Saltar a contenido
Maldonado Cultura
Archivo, 2023. · Foto: Virginia Martínez Díaz

Archivo, 2023.

Foto: Virginia Martínez Díaz

Muestra de la pinacoteca Olmedo-Mautone en el Museo Mazzoni: arte y lazos culturales que marcaron la historia de Maldonado

Corren los últimos días para apreciar una cuidada selección de obras cuyo hilo conductor, más allá del valor estético, es la cercanía afectiva con cada artista.

Nuestro periodismo depende de vos

Si ya tenés una cuenta Ingresá

Visitar la sala de exhibiciones del Museo Regional Francisco Mazzoni por estos días es como entrar a una casa familiar con olor a té recién hecho y una gran charla a punto de comenzar. Abierta hasta el 1° de agosto, la muestra de la pinacoteca Olmedo-Mautone exhibe piezas de alto valor estético al tiempo que abre las puertas a un compendio de afectos, tertulias y lazos culturales que marcaron la historia de Maldonado.

La propuesta tiene mucho que ver con el impulso que el maestro, artista y escritor Ignacio Olmedo (1927-2021) dio a la Comisión de Apoyo al Museo, que fundó en 1990. “La sala de exposiciones es un logro de esa comisión, de la que mi padre fue parte por mucho tiempo”, cuenta a la diaria su hija, la gestora cultural Irene Pepi Gonçalves.

El espacio, que habitualmente programa muestras de artistas locales y nacionales, ya ha abierto sus puertas a colecciones privadas de la zona, como la Delgado-Iturria. Para esta ocasión, convocada por el gestor cultural Marcelo Puglia, la familia Olmedo-Mautone seleccionó 14 pinturas y dibujos de un acervo de 150 obras.

“Cuando recibimos la invitación buscamos tener un criterio de cercanía afectiva con los artistas y también exponer la obra que habitualmente está colgada en el living, dormitorio y corredor de la casa. Hay unos tonos pastel que de alguna forma nos sirven para entonar buena parte de las obras exhibidas”, explica Pepi, presta a desgranar historias, anécdotas y curiosidades, ya perfilada como una valiosa guía para itinerar entre nombres consagrados y joyas ocultas de la colección familiar.

De consagrados y joyas ocultas

En la sala conviven firmas de la talla de Lacy Duarte (1937-2015) o Linda Kohen (1923-2026) –podría decirse que las más cotizadas del grupo– con creadores mucho menos conocidos, como Téofilo Sánchez Castellanos, un comerciante y escritor de columnas culturales que no hizo una carrera artística, aunque varias obras están colgadas desde hace años en la casa Olmedo.

“Fue el abuelo materno de Florencia Sader. Su tía Marta Sánchez fue anticuaria, participó en la comisión de apoyo a la catedral de Maldonado y era muy amiga de mi padre. Cuando ella le mostró las pinturas de su padre, mi viejo se emocionó, escribió sobre él, hizo una muestra. Tienen una textura muy particular y son originales. Hay unas escenas tangueras, tal vez de corte prostibulario (tipos de traje, mujeres desnudas), también pintó flores y alguna cosa abstracta”, reseña Pepi, con la idea de hurgar en los papeles de Olmedo, “porque seguro allí hay información de Teófilo más organizada”.

Los visitantes se encontrarán, además, con una pintura del propio Ignacio Olmedo. Es el paisaje de la ciudad de Artigas desde el Guayuirá, que pintó en 1959: una pieza planista muy linda, que dista mucho de su obra reconocible bajo el canon constructivista, dice su hija.

Otra artista de la familia, Inés Olmedo, ha colgado entre sus obras el dibujo De los oficios malditos: gordismo, que realizó en 1981. “Fue la revelación de aquel año” en la materia, recuerda Pepi, para resaltar que su hermana apenas tenía nueve años cuando un importante marchand de arte, Kurt Speyer, le propuso exponer cuando fuera mayor.

“El hombre cumplió y, 10 años después, hizo en Montevideo su primera exposición en la galería más prestigiosa y vendió todo en una noche”, recuerda. De esa época es Gordismo, considerada una pieza “estrella” de la muestra. Después, Inés Olmedo se fue alejando del mundillo competitivo de las exposiciones y los concursos y se dedicó a la docencia y al cine, como directora de arte en películas.

Además de Inés, el otro autor contemporáneo vivo en esta muestra es Edgardo Picki Flores. “Era una promesa del boxeo y se lesionó antes de ir a pelear a Los Ángeles a nivel olímpico. Encontró en el grabado su forma de expresión; es un artista ‘ñato’”, bromea nuestra guía, antes de resaltar que la obra elegida, Yerba mala nunca muere, gira, como todo su trabajo, “alrededor del cuadrilátero”.

Otras amistades que dejaron huella

En el universo creativo de la sala hay, además, espacio para homenajear la amistad de la familia con las artistas Raquel Corbacho (1930-2007), de “pintura muy ajustada y muy sobria”, y Blanca Minelli (1928-2021), formada por Augusto Torres y José Gurvich en los últimos años del Taller Torres García. También para Fortunato Amorín (1933-2021), nacido en Castillos y radicado en Maldonado en 1955.

De Amorín recuerda que trabajó muchos años en el casino Nogaró y que, a pesar de haber perdido la mano derecha en una máquina offset a los 17 años, siguió pintando y durante toda la vida y enseñó dibujo y plástica a escolares fernandinos.

“Mi padre lo estimaba muchísimo. En casa hay seis cuadros suyos, uno es el regalo de bodas. Era un artista exquisito, un pintor que dejaba un sello muy original en su trabajo”. En la muestra está Niña con trenzas”, cuadro de larga data en el living de la casa Olmedo-Mautone. Desde el Mazzoni se aspira a concretar una muestra in memoriam de la obra de Amorín.

Rarezas y versiones inesperadas

En la recorrida se aprecian versiones inesperadas como la que Edgardo Ribeiro (1921-2006), destacado miembro del Taller Torres García, hizo del renacentista Rafael Sanzio, o el autorretrato de Durero a los 26 años reversionado por Aldo Peralta (1933-1978). También se encuentran “rarezas” que la familia atesoró antes de que sus autores ingresaran a los libros de arte. Es el caso de un joven Ángel Cacho Tejera (1939-2008), a quien el público asocia con sus icónicas mujeres con sombreros y retratos costeros.

“Empezó a pintar en casa por el impulso de mi padre a los 16 años; de esos primeros años, cuando no era profesional, son el bodegón y el retrato de un músico, que puede ser Schubert pero también Rossini”, expuestos en el Mazzoni, dice Pepi, quien además es testigo de las visitas de Cacho, de su charla chispeante, del ritual de tomar el té y conversar que ha caracterizado la vida social de la familia.

Por eso, lo exposición no solo vale por la estética de las obras, sino también por el tejido humano que las sostiene. “Quizá, de una colección de 150 obras, entre pintura y dibujo, estas expuestas sean las que representan más horas de conversación, complicidad, debate y amistad con sus autoras y autores”, resume la entrevistada.

Así, la muestra, que ingresa en sus últimos días en el cartel del Mazzoni, es una linda oportunidad para espiar, a través del arte, el alma de una casa donde la cultura fernandina siempre se tomó con té, debate y un toque de irreverencia felina.

El Museo Regional Francisco Mazzoni se encuentra en Ituzaingó 789, Maldonado. La muestra está abierta de martes a sábados de 10.00 a 18.00, con entrada libre y gratuita, hasta el 1º de agosto.