(Publicado originalmente el 28 de octubre de 2010)

Lo que nunca entendió Luis Batlle fue que Perón era su primo hermano y que no podían estar peleados, decía Alberto Methol Ferré en El Uruguay como problema. La desconfianza de aquel Batlle hacia lo que encarnaba el líder argentino se continuó en los sucesivos gobiernos uruguayos hasta la llegada de José Mujica a la presidencia. Nacionalista por tradición y lector de aquellos intelectuales que cuestionaban el neobatllismo, Mujica advirtió el parentesco entre el proyecto que él encabeza y el que han esbozado los Kirchner. Tuvo que hacer malabares para disimular esa ligazón durante la campaña electoral y supo cosechar sus frutos en el destrabe del conflicto diplomático ocasionado por las plantas de celulosa.

La naturalidad con la que nuestro presidente se relaciona con las cabezas del mayor partido político argentino lo convierten en una excepción en el sistema político uruguayo. Y también podría pensarse en Néstor Kirchner como una singularidad del peronismo. Llevado a la presidencia de la mano del aparato de Duhalde, rápidamente se desmarcó por izquierda de su mentor (por ejemplo, en su acercamiento a agrupaciones defensoras de los derechos humanos). Su idea de crear un espacio político “transversal” que incluyera el radicalismo disidente y el socialismo fue visto como una maniobra preparatoria para tomar el control del Partido Justicialista, pero también iba en serio: dejó un notorio souvenir, Julio Cobos, en la vicepresidencia del país. Otra rareza: hasta que se convirtió en presidente del Partido Justicialista, Kirchner era un peronista que no mencionaba a Perón; no lo nombró, por ejemplo, en su discurso de asunción presidencial de 2003, aquel que anunciaba el retorno del Estado a su rol de impulsor del desarrollo y la justicia social. Cinco años después, la batalla política más notoria del kirchnerismo, ya en el gobierno de Cristina Fernández, lo enfrentó a las patronales agrarias, que resistían el aumento de impuestos, al tiempo que Argentina recuperaba notoriamente su economía.

Pensar que lo que puso en marcha el kirchnerismo desaparece con la figura de su líder sería desconocer la historia de los movimientos populares, pero también parece complicado que sin Néstor Kirchner esas fuerzas puedan rearticularse fácilmente. Porque aunque ha ocurrido unas cuantas veces en el Río de la Plata -¿qué es José Batlle y Ordóñez, si no?-, es infrecuente que partidos poderosos y esencialmente conservadores sean tomados por su “ala progresista”. Mujica seguramente esté entre los primeros en evaluar lo que significa la muerte de Kirchner para la familia regional.