que atrapan, con palabras que francamente alcanzan al lector. Después, el recorrido poético de Berenguer es todo mutación, siempre proteico, aunque bien sujeto, sea por un suavísimo extremo, a lo real, al mundo conocido, a lo cotidiano. Las obras anteriores son de una etapa de búsqueda en repertorios poéticos: hay contenido metafísico en formas hispanizantes, hay prosa poética de tono pastoril y religioso, pero poco genuino. En esos tres libros se escuchan las modulaciones de una voz que todavía no llega. Molino del equilibro pertenece a esa prehistoria, pero de modo singular: no se trata de una obra publicada, sino apenas un borrador. No fue poesía pura, sino un teatro poético. Fue la primera obra escrita con intenciones de libro, y está fechada en 1939-1940.

Pero la obra no tendría mucho de singular si no fuera por lo que declara Amanda en esa entrevista de 2007. Sin que nadie se lo hubiera preguntado, sin que nadie supiera de su existencia, confiesa haber roto el Molino del equilibrio, pero haber guardado sus tapas. Todo eso es cierto. Se pueden encontrar las tapas del Molino en su archivo personal, pero también las primeras páginas y las últimas. En las primeras, Amanda escribe en letras manuscritas una dedicatoria personal y amorosa: “A ti, José Pedro, sencillamente, hondamente, esta corriente que crece a través de mí y nace hasta fundirse en ti. Sea por «infinitas generaciones». Amanda”. Luego viene toda la obra que está arrancada, pero dejó la última página, en la que José Pedro responde con un lápiz de grafo azul: “Los razonamientos de «Él»2 son muy peligrosos. Me parece que perjudican las primeras escenas. Eso es posible arreglarlo”. Respuesta francamente seca y sentenciosa de José Pedro, que corrige a la joven dramaturga, aunque ambos tengan diecisiete años. Amanda dice haber roto el Molino, pero no saber por qué; dice haber guardado las tapas, pero guardó bastante más que eso: no sólo conservó su dedicatoria y la respuesta, sino que también guardó una copia de la obra completa. Es extraño que eso tampoco lo diga. Amanda quiere hablar sobre el Molino, pero selecciona, muestra y oculta, dice una parte y calla otra.

Foto del artículo 'El tiempo y la muerte en una pieza teatral inédita de Amanda Berenguer'

El dualismo de Amanda sostiene el equilibrio del Molino. En la obra hay un mundo abstracto, inmaterial, otro lado habitado por criaturas simbólicas que muestran y ocultan, que alternan en el mundo material y desaparecen. De este lado, el mundo de los seres concretos intuye el peligro de ese otro universo amenazante, y espía por indicios vagos la existencia de un dios, un fantasma o la locura. La obra, de marcadísimo corte simbolista, se divide en cuatro: un instante de tiempo, dos partes o actos y otro instante de tiempo. Es difícil imaginar la representación de esta obra de parlamentos demasiado literarios, con aire de trascendencia poco soportable en un escenario, pero aun así es interesante notar la relación que establece entre tiempo y muerte. En la obra, El Tiempo viste de negro y habla pausadamente, empieza y finaliza jugando a los dados con otros personajes, intercambiando fichas y puñales. El Tiempo siempre gana. Es difícil no recordar la partida de ajedrez de El séptimo sello de Bergman, pero la obra de Amanda es mucho más vieja que la alegoría del sueco.

La obra teatral de Berenguer es irrepresentable, sí, pero hay una relación valiosa con su etapa performática de Dicciones (1973) o con el poema “La estranguladora”, y hay vínculo entre la percepción del tiempo como muerte que El Río también llevará consigo: “¿Y tu sonrisa, Chacha, adónde irá, cuando las larvas tejan nuestros labios y nadie pueda apenas sollozar?”.

Vale conocer este Molino del equilibrio para ver cómo ciertos temas ya habitan el universo poético de un artista, aun en sus primeros balbuceos prehistóricos.


  1. Escultura en madera tallada por Amanda Berenguer. 

  2. Se refiere a uno de los personajes de la obra.