Las manifestaciones comenzaron el 28 de diciembre de 2025 a raíz de la caída del rial iraní, que llegó a cotizarse a más de 1,4 millones por dólar, mientras la economía del país se veía golpeada por las sanciones internacionales impuestas, en parte, contra su programa nuclear. Asimismo, factores como una grave sequía, que redujo la producción de cereales en 25%, la escasez de gas natural y energía eléctrica y la suba del precio de los productos básicos ya habían deteriorado la situación a un nivel crítico.

En un principio, las autoridades hicieron frente a las protestas como si se tratara sólo de una reacción al agravamiento de la situación económica, sugiriendo que los manifestantes limitasen sus pedidos a esta cuestión, declarando su disposición al diálogo, evitando la confrontación violenta y tomando medidas para frenar la crisis. El gobierno del presidente Masoud Pezeshkian, perteneciente al ala moderada del régimen, ofreció modestos subsidios con la esperanza de contener el descontento. Pero los manifestantes consideraron la oferta gubernamental como una ofensa teniendo en cuenta los centenares de millones de dólares que el liderazgo iraní ha invertido en sus aventuras extranjeras, ya fuera para sostener a Hezbolá en Líbano, al depuesto dictador Bashar al-Assad en Siria o a las milicias chiitas en Irak. Las protestas se intensificaron y se convirtieron en llamamientos a la desobediencia civil que desafían directamente al sistema político iraní, surgido de la revolución islámica de 1979.

Entre el ataque y la negociación

Así, el panorama comenzó a cambiar y en su sermón del viernes 9 de enero pasado, la máxima autoridad de Irán, el líder supremo Alí Jamenei, calificó a los manifestantes de terroristas. “La República no se rendirá”, sentenció. Un día antes, el gobierno había cortado internet y bloqueado las líneas telefónicas y, tal como lo hizo en el pasado, comenzó una cruenta represión cifrada por activistas iraníes en cientos o miles de muertes. Con internet y las líneas telefónicas interrumpidas, evaluar las manifestaciones desde el extranjero se ha transformado en una titánica tarea: el régimen no ha ofrecido sus propios números de muertos y las agencias internacionales de noticias no han podido verificar de forma independiente los datos que circulan dentro y fuera del país.

Donald Trump, por tercera vez en varios días, expresó su apoyo a las manifestaciones que colman las calles de las ciudades iraníes e incluso lanzó varias amenazas contra los líderes persas, advirtiendo que, si continuaban reprimiendo, Estados Unidos reaccionaría militarmente contra objetivos iraníes.

Pero, a diferencia de Maduro, el líder supremo Alí Jamenei no figura en ninguna lista de terroristas internacionales ni ha sido acusado en un tribunal estadounidense. No sólo el actual presidente estadounidense aún lo considera como un posible socio para un acuerdo que limite la proliferación nuclear iraní o detenga su programa de misiles balísticos –el cual demostró su alcance durante la guerra de 12 días que Irán mantuvo con Israel en 2025–, sino que el líder supremo posee diversos activos de negociación con los que mantener a la República islámica en pie. Adicionalmente, el régimen podría aumentar los salarios y congelar los precios de los combustibles junto a una serie de reformas económicas y políticas en cuyo marco podría incluso destituir a ministros de gobierno, y hasta al presidente mediante un impeachment parlamentario, así como indultar a miles de detenidos. Jamenei –quien tiene en sus manos la última palabra sobre cualquier negociación con líderes extranjeros, a pesar del avance de la Guardia Revolucionaria en las usinas del poder iraní– también podría tomar la decisión estratégica de reanudar el diálogo con Estados Unidos.

No sería la primera vez que ambos países negocian o llegan a un acuerdo. En setiembre de 2001, el gobierno iraní, liderado en ese tiempo por el presidente moderado Mohamed Jatami, medió entre las milicias de la Alianza del Norte afgana y el gobierno de George W Bush para que los insurgentes locales apoyaran la invasión de Estados Unidos –y hasta prestó inteligencia para los bombardeos estadounidenses– contra los talibanes. Ya en junio de 2003, poco después de iniciada la invasión a Irak por parte de Estados Unidos, Jatami le propuso a Bush abandonar su programa nuclear a cambio del compromiso de no ser atacados, acceso a tecnología nuclear con fines pacíficos y el fin de las sanciones económicas. El entonces presidente estadounidense descartó la oferta –como lo hizo con otra del sucesor de Jatami, Mahmoud Ahmadinejad– que luego sería reformulada por su sucesor, Barack Obama, cuando se firmó el pacto nuclear con Irán en 2015.

Fue el mismo Jamenei, quien hoy se muestra impávido ante las amenazas estadounidenses, quien aprobó las ofertas de Jatami y Ahmadinejad, así como el acuerdo nuclear que Donald Trump terminó cancelando unilateralmente en 2018. El viaje del ministro de Relaciones Exteriores iraní, Abbas Araghchi, a Omán el pasado 10 de enero –los omaníes han funcionado en el pasado como intermediarios de los mensajes entre Teherán y Washington– y la posterior revelación de Trump de que Irán le habían propuesto negociar indican que Jamenei aún no ha clausurado todas las opciones diplomáticas a pesar de su retórica desafiante. Por ahora, Trump parece jugar un doble juego: amenazar mientras expresa su disposición al diálogo. No obstante, vale recordar que lo mismo hizo el año pasado cuando le propuso negociar a Teherán y luego coordinó con Israel los ataques contra objetivos iraníes.

El domingo 11 de enero por la mañana, el presidente del Parlamento, Mohammad Baqer Qalibaf, advirtió que cualquier ataque estadounidense provocaría un contraataque de Teherán contra Israel y contra las bases militares estadounidenses en la región, considerándolas “objetivos legítimos”. Aunque muchos esperan que los ataques estadounidenses desestabilicen al régimen y conduzcan a su caída, vale recordar que cuando Israel atacó a Irán el año pasado, la mayoría de la población consideró esas acciones –y también las estadounidenses– como una guerra contra la nación en su conjunto y no contra su gobierno. El régimen elogió a la población por su solidaridad y se comprometió una vez más a escuchar sus demandas e implementar reformas económicas y sociales. Pero esos compromisos se cumplieron a medias.

Make Iran Great Again

Reza Pahlevi, hijo exiliado del depuesto Sha de Irán, habló con Fox News el 11 de enero pasado sobre su eventual rol en el futuro del país y la posible intervención estadounidense en Irán.

Dirigiéndose al presidente Donald Trump, Pahlevi dijo: “Usted ya ha establecido su legado como un hombre comprometido con la paz y la lucha contra las fuerzas del mal”. Y siguió con los elogios al mandatario estadounidense: “Hay una razón por la que la gente en Irán está cambiando el nombre de las calles por el suyo.

Saben que usted es totalmente opuesto a Barack Obama o Joe Biden. Saben que no los va a tirar debajo del autobús como han hecho antes”. “Hagamos a Irán grande otra vez”, añadió, anunciando que estaba listo para regresar al país. Pahlevi ha vivido en el exilio durante casi 50 años y abandonó el país en 1978, cuando millones de iraníes salieron a las calles y expulsaron del poder a su padre –y a la monarquía– un año después.

Por ahora Trump rechazó los pedidos para reunirse con Pahlevi, quien se considera capaz de liderar Irán y sueña con recuperar el poder de su padre. En cambio, el mandatario estadounidense parece esperar que el movimiento de protesta sea la fuerza que derroque al régimen, aunque, a la vez, considera que este podría seguir gobernando siempre que acepte negociar los términos impuestos por él sobre el proyecto nuclear y los misiles balísticos. Está a la vista que Pahlevi tiene cierta influencia sobre la calle iraní, como quedó demostrado en su convocatoria a las marchas del sábado 10 de enero.

Pahlevi prometió que lograría que 50.000 funcionarios abandonaran el gobierno iraní y ahora mismo está convocando huelgas masivas, pero con cierta desconexión de los acontecimientos sobre el terreno. Cuenta, empero, con aliados significativos: una investigación de los medios israelíes The Marker y Haaretz revelaron que Israel dirigió una operación encubierta de influencia utilizando cuentas falsas y contenido generado por IA para promover al expríncipe –quien visitó el Estado de Israel en 2023– e impulsar el cambio de régimen, sin descartar la restauración de alguna forma de monarquía.

Las protestas recuerdan a las manifestaciones masivas de 2009, 2017, 2019 y 2022 –cada una con sus propias agendas– y a las batallas callejeras, arrestos y asesinatos que las acompañaron. No obstante, el régimen sobrevivió a todas ellas, por lo que pronosticar una rápida caída puede ser precipitado, aunque el sistema esté agobiado por múltiples crisis.

Irán no se encuentra viviendo una repetición de las movilizaciones de 1979. El actual sistema político no sólo cuenta con un aparato político, sino militar y de seguridad diseñado y desarrollado con el principal objetivo de resistir una “contrarrevolución”. Asimismo, si se produce una intervención militar con el claro objetivo de un cambio de régimen, ello podría convencer a los líderes iraníes de la necesidad de responder con inusitada fuerza –al mismo tiempo, una invasión extranjera con tropas en el terreno dentro de un extenso país de 50 millones de habitantes parece hoy una aventura descabellada–. Irán podría interrumpir el transporte marítimo en el golfo Pérsico desestabilizando la economía mundial junto a ataques contra objetivos israelíes.

Durante la ceremonia de investidura presidencial realizada ante el Parlamento el 28 de julio de 2024 como noveno presidente de Irán, Pezeshkian colocó su mano sobre el Corán y juró salvaguardar la religión oficial, la Constitución y el sistema de la República islámica. Poco después, antes de entrar por primera vez a las oficinas presidenciales, recibió otro Corán para abrirlo y leer un verso al azar. Según la tradición, el versículo seleccionado es un presagio, en este caso, sobre el gobierno. La mano del presidente iraní se posó sobre el versículo 38, se rio entre dientes y dijo: “Caramba, esto es muy malo”. Ese versículo de la Sura Al-A'raf (Los Lugares Elevados) en el Corán trata sobre la entrada al Infierno y reza: “¡Entren en el Fuego, junto con las naciones de genios y humanos que los precedieron!”.

Opositores al régimen iraní, el 12 de enero, frente a la embajada de Irán, en Londres. Foto: Hertz Nicholls / AFP

Opositores al régimen iraní, el 12 de enero, frente a la embajada de Irán, en Londres. Foto: Hertz Nicholls / AFP

Apuestas erradas

Hoy el eslogan “¡Mujer, vida y libertad!” no es el protagonista de las movilizaciones (como sí lo fue en 2024 tras la muerte de Mahsa Amini), lo cual no significa que las mujeres estén ausentes del masivo movimiento de protesta. En estos años, las jóvenes iraníes se fueron deshaciendo del velo islámico ante la impotencia de los ayatolas, en un país en el que los jóvenes universitarios leen y discuten a los autores occidentales en diversas disciplinas y detrás de las leyes en vigor a menudo se encuentran inmersos en tendencias intelectuales globales. En estos días, la periodista Nina Power recordaba la visita a Irán, dos décadas atrás, del autonomista italiano Antonio Negri, una figura muy popular en los movimientos “alterglobalización” de los años 2000. En estos años, el desafío juvenil al régimen ha profundizado la grieta entre las nuevas generaciones urbanas y la ley islámica. Y eso se ve también en las protestas.

Pero durante muchos años los poderes foráneos extranjeros no sólo malinterpretaron a Irán, también debilitaron la posibilidad de un cambio orgánico. La periodista de la BBC Shabnam Shabani lo explicó de forma muy clara en un post de la red social X en respuesta a una opinión de Richard Nephew –excoordinador adjunto principal de Política de Sanciones en el Departamento de Estado– a propósito de cómo ayudar a la sociedad iraní en este tiempo aciago.

Shabani argumenta que la presión y las sanciones que golpearon fuertemente a la clase media iraní “eliminaron a la única fuerza capaz de producir un avance sostenible desde dentro. Esto no es un fracaso teórico, sino una realidad. Hablar ahora de ‘qué podemos hacer hoy para ayudar’ parece demasiado tardío. El daño ya está hecho”, y añade: “Lo que se ha creado, en cambio, es algo mucho más peligroso: una sociedad empujada al colapso y el riesgo muy real de que Irán se convierta en un gigantesco Estado fallido con acceso sin control a material y tecnología nuclear. Esto no es sólo una tragedia para los iraníes, aunque es, ante todo, eso; es una catástrofe estratégica en ciernes, que muchos de quienes ayudaron a forjar este camino lamentarán algún día. Quienes observamos esta historia desde dentro no estamos confundidos. Tenemos miedo, temor a lo que puede venir después, y estamos agotados por saber que el momento de una contención efectiva ha pasado”.

El lunes 12 de enero, mientras la televisión estatal transmitía cánticos de la multitud progubernamental que gritaba “¡Muerte a Estados Unidos!” y “¡Muerte a Israel!”, el régimen llamó a los iraníes a salir a las calles en apoyo a la teocracia, una demostración de fuerza tras días de protestas que desafiaron directamente a la República islámica. En este contexto, Trump se dispone a evaluar las propuestas que elaboran sus asesores sobre una posible acción militar. Mientras, Reza Pahlevi organizó en el complejo Mar-a-Lago un evento de oración y política organizado en el club privado del magnate neoyorkino para tratar de conseguir su apoyo.

Los informes de que el gobierno estadounidense está sopesando sus opciones militares contra Irán, de que Israel está en alerta máxima y no ha cambiado su postura militarista, sugieren que pronto podrían sonar los tambores de la guerra. Sin embargo, es difícil distinguir entre información y desinformación. En ese marco, seguir los acontecimientos, plantear hipótesis y visualizar escenarios choca con una realidad volátil y con múltiples actores, cada uno con intereses y agendas divergentes. En un contexto de incertidumbre e imprevisibilidad, la noticia de ayer ya es polvo hoy, y más aún mañana. «

Este artículo fue publicado originalmente por Nueva Sociedad