Este año de 2020 será recordado seguramente como el de la inesperada pandemia que mató a cientos de miles de personas, que generó decenas de millones de nuevos pobres y varios billones (millones de millones) de dólares de caída del producto interno bruto mundial, así como otros cambios que aún no podemos predecir con la misma certeza. Sin embargo, dos preguntas que ya podemos hacernos son: ¿qué tan correcto resulta afirmar que esta pandemia era “inesperada”? y ¿qué podemos hacer para evitar que una pandemia de este tipo vuelva a repetirse?

La pandemia tan esperada

Esta pandemia no era, por cierto, tan inesperada. Muchos y muchas venían prediciendo que algo como esto podía suceder. Claro, nadie hubiera podido predecir con certeza que en diciembre de 2019 aparecería un nuevo coronavirus, o que el contagio provendría de un murciélago, o mucho menos que surgiría en Wuham. Pero aun sin saber exactamente ni cuándo, ni dónde, ni cuál sería su origen preciso, la aparición de un nuevo ejemplo de zoonosis, con efectos potencialmente devastadores, no era un relato de ciencia ficción, sino una predicción de una parte de la comunidad científica.

La zoonosis se define como la transmisión de una enfermedad infecciosa de un animal a los seres humanos, y viceversa. La salmonelosis, la influenza, o más recientemente el ébola y posiblemente el SARS, son ejemplos de este tipo de enfermedades. El surgimiento de nuevas zoonosis, o el resurgimiento más virulento de otras ya conocidas, responde a varios factores, vinculados a la forma en que nos desarrollamos como sociedades y, muy particularmente, a nuestra vinculación con la naturaleza.

Una buena parte de la humanidad, y fundamentalmente la mayoría de sus líderes políticos y económicos, parece estar convencida de que con tecnología (y con dinero) es posible “humanizar” al planeta, adaptándolo a nuestras necesidades y deseos y a la manera en que hemos elegido vivir. Por eso talamos bosques, destruimos campos fértiles para extraer minerales por unos pocos años, avanzamos con la frontera agrícola sobre ecosistemas naturales, impedimos el flujo natural de los cursos de agua, contaminamos la tierra y el agua con productos químicos, vertemos plásticos a los océanos, o emitimos gases que cambian irreversiblemente el clima de la Tierra. Desde hace siglos, y muy particularmente en las últimas décadas, nos hemos convertido en expertos en transformar drásticamente los ecosistemas. No descarguemos nuestras culpas sólo en los inescrupulosos productores agropecuarios o en los mineros de la Amazonia, sino en acciones que nos involucran a muchos y muchas más. Pensemos, por ejemplo, en el creciente proceso de urbanización: hace sólo dos siglos, una de cada 30 personas vivía en ciudades; hace 40 años, una de cada tres; hoy, una de cada dos. ¿Podemos imaginar un efecto más devastador para el planeta que arrasar con bosques y campos para instalar cemento, autos que contaminan y consumidores contumaces? Naturalmente, si sólo medimos el “efecto incremental” de una nueva intervención humana, un nuevo barrio, una nueva fábrica, un nuevo agroquímico, un nuevo pozo de petróleo, una nueva represa, seguramente concluyamos que el impacto que provoca es “tolerable”. Pero ¿cuándo vamos a estudiar el efecto acumulado de todo lo que venimos haciendo?

En realidad no es necesario analizar dicha acumulación de impactos, ya que la naturaleza se encarga de hacerlo por nosotros y ponerlo ante nuestros ojos. La naturaleza es resiliente, pero nosotros estamos provocando cambios a un ritmo mayor que su velocidad para adaptarse. Como consecuencia, así como nos exhibe impúdicamente el cambio climático y sus efectos catastróficos, hoy empieza a mostrarnos cómo las profundas transformaciones que venimos realizando impactan sobre el equilibrio de los ecosistemas y esto inevitablemente termina incidiendo sobre la salud humana. Veamos de qué manera.

En el transcurso de millones de años, todos los ecosistemas han desarrollado delicados equilibrios entre los diferentes seres vivos que los conforman, desde los hongos y los virus hasta los insectos y los hombres. Diferentes microbios se han adaptado a vivir en armonía con otros seres vivos que los alojan, pero resultarían patógenos letales si saltaran hacia otros animales. Ese largo proceso de evolución ha permitido incluso que existan “cortafuegos” entre diferentes seres vivos para evitar estos eventuales traspasos. Sin embargo, cuando comenzamos a alterar de una manera irreversible a los ecosistemas, a debilitarlos y a fragmentarlos, todos estos delicados equilibrios comienzan a romperse. Cuando se empobrece la biodiversidad y se extingue una especie, no sólo desaparecen todos los individuos de dicha especie, sino que esto influye sobre decenas de otros seres vivos que convivían simbióticamente con ella. Bajo estas circunstancias, las probabilidades de que virus, bacterias u hongos salten hacia otros seres vivos que no cuentan con un sistema inmunológico capaz que defenderse pueden incrementarse tremendamente. Y, dependiendo de su virulencia, las consecuencias pueden ser dramáticas. Esto es lo que muchos científicos vienen anunciando desde hace tiempo. Para ellos, la covid-19 no es un fenómeno inesperado.

En suma, al igual que el cambio climático, la aparición de nuevas pandemias es una de las consecuencias globales, tanto presentes como esperablemente futuras, de nuestra presunción de superioridad sobre la naturaleza, a golpe de dinero, tecnología y soberbia.

Aprendizajes y ruta de salida de la covid-19

A diferencia de otras crisis económicas globales, la originada por la covid-19 no surge de especulaciones financieras sino que se trata de una crisis real, que incide directamente tanto sobre la oferta como sobre la demanda. La solución, por lo tanto, no pasa meramente por la generación de confianza en los agentes, sino que resulta imperioso operar sobre las causas estructurales que generaron esta crisis.

La pandemia que estamos viviendo y cuyo final sigue siendo aún incierto dejará a decenas de millones de personas desempleadas y varios sectores de actividad muy dañados. Relanzar el empleo y la actividad económica exigirá cuantiosas inversiones, tanto públicas como privadas. La pregunta natural que debemos hacernos es: ¿con qué finalidad vamos a invertir esos dineros? ¿Vamos a hacerlo para relanzar el mismo modelo de desarrollo que generó el problema? ¿Vamos a intentar volver a generar los mismos puestos de trabajo, en las mismas actividades?

La industria petrolera se encuentra particularmente dañada por una brutal caída de la demanda; ¿vamos a invertir cientos de miles de millones de dólares para relanzar esta industria al nivel que se encontraba hasta hace unos meses?; ¿o aprovecharemos la oportunidad para invertir esos montos en las energías renovables, generando nuevos puestos de trabajo en este sector? Parte de los subsidios que muchos gobiernos están dispuestos a aportar para salvar grandes empresas, ¿no podrían dirigirse, por ejemplo, al impulso de vehículos eléctricos, para reducir sus costos y generar demanda? La industria del automóvil ha recibido un fuerte impacto por la gigantesca disminución en la venta de vehículos; ¿vamos a inyectar cuantiosas sumas en esta industria o aprovecharemos la ocasión para impulsar a nivel urbano inversiones en sistemas de micromovilidad y de transporte colectivo sostenibles? Mucha gente ha aprovechado el encierro de estos meses para incorporar mejores hábitos alimenticios; ¿no podremos aprovechar este envión para darle un impulso a una producción de alimentos más saludable y ambientalmente sostenible? Durante este aislamiento forzado no fuimos a los shoppings y redujimos nuestro consumo a los bienes imprescindible para la vida; ¿pudimos sobrevivir a este “esfuerzo”?, ¿somos más infelices por no haber podido adquirir más bienes de consumo? Lo que todos extrañamos durante estos meses fue el contacto social, la familia, los amigos, los vínculos; ¿no podremos aprovechar esta ocasión para repensar cuáles son las cosas más importantes, las que nos conectan con la felicidad, con nuestros objetivos de vida?

Esta crisis es una gran oportunidad para redirigir nuestras acciones. Y ojalá que esta oportunidad esté guiada por un cuestionamiento sobre la manera en que queremos alcanzar la felicidad.

La crisis de la covid-19 interpela fuertemente a nuestra tradicional (y probadamente destructora) economía lineal. Mediante este modelo, tomamos recursos de la naturaleza; los transformamos utilizando procesos contaminantes y consumidores de energía fósil; con ello fabricamos productos con obsolescencia programada1 y que difícilmente puedan repararse; a partir de un marketing cada vez más sofisticado (utilizando big data e inteligencia artificial), nos dejamos convencer de que nuestra felicidad depende de la compra de dichos bienes; pero finalmente, luego de unos pocos usos, los terminamos tirando; y todo eso, claro, demandando áreas cada vez mayores para cada una de las etapas. En suma, el usual proceso lineal de producción y consumo transforma radicalmente al ambiente, agota los recursos naturales y, luego de una efímera felicidad de los consumidores, los devuelve como residuos de todo tipo al ambiente.

En oposición a todo esto, la economía circular no es un fin en sí mismo pero simboliza un cambio trascendente en la forma de producir y consumir, dos acciones que en realidad se encuentran muy entrelazadas. El objetivo es producir a partir del desmontaje y reciclado de bienes existentes, minimizando la extracción de nuevos recursos de la naturaleza; utilizar energías renovables; reducir la producción de desechos, particularmente evitando el consumo de bienes que no puedan repararse. El último pero fundamental eslabón de la economía circular es la transformación de las pautas de consumo, promoviendo el acceso a servicios y no a la compra de objetos. ¿Precisamos poseer un auto que lleva a una sola persona y que queda detenido 22 horas por día, o lo que queremos es acceder a un buen servicio de transporte que nos permita desplazarnos cómodamente? ¿Precisamos comprar una motosierra para cortar tres metros de cerco en el frente de casa, sólo porque se encontraba en oferta, que vamos a usar dos horas por año y al tercer uso encontraremos rota, o sería más práctico acceder a un servicio de alquiler? ¿Para qué seguir comprando bienes que se rompen fácilmente, se usan poco y rápidamente se tiran?

Por todo esto, esta crisis de la covid19 es una gran oportunidad para redirigir nuestras acciones, tanto a nivel colectivo como individual. Y ojalá que esta oportunidad esté guiada por un cuestionamiento sobre la manera en que queremos alcanzar la felicidad: ¿incrementando la posesión de bienes, o potenciando nuestros vínculos, ya sea con nuestros afectos o con la propia naturaleza?

Para contribuir en esta dirección, junto a decenas de latinoamericanos y latinoamericanas con amplia experiencia en la conducción de procesos innovadores para una transición sostenible, hemos creado recientemente una asociación sin fines de lucro que hemos llamado Ivy,2 recordando la búsqueda de la “tierra sin mal” de una vieja leyenda guaraní.

Ramón Méndez es director ejecutivo de Ivy y Alejandro Nario es director de proyecto de Ivy.


  1. Surgido en la década de 1920 a partir de un acuerdo de los principales fabricantes de la entonces creciente industria de las lamparitas eléctricas, este principio consiste en la producción de bienes con vida útil menor a la posible para que los consumidores tengan que comprarlos con mayor frecuencia. 

  2. https://asociacionivy.org