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Mundo Europa
Recep Tayyip Erdogan, el 1º de junio, en Ankara · Foto: Mehmet Ali Ozcan, AFP

Recep Tayyip Erdogan, el 1º de junio, en Ankara

Foto: Mehmet Ali Ozcan, AFP

Turquía: construir el después de Erdogan

Lo que ocurra en el país cuando termine el régimen autoritario depende de lo que se construya o se destruya mientras todavía está en pie.

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La mayoría de los análisis sobre el retroceso democrático turco están escritos en la gramática del derrumbe. Describen –debo decir, con precisión– cómo Recep Tayyip Erdogan convirtió una democracia imperfecta competitiva1 en un régimen autoritario competitivo:2 la captura de los tribunales, el amordazamiento de la prensa, la fusión del poder económico con el político, el referéndum de 2017 que sepultó el parlamentarismo y, más recientemente, el asalto judicial a la oposición que culminó, el pasado mes de mayo, con la policía antimotines entrando a la sede del Partido Republicano del Pueblo (CHP) para sacar al líder que un tribunal acababa de deslegitimar.3 Es una literatura sobre cómo se construye un régimen. Qué deja un régimen, sin embargo, y cómo esto influye en la eventual transición es igual de importante.

Esa segunda pregunta es la urgente. No es lo mismo preguntar si un régimen cae, o por qué lo hace, que preguntar qué viene después de su caída. En mi investigación en curso sostengo, a partir del análisis de 16 casos (repartidos entre la democratización africana de la década de 1990, las revoluciones de colores postsoviéticas y la Primavera Árabe), que el destino posautoritario depende de dos condiciones conjuntamente necesarias y suficientes para una transición democrática: la densidad organizativa de la sociedad civil y una orientación externa favorable en el período posterior al colapso. La capacidad institucional del Estado, contra la intuición habitual, no es necesaria: Benín, Malí y Malaui transitaron por la democracia desde estados débiles, pero con una densa sociedad civil y apoyo internacional sostenido.

Lo decisivo del hallazgo es temporal. La densidad de la sociedad civil no aparece en el momento del colapso: se acumula, o destruye, durante los años de autoritarismo que lo preceden, y define la forma misma que tomará la protesta cuando la crisis llegue. En Túnez el descontento se canalizó a través de un sindicalismo autónomo capaz de negociar y gobernar; en Libia, donde Muammar Gaddafi había arrasado toda organización, solo encontró expresión en el levantamiento armado. La pregunta de qué sigue al colapso, concluyo, se responde en buena parte por lo que se construyó, o destruyó, antes.

Turquía aún no colapsó. Precisamente por eso es un caso valioso: permite observar en vivo ese período de construcción, ese momento en que se están fijando los determinantes del futuro. Por eso conviene invertir la pregunta de siempre. En lugar de preguntar cuándo caerá el erdoganismo, hay que preguntar qué está edificando y qué está destruyendo en los dos terrenos que incidirán en una futura transición. Creo que Turquía está siendo empujada en dos direcciones a la vez.

Lo que se construye

En el plano interno, la represión está produciendo, contra la intención de quienes justamente la ejercen, la condición más decisiva. Es lo que el politólogo Brandon van Dyck llamó la paradoja de la adversidad:4 los partidos forjados bajo el autoritarismo –privados de los recursos del Estado y del acceso a los grandes medios– se ven obligados a invertir en el arduo trabajo de la organización territorial y seleccionan militantes con compromiso ideológico, dispuestos a sacrificarse.5 El resultado son organizaciones más densas, más comprometidas y más resistentes que las construidas en condiciones cómodas, sobre la base de una imagen mediática que se evapora a la primera crisis.

El relato del propio líder del CHP, Özgür Özel, es casi un manual de esa paradoja. La derrota presidencial de 2023 fue, según él, una falla en las formas. Un entramado de alianzas cuya cúpula carecía de cimientos. La lección fue abandonar el atajo del pacto entre élites e invertir en un modelo de base, anclado en la gestión municipal y en los problemas concretos de la vida cotidiana. Eso produjo el arrollador triunfo de 2024, cuando el CHP se convirtió en el partido más votado y se quedó con la mayoría de las grandes ciudades. Y entonces llegó la adversidad en su forma más concentrada: el encarcelamiento de Ekrem Imamoglu (el alcalde de Estambul y candidato natural) bajo cargos que pedían miles de años de prisión, la anulación de su título universitario para inhabilitarlo, la detención de unos 25 intendentes del partido y, finalmente, la remoción judicial de su propio líder.

En la lógica de la paradoja, esa represión es formativa. Empujado a la calle, el CHP pasó de la “política de Ankara” a un movimiento de masas; transformó la nominación de su candidato en una movilización cívica en la que votaron casi 15 millones de personas; sostuvo concentraciones semanales en todo el país; reunió 25 millones de firmas por elecciones libres.6 Lo que Özel llama los “guardianes de la democracia” es, en términos del marco que establecimos, densidad de sociedad civil acumulándose en tiempo real, bajo la presión autoritaria y a causa de ella. A eso se le suma un dato clave: el eje principal de la política turca se reorganizó en torno a un clivaje democracia-autoritarismo que opacó al viejo clivaje laico-religioso. Esa identidad cívica nueva es el tejido conectivo que permite a la oposición unirse por encima de las divisiones religiosas y étnicas que el régimen siempre explotó.7

El régimen lo entiende; su objetivo, como reconoce el propio Özel,8 no es eliminar a la oposición, sino domesticarla: dejarla competir y hasta gobernar ciudades, pero dentro de límites cada vez más estrechos, hasta convertir al CHP en una oposición de utilería. El reclamo de que vuelva a la política de Ankara es el pedido de que abandone la construcción callejera y territorial que la adversidad le impuso. El régimen intenta interrumpir la construcción de sociedad civil antes de que fragüe. Su arma principal para invisibilizar a la oposición es capturar los medios –estrategia particularmente exitosa en un contexto en que el 90% de los medios están bajo el mando del gobierno– para recortar el alcance y, sobre todo, la legibilidad de la movilización opositora.

Lo que se degrada

En el plano externo, en cambio, las noticias son malas, y es ahí donde, a priori, la eventual transición democrática turca encontrará sus mayores dificultades. Históricamente, el país transcontinental tuvo un alto vínculo occidental (la Organización del Tratado del Atlántico Norte [OTAN], la candidatura europea, la integración comercial, la diáspora), y según la teoría ese vínculo debería presionar hacia la democratización. El problema es que ese vínculo se está convirtiendo en otra cosa. Turquía se volvió indispensable para Occidente: tiene el segundo ejército de la OTAN, es el undécimo exportador mundial de armas, se ofrece como corredor energético y firma acuerdos de defensa mientras se erosiona la confianza de las garantías estadounidenses. La guerra entre Estados Unidos, Israel e Irán fue, en ese sentido, un regalo: desvió la mirada del mundo mientras Erdogan golpeaba a la oposición. Como advierte la analista Gönül Tol, los aliados occidentales atenderán cada vez menos a la erosión democrática y cada vez más a “lo técnico”: si un socio fabrica, o no, drones. El propio Erdogan se está transformando así en una suerte de garante de sí mismo. Su peso geopolítico le comunica a cada élite interna que ningún actor externo se moverá en su contra. La presión externa que en otros casos forzó transiciones, en Turquía, está desapareciendo justo cuando haría falta.

Por eso la comparación con Hungría, en la que insiste Özel, es tan iluminadora. La oposición húngara venció recientemente a Viktor Orbán y gestiona hoy una transferencia pacífica del poder. Que la lucha turca sea “como la húngara, pero más difícil” es, en el fondo, una afirmación sobre esta segunda condición: Hungría siguió dentro del marco institucional europeo, que ofrece un horizonte de compromiso creíble; Turquía está fuera, es mucho más grande y tiene un peso geopolítico que Hungría jamás tuvo. Las dos oposiciones convergieron en la misma estrategia interna (movilización de base, mensaje disciplinado, liderazgo creíble), pero divergen en la misma dimensión externa, y esa divergencia es la razón principal por la que el camino turco es más arduo.

Tres futuros

Si se cruzan las dos condiciones, aparecen tres escenarios. Donde hay sociedad civil densa y orientación externa favorable, hay transición democrática: el camino de Túnez, Serbia y Georgia. Hacia ahí apunta la dinámica interna de Turquía, pero no el panorama externo. Donde hay sociedad civil densa pero el apoyo externo es transaccional o ausente, hay recambio sin consolidación democrática: es paradigmático el caso de Kirguistán, donde la movilización logró voltear al gobernante pero no consolidar la democracia, y el autoritarismo competitivo se reproduce con otro nombre. Esa parece, hoy, la trayectoria más plausible para Turquía. Y donde la sociedad civil fue exitosamente vaciada, hay restauración o endurecimiento: es el caso de Egipto, donde la sucesión ocurre dentro del régimen (estabilización militar, autoritarismo hegemónico, o el “orden dinástico” por designación, temido por Özel). El Estado fuerte de Turquía no es, por sí solo, tranquilizador. En Egipto esa misma fortaleza institucional fue lo que garantizó que el núcleo coercitivo heredara el vacío de poder.

El futuro de Turquía depende, entonces, de una carrera. La represión está empujando hacia arriba la variable interna; la conversión de los vínculos internacionales en indispensabilidad transaccional empuja hacia abajo la externa. Si los demócratas turcos ganan la carrera –esto es, si la densidad cívica forjada en la adversidad sobrevive a la domesticación y encuentra, en algún lado, la legitimación externa que necesita–, las consecuencias trascenderán sus fronteras: un avance democrático en un Estado grande, de mayoría musulmana y pivote regional transformaría el debate global sobre el retroceso democrático. Si pierden, la derrota tampoco quedará contenida: los autócratas aprenden unos de otros, y una Turquía que demuestre cómo convertir su indispensabilidad geopolítica en inmunidad frente a la rendición de cuentas habrá construido un modelo tan exportable como los drones que están construyendo.

Turquía todavía no cayó, y puede que no lo haga pronto. Pero su cuestión democrática ya no admite esperar al desenlace. Lo que surja después de Erdogan (transición democrática o restauración autoritaria) no se decidirá el día de su salida, sino en estos años en que la oposición se endurece a fuerza de represión mientras el respaldo externo que necesitaría se va apagando. El futuro turco no es, entonces, una incógnita reservada para el mañana: es una disputa que ya está en curso, a plena vista. El día después de Erdogan se escribe hoy.

Braulio Espino es licenciado en Estudios Internacionales por la Universidad ORT Uruguay. Investiga regímenes autoritarios y transiciones políticas.


  1. Steven Levitsky y Lucan A Way, Competitive Authoritarianism: Hybrid Regimes after the Cold War, Cambridge University Press, Cambridge, 2010. 

  2. Berk Esen y Sebnem Gumuscu, “Rising competitive authoritarianism in Turkey”, Third World Quarterly, 37:9, 2016. 

  3. Sophia Yan, “Erdogan is the real winner of Iran war: Turkish president cracks down on opposition while the world’s gaze is averted”, The Telegraph, 30-5-2026. 

  4. Brandon van Dyck, “The Paradox of Adversity: The Contrasting Fates of Latin America’s New Left Parties”, Comparative Politics, enero de 2017. 

  5. Angelo Panebianco, Political Parties: Organization and Power, Cambridge University Press, Cambridge, 1988. 

  6. Özgür Özel, “How we restore Turkey’s democracy”, Journal of Democracy, abril de 2026. 

  7. Omer Faruk Metin y Pedro Ramaciotti Morales, “Tweeting apart: Democratic backsliding, new party cleavage and changing media ownership in Turkey”, Party Politics, 30:1, 2022. 

  8. Özgür Özel, “Turkey’s struggle for democracy is like Hungary’s, but harder”, The Economist, 19-05-2026.