Punta del Este, consagrada como la gran urbe uruguaya de sol y playa, nació equidistante de sus pares Mar del Plata y Río de Janeiro. Tan lejos, tan cerca. Este 5 de julio Punta del Este celebra sus 114 años; quienes nacimos bajo la complicidad de la arena, el mar, el bosque y sus edificaciones podemos encontrar en su trayectoria una perfecta excusa para mirarnos y reconocernos.

La existencia de espacios urbanos localizados alrededor de entornos paisajísticos naturales y pensados para personas que, en su mayoría, los habitan por períodos exiguos, resultó ser una novedad que se afianzó en la Europa del siglo XIX, según propone el historiador Alain Corbin. Tras esas ideas “importadas”, con trazos urbanos “pero no tanto”, los emergentes “círculos” de una nueva burguesía latinoamericana hallaron ámbitos exclusivos para “ver y ser vistos” entre iguales, tal como señala el gran historiador argentino José Luis Romero. Arenales de escaso provecho se transformaron en inigualables objetos de deseo, cosmopolitismo y “señales de distinción”, en palabras del antropólogo Gilberto Velho.

Tornarse epicentro nacional del sol y de la playa es mérito de pocos. El turismo en Uruguay ha mostrado una preeminencia jamás perdida del veraneo, que luego de albores montevideanos (en Carrasco, Pocitos, Ramírez y zonas aledañas), sobre los que la historiadora Nelly da Cunha ahonda, devino un incesante corrimiento hacia el este del país (La Coronilla, La Pedrera, La Paloma, Punta del Este, Piriápolis, La Floresta, Atlántida y más). En paralelo se desarrolló una peculiar y frustrada experiencia en el Real de San Carlos coloniense, que luego nos traería a una Colonia con historia, y el turismo termal encontraría también su lugar en el litoral que hoy conforma el Corredor de los Pájaros Pintados. La historiadora Rossana Campodónico ha descrito en detalle las tramas del turismo recién planteadas, llegando al momento en que Punta del Este se consolida como “buque insignia” del país turístico que pasó a ser Uruguay.

Mientras Mar del Plata surge como reducto exclusivo de la aristocracia porteña entre fines del siglo XIX y principios del XX, su progresiva “democratización” en palabras de otra historiadora, Elisa Pastoriza, generó a mediados de siglo XX una “Mar del Plata para todos” como política pública. El Estado promovió que las capas medias argentinas fueran parte del “ser alguien” que la sociabilidad balnearia representaba, y a la vez que conocieran su país y forjaran una mayor estima por él. Los grandes balnearios han servido para promover la imagen país fuera de fronteras, pero también para entretejerla dentro de sus límites territoriales. De más está decir que la idea de las estaciones de veraneo como fútiles reductos donde poco sucede, o lo trivial toma cuenta, resultan insuficientes ante este tipo de evidencias.

A principios del siglo XX en Río de Janeiro poco importaba la playa copacabanense u otras, de difícil acceso y escaso interés, ante una urbe que se quería ver fastuosa a través de sus nuevas avenidas, sus parques y plazas, palacios y edificios propios de una exciudad imperial. El antropólogo Celso Castro así lo demuestra, mientras describe el progresivo avance desde la hedionda costa portuaria de la Bahía de Guanabara hacia el litoral atlántico que en 1892 contó con un túnel de acceso.

La actual Zona Sur de Río era entonces un lugar hostil y carente de renombre, su paulatina urbanización cimentó las condiciones para un proyecto civilizatorio aristocrático y “praiano”, tal como nos muestra el agudo análisis de la antropóloga Julia O´Donnell. Zé Carioca y Carmen Miranda surgen entonces, en plena política de buena vecindad (aquella Good Neighbor policy de Roosevelt), y se pasean por la orla de Copacabana cuya piedra portuguesa se torna símbolo de brasilidad, con el Corcovado de fondo.

En adelante, la fastuosidad se iría desplazando de Copa a Leblon, luego a Ipanema, São Conrado y Barra da Tijuca. La búsqueda por exclusividad y/o “más naturaleza” (eufemismo para menor densidad urbana) claro está que genera corrimientos no sólo desde Punta del Este a Portezuelo o La Barra, Manantiales y José Ignacio.

El afán por encontrar emisarios de la respetabilidad y grandeza de la nación en los núcleos de sociabilidad balnearia de uno u otro país del Atlántico sur fue excusa para que la Exposición Universal 1922-1923 llegara a Copacabana y trascendiera la égida de la Avenida Barão do Rio Branco, en un “requintado” centro urbano.

También ese provecho simbólico de la costa balnearia sirvió para materializar el Festival de Cine de Mar del Plata, llevando a que Juan Domingo Perón en su inauguración de 1954 afirmara que aquella ciudad era “la síntesis de la Argentina, porque si en la Argentina existe una ciudad tan opulenta, es porque la Argentina es opulenta”. Nosotros, en Uruguay, no intentamos menos a través de nuestro gobierno nacional respaldando un evento de similares características. Aquel esfuerzo naufragó, a pesar de que llegó incluso a inspirar a otras ciudades balnearias como la serrana Gramado, pero resurgió décadas más tarde con nueva impronta.

Igualmente, y no por casualidad, la Conferencia del Consejo Interamericano Económico y Social realizada en 1961 reunió a los principales mandatarios de las Américas en Punta del Este, así como fue sede de otros varios eventos y megaeventos. Punta del Este, Río de Janeiro y Mar del Plata echan a andar como proyecto, a la vez que son proyectadas y sirven de proyector.

Las tres zonas balnearias mencionadas sirvieron de punto de encuentro privilegiado para las elites y sectores en ascenso de América del Sur, refugio del establishment social, político y empresarial, constituyendo espacios cosmopolitas para el intercambio de ideas y escenario de experimentaciones. En tanto vitrina de un segmento de la sociedad que en ella se expone y desea hacerlo, así como vector de imágenes de la nación para el mundo.

El prestigio de las urbanizaciones costeras balnearias las vuelve fecundas en su legitimidad como medios para la experimentación, discusión y reflexión entre sus asiduos y esporádicos visitantes. Es por ello que la historiadora Yvette Trochón describió a Punta del Este como un lugar de encuentros, un recanto de sociabilidad al oriente del Uruguay, y un edén de los orientales que no sólo a ellos sirve de anfitrión. Argentinos, principalmente, pero también brasileños y tantos otros han pasado por sus calles, pisado su arena, permaneciendo allí lo que dura un pestañeo o todo lo contrario.

En Punta del Este el turismo exclusivo no cedió por completo al masivo. La turismóloga Elvira Demasi advierte una creciente presencia obrera a partir de la década de 1960, aunque como fuerza trabajadora residente más que como turistas, al menos según su análisis, que toma El Popular como fuente. Esos nuevos residentes se irían encontrando cada vez más con turistas de origen socioeconómico similar al de ellos, ambos tornándose frecuentadores de algunas playas en particular. A veces, coincidían en las playas de la “gente linda”, como decía mi tía. Otras no. En el caso de ella y mamá, la costumbre era frecuentar las paradas 16 o 17 de la Mansa, con parada de ómnibus más o menos cerca. Venían bien esos puestos de espera, aunque con las sillas playeras al hombro inevitablemente nos pechábamos y topábamos con los de Maldonado, con los de San Carlos, a la espera del ómnibus azul.

Al final, Punta del Este también es esos encuentros que nos codean a los de acá con los que están mes a mes, los que vienen y van, los que nada más pasan un rato para no volver, los que nos imaginan y jamás vendrán pero sus ideas sobre lo que pasa acá gestan una imagen de la localidad, el país y la región.

(Nota elaborada a partir de artículo de autoría propia publicado el pasado 30 de junio, en el N°113 de Cuadernos del Claeh: “Ciudades balnearias latinoamericanas. Una aproximación a los estudios culturales urbanos a través de los casos de Mar del Plata, Punta del Este y Rı́o de Janeiro). Es posible contactar al autor en el correo [email protected]