El 29 de abril, la Facultad de la Cultura del Claeh organizó un foro sobre el rol del gestor cultural y la pandemia en el que se compartieron diversas visiones y análisis. Recibí con gusto la invitación a presentar algunas reflexiones en ese marco. Este texto es la continuación y profundización de esas primeras ideas.

La actual crisis provocada por la pandemia de coronavirus ha transformado la vida cotidiana prácticamente en el mundo entero. En estos cuatro meses se ha escrito infinidad de artículos en nuestro país y en el mundo sobre el impacto de la pandemia, sobre los posibles escenarios de salida y de futuro. Si se pudiera hablar de la densidad de encuentros virtuales seguramente estaríamos ante un récord histórico, no sólo de actividades simultáneas en el espacio virtual sino del número de personas en línea. Gran parte de ellas analizando el propio sentido de la pandemia, el conjunto de aspectos de la realidad y su relación con el fenómeno. Tal vez la mayor coincidencia en este babel de seminarios, artículos, videos y otra diversidad de herramientas utilizadas para procurar entender y proyectarse, es que la realidad como la conocemos, en mayor o menor medida, va a cambiar. Está cambiando. Cambió. Y por lo tanto es posible afirmar que el futuro, el sentido del futuro, está en disputa.

La crisis develó de manera transparente las desigualdades e inequidades del sistema en el que vivimos. Basta con pensar en las tan diferentes posibilidades de “quedarse en casa”, cumplir con los protocolos y navegar este tiempo de pandemia. Desigualdades en una multiplicidad de dimensiones que incluyen lo económico, la ubicación geográfica, género, capacidad, orientación sexual, origen étnico y racial (y cómo estas dimensiones a su vez impactan en el acceso a servicios, atención sanitaria, oportunidades de educación y empleo, etcétera). Las estadísticas globales sobre personas infectadas y fallecidas son apenas una muestra de esas desigualdades: los sectores históricamente marginalizados en diversos países son los principales afectados, en tanto la pandemia reproduce y profundiza la sistemática violación de derechos en sectores importantes de la población. La crisis también evidenció la gravedad de la crisis ambiental, poniendo al descubierto que las consecuencias del modelo extractivista y depredador, guiado exclusivamente por la ganancia, pone en riesgo la vida misma en su diversidad.

Este panorama, sin duda desalentador, permite sin embargo poner sobre la mesa el desafío de imaginar una realidad o realidades diferentes. El coronavirus, sus causas y sus consecuencias estimulan la “liberación cognitiva”1 que permite simultáneamente identificar la necesidad del cambio y los procesos para imaginarlo. Procesos que de ninguna manera son lineales, ni homogéneos, ni mucho menos libres de conflictos. El sentido del futuro está en disputa porque el presente requiere transgresión, con lo cual quienes se benefician de lo que se ha instalado en el sentido común como “la normalidad” también van a dar la batalla para su permanencia.

En este marco, es posible afirmar que el rol del gestor o de la gestora cultural en la pandemia tiene que ver con el “devenir”, es decir, con lo que simultáneamente está siendo y se proyecta, con lo que el presente tiene de potencial transformador, con el imaginario de futuro anclado en prácticas y conocimientos que recogen historias, diversidad, deseos y lo que todavía no se nombra pero eventualmente será.

Esta transición que está siendo (pero que requiere un esfuerzo consciente que la evidencie y la oriente) puede ser vista como una transición ontológica2 en el sentido de que convoca a nuevas maneras de ser en el mundo, de pensarnos a nosotros y a nosotras mismas y a nuestras interacciones en su multiplicidad, incluidas las que tenemos con otros seres vivos; también como una transición justa3 que nos permita orientarnos hacia horizontes ecocomunitarios basados en una nueva relación con la naturaleza, los seres humanos y no humanos, la ética del cuidado y una justicia social y ambiental. Embarcarnos en la(s) transición(es) requiere una estrategia epistémica y cultural que permita abrir espacios y reflexionar sobre la realidad y nuestra relación con nuestro entorno en su más amplio sentido, abriéndonos a otras ontologías, otros imaginarios, y también desafiándonos a encontrar un nuevo lenguaje que nos habilite a nombrar sin depender de términos cuya sola enunciación refuerza el mundo como lo conocemos.

¿Cómo se relaciona la gestión cultural con estos enunciados y por qué es importante su rol? “Los mejores servicios culturales son aquellos que son proféticos: los que construyen futuro cultural cívico desde el presente. Los que no se proponen una revolución y sí un cambio continuado en la transformación emergente de la propia vida de la ciudad, llenándola de vida cultural activa”.4 Esta cita de Toni Puig, tomada de un texto en el que retoma reflexiones suyas de un libro de principios de la década de 1990, da pistas para responder las interrogantes formuladas. Y se complementa con palabras de Gonzalo Carámbula, quien categóricamente afirmaba que la política cultural es la política social por excelencia, que no se plantea transformaciones profundas rápidamente, sino que son “olitas que van llevando y que imperceptiblemente van generando una nueva situación”.5

Ayudar a visibilizar esas otras formas de hacer, a generar debate en torno a su relevancia, es una posible tarea para la gestión cultural.

Tanto Puig como Carámbula, aun sin decirlo explícitamente, destacan la importancia de la agencia compartida (el hacer con) en la gestión cultural, lo que en términos políticos no es otra cosa que la participación democrática. El imaginario es colectivo. Pero también es colectivo el hacer que da cuenta de la realidad (presente y a construir). En este sentido, y en función de lo que la pandemia ha ayudado a develar en cuanto al sistema injusto que habitamos, y a clarificar, en cuanto a la necesaria liberación de los imaginarios para transitar hacia horizontes superadores de esas injusticias, comparto las siguientes ideas/sugerencias:

Una primera idea refiere a lo que podría llamarse “acercar la novedad”. Vivimos en el marco de una diversidad de formas de ser y estar en el mundo. Sin embargo, los modos dominantes del sistema de producción capitalista suelen ser presentados como la única alternativa, ocultando esas otras formas. Al decir de Boaventura de Sousa Santos, no es que no haya otras prácticas válidas, sino que han sido creadas activamente como no existentes, es decir, como no relevantes frente a lo dominante.6 ¿Cómo son esas prácticas? ¿Qué nos dicen? Concretamente en el marco de la pandemia surgieron (o mejor dicho, se multiplicaron) varias iniciativas que permitieron responder a necesidades de diversa índole (ollas populares, merenderos y otras formas de alimentación solidaria; productores y productoras de la agroecología promoviendo la producción de alimentos sanos; prácticas de trueque, garantizando la satisfacción de diversas necesidades con independencia del dinero; profesionales de varios campos que pusieron a disposición sus conocimientos y experiencias a quienes lo necesitasen; jóvenes que hicieron compras para aquellos/as que no pudieran salir o simplemente ofrecieron su tiempo para acompañar a personas de grupos de alto riesgo, incluso desde la distancia física; artistas que compartieron su arte por medios electrónicos; traslados solidarios; plataformas solidarias que vinculan a personas, iniciativas, servicios, etcétera). Una lectura podría ser que se trata de acciones transitorias y de emergencia y que desaparecerán con la superación de la crisis. Otra lectura permite reconocer un sustrato que habla de otra concepción de las relaciones entre las personas y su entorno, que cuestiona la concepción utilitarista de la naturaleza, que privilegia la reciprocidad, entre otros aspectos.7 Ayudar a visibilizar esas otras formas de hacer, a generar debate en torno a su relevancia, es una posible tarea para la gestión cultural. Esto a su vez convoca a que la gestión cultural se descentralice: iniciativas barriales, pequeños escenarios, pantallas (gigantes o pequeñas) que se instalan en diversos puntos de la ciudad, donde no sólo “se llevan espectáculos” sino que se comparte escenario. Se narran otras historias, se cuenta con otros públicos y también otros protagonistas. Y se imaginan otras posibilidades para la vida cotidiana.

Otro elemento que la gestión cultural puede aportar en el marco de la pandemia es la revaloración del ocio. Y esto se relaciona con la posibilidad de cuestionar la imposición del sistema capitalista de la producción sin pausa, del trabajo en largas jornadas que limitan la posibilidad del disfrute, del encuentro, de nuevos sentidos. Un texto que entiendo que ilumina el valor del tiempo libre y pone en cuestión la excesiva dedicación a la producción y la ganancia proviene de uno de los economistas más famosos de la historia, John Maynard Keynes. En un texto de 1930, es decir de hace exactamente 90 años, compartió reflexiones no de corto ni mediano plazo, sino que se preguntó: “¿Qué podemos razonablemente esperar del nivel de nuestra vida económica para dentro de 100 años? ¿Cuáles son las posibilidades económicas de nuestros nietos?”.8

Copio un fragmento de dicho texto, pues creo que es muy iluminador:

“Así, por primera vez desde la creación el hombre se enfrentará con su problema real, su problema permanente: cómo usar su libertad respecto de las preocupaciones económicas, cómo ocupar su ocio, que la ciencia y el interés compuesto habrán ganado para él, para vivir sabia y agradablemente y bien... Existen cambios en otras esferas que también debemos esperar. Cuando la acumulación de riqueza ya no sea de alta importancia social, habrá grandes cambios en los códigos morales. Podremos librarnos de los principios seudomorales que nos han atormentado durante 200 años, gracias a los que hemos exaltado algunas de las más desagradables cualidades humanas situándolas en el lugar de las más altas virtudes. Seremos capaces de permitirnos juzgar el dinero de acuerdo con su verdadero valor. El amor al dinero como posesión –a diferencia del amor al dinero como medio para los goces y realidades de la vida– será reconocido por lo que es, una morbosidad más bien repugnante, una de esas propensiones semicriminales, semipatológicas de las que se encarga con estremecimiento a los especialistas en enfermedades mentales. Tendremos la libertad, por fin, de desechar todo tipo de costumbres sociales y prácticas económicas que afectan a la distribución de la riqueza y las recompensas y sanciones económicas, que ahora mantenemos a toda costa, a pesar de lo desagradables e injustas que puedan ser en sí mismas, debido a su tremenda utilidad promoviendo la acumulación de capital”.

Este texto me permite plantear algunas reflexiones vinculadas a la gestión cultural. La primera es la desafortunada tradición moderna de compartimentar la realidad en lo económico, lo social, lo ambiental, lo cultural. Pensamos en compartimentos estancos, y aceptamos que la economía sea priorizada para que derrame, más allá de que la repetición hasta el infinito de ese discurso no se refleja en la realidad, que viene mostrando sistemáticamente que la acumulación no se traduce en equidad. Ocuparnos de las distintas dimensiones de la vida simultáneamente, porque así acontecen todas ellas en la realidad con una infinidad de interconexiones, es un importante desafío. El bienestar no es lo que ocurre luego de cumplir con el trabajo, el sentido profundo de la existencia no es una cuestión separada de la reproducción material de la vida de cada ser humano. Del mismo modo, el ocio no es exclusivamente lo que se realiza en el “tiempo libre”. Sin pretender trabajar sobre una definición del término, el ocio refiere al descanso, a la diversión, a la participación social y a la solidaridad, al desarrollo de la personalidad en diversas dimensiones.9 En la sociedad capitalista la propensión al consumo suele ocupar gran parte de ese tiempo no vinculado a obligaciones laborales o de otro tipo. En el marco de la pandemia, para algunos sectores de la población aumentaron las horas “sin obligaciones”,10 generando nuevas oportunidades de ocio. En un escenario de superación de la pandemia, es previsible que vayamos hacia una disminución del requerimiento de fuerza de trabajo, debido a la automatización de varias tareas. Si bien en principio esta tendencia parece negativa, lo que es innegable es que vuelve a poner sobre la mesa la disponibilidad de horas no vinculadas a las obligaciones. Sin duda que para el disfrute de estas horas se necesita contar con políticas sociales y en particular con una política de empleo que reduzca la jornada laboral sin afectar ni los niveles de ocupación ni los salarios. Este punto requiere profundización en torno a las políticas de empleo hacia el futuro. Pero el escenario de tiempo creciente para el ocio es muy factible y desafía a la gestión cultural. No sólo en términos de ofrecer espectáculos en diversas disciplinas, sino también y fundamentalmente, en cuanto a facilitar procesos (que también incluyen espectáculos) para pensar colectivamente el sentido de ese tiempo, el entramado de tareas que se realizan y que aportan al descanso, a la diversión, a la solidaridad, a la felicidad personal y colectiva, al cuidado personal y del ambiente, en una proyección al futuro que se anticipa a las transformaciones dándoles nuevo contenido.

Un último punto refiere al entrelazamiento entre ética y estética y al lugar privilegiado de la gestión cultural para aportar práctica y reflexión en ese sentido. Desde la gestión cultural se promueven proyectos, iniciativas, experiencias que combinan producción simbólica y disfrute de los sentidos. En un texto sobre la pedagogía de Paulo Freire se puede leer que su tradición viene cargada de la “riqueza polisémica de los conceptos de ética y de estética como unidad de acción del sujeto concreto, histórico y cultural”, y que se nutre del significado de boniteza, que estaría indicando la inseparabilidad de lo bueno y lo bello.11 El sentimiento de la belleza, la experiencia estética de lo cotidiano, y la búsqueda de sentido que incluye y trasciende la experiencia individual hacia el bien común, están imbricados en esa inseparabilidad de esas dos palabras (bueno y bello) que supera ampliamente el sentido de cada una. Desde los proyectos culturales es posible contribuir con análisis que ayuden a plantearse preguntas que tienen que ver con las vivencias de la pandemia y sus consecuencias en múltiples dimensiones, al mismo tiempo que se generan oportunidades para la boniteza, al decir de Freire, en los imaginarios hacia el futuro.

Estas reflexiones se orientan a dejar planteadas interrogantes y líneas de búsqueda, mucho más que a compartir propuestas concretas para la acción de la gestión cultural. Y se asientan en la confianza respecto de las posibilidades que esta tiene para ayudar a narrar, desafiar, construir, proyectar, inventar, y hacerlo colectivamente, desde el conocimiento sistemático y en construcción, y desde la capacidad de abrazar el desorden, la diversidad y lo inesperado. “Como olitas... que van generando una nueva situación”.

Ana Agostino es docente de Gestión Cultural en el Claeh.


  1. Concepto tomado del artículo de Maristela Svampa “¿Hacia dónde se mueven las placas tectónicas? maristellasvampa.net/hacia-donde-se-mueven-las-placas-tectonicas 

  2. Escobar, Arturo: Autonomía y diseño. La realización de lo comunal, Tinta Limón, Buenos Aires, 2017.  

  3. Svampa, Maristela y Viale, Enrique: “Nuestro nuevo Green Deal”. oplas.org/sitio/2020/05/01/maristella-svampa-y-enrique-viale-nuestro-green-new-deal 

  4. Puig, Tony: “605 ideas vigorosas para servicios marca cultura”. www.tonipuig.com/assets/1-(14)-605-ideas-vigorosas-para-servicios-marca-cultura.pdf 

  5. Entrevista con Gonzalo Carámbula, “Política y gestión cultural en Uruguay entre dos siglos”, originalmente realizada en 2014 por Cecilia Pérez Mondino y Danilo Urbanavicius y publicada por Cuadernos del Claeh. www.gestioncultural.org.uy/politica-y-gestion-cultural-en-uruguay-entre-dos-siglos 

  6. Santos, Boaventura: “Epistemologías del sur”, 2011. www.boaventuradesousasantos.pt/media/EpistemologiasDelSur_Utopia%20y%20Praxis%20Latinoamericana_2011.pdf 

  7. Gran parte de estas iniciativas forman parte de lo que Karl Polanyi llamó la economía sustantiva, diferenciándola de la economía formal, y analizando la importancia de lo que esta interdependencia entre las personas garantiza. Ver Polanyi, Karl: La gran transformación, 1944. 

  8. Keynes, John Maynard: “Posibilidades económicas de nuestros nietos”, 1930. arquitecturacontable.wordpress.com/2016/10/23/posibilidades-economicas-de-nuestros-nietos-j-m-keynes-1930

  9. Sarla Pascual, Leticia: “Aproximación conceptual al ocio y tiempo libre: la recreación como herramienta de intervención social”, tesis para la licenciatura en Trabajo Social, Departamento Trabajo Social, Facultad de Ciencias Sociales, Udelar, 1998.  

  10. Es importante mencionar que el trabajo virtual al que se ha visto obligada a recurrir gran parte de la población mundial como resultado de la pandemia muchas veces exige mayor dedicación que el trabajo presencial, además de no permitir establecer distinción entre las tareas domésticas, las laborales y las de tiempo libre, presentando una sobrecarga para quienes realizan este conjunto de actividades, en particular para las mujeres, sobre quienes a nivel mundial sigue recayendo la mayor carga de las tareas de cuidado.  

  11. Alipio, Casali: “Ética y estética como expresiones de espiritualidad en Paulo Freire”. www.rizoma-freireano.org/etica-y-estetica-21