La humanidad ha entrado en una era compleja. La crisis sanitaria, social, moral, política y medioambiental producto del modelo hegemónico de desarrollo productivo ha generado las condiciones para que la pandemia de covid-19 sea sólo la primera de una serie de pandemias o similares que tendrán en vilo a la humanidad. La humanidad se encuentra ante un cruce de caminos. Puede ser o bien el comienzo del fin de la humanidad o bien el prolegómeno de una nueva visión, que hegemonice una dirección convenida a escala humana del mundo.

En una etapa tan desafiante como peligrosa, el diálogo entre la ciencia y la política es, probablemente, lo único que pueda reencauzar a la especie humana en un camino de futuro sustentable. Esto depende no sólo de científicos y políticos, sino, y fundamentalmente, de toda la sociedad.

La covid-19 en el contexto de la sindemia global

La sindemia global es la sinergia de epidemias que ocurren conjuntamente en el tiempo y el lugar y que producen secuelas complejas y comparten impulsores sociales subyacentes. En particular, la sindemia global es la suma y retroalimentación de tres epidemias: la emergencia del cambio climático –el calentamiento global–, la epidemia de la obesidad y el síndrome metabólico, y la epidemia de la malnutrición, fundamentalmente por exceso de alimentos hipercalóricos de mala calidad nutricional a nivel mundial.

En el centro de la sindemia global se encuentran los sistemas productivos, en particular el modelo agroindustrial basado en la explotación intensiva, el uso de plaguicidas y antibióticos, que además contribuye, per se, al efecto invernadero y a un efecto clave que es la desforestación.1

Al analizar las bases de la sindemia global se puede concluir que son las mismas que propician las condiciones para el desarrollo de virus como el que provoca la actual pandemia de covid-19.

La pansindemia y sus efectos sociosanitarios

La denominada “pansindemia” es considerada como la superposición de la pandemia covid-19 sobre la denominada sindemia global, ya que es explicada por las mismas causas, se desarrolla con base en los mismos circuitos y agrava los efectos sobre la salud y la vida, sobre todo de las personas más vulneradas alrededor del mundo.

Esto se da básicamente por tres motivos: el impacto de la para-pandemia y la crisis socioeconómica que provoca, el aumento del estrés y la angustia social, y la disminución de los sistemas de cuidados y de salud. Recientemente se está reportando un aumento de problemas graves en el proceso reproductivo, tanto de muertes de fetos como de fetos que nacen antes de tiempo y con bajo peso al nacer.

Efectos de la pansindemia en la subjetividad de personas y sociedades

Un subproducto de la emergencia de la pandemia covid-19 ha sido la perplejidad social con respecto a cuál es la verdad en esta materia. Esta situación impacta en dos aspectos en la sociedad; por un lado, genera incertidumbre, y por otro, desazón.

La incertidumbre con respecto a la respuesta a la pandemia se ha generalizado. En particular, las idas y venidas al comienzo de la crisis sanitaria y el derrumbamiento de la respuesta sociosanitaria de los países desarrollados han llevado a una duda razonable con respecto al imperio de la ciencia y su interpretación de los hechos. Esto nos hace reconsiderar la debilidad de nuestra inteligente especie.

Sin una reflexión adecuada a propósito de esto, se facilita de hecho que cualquiera se sienta en posición de opinar, aun sin la más mínima fundamentación, a propósito de cuestiones complejas. Los prejuicios le ganan a la razón. Así, no se requiere argumentación alguna, solamente saber escribir 150 caracteres y redes sociales que lo repitan al infinito, haciendo que la máxima “goebbeliana” de que una mentira repetida mil veces se transforma en verdad sea hoy más vigente que nunca. Hoy se ven en los medios de comunicación importantes líderes mundiales, elegidos por sus sociedades, diciendo disparates irrepetibles, propiciando el odio, fundamentando la inequidad y promoviendo el sufrimiento humano, en beneficio de unos pocos. La cotidianidad de la barbarie la ha hecho mundana y, por lo tanto, ya no genera un rechazo estructurado, apenas un asombroso sentimiento de asco.

Por otra parte, la desazón se ha generalizado. Al decir del director general de la Organización Mundial de la Salud (OMS), estamos presenciando una inmensa crisis moral por el acceso a las vacunas contra el SARS-CoV-2, hegemonizado por el mundo desarrollado de una manera obscena. La vacuna aparece como una buena herramienta que, en conjunto con las clásicas medidas de distanciamiento físico, tapabocas e higiene masiva, permitirá controlar la circulación viral, aunque, claro está, no atacará las causas de fondo, que se mantendrán y nos pondrán en riesgo de futuras pandemias en el contexto de la sindemia global.

Subjetividades y vacunas

Existe una enorme confusión con respecto al rol de las vacunas que se vincula, directa o indirectamente, con dos concepciones antagónicas: la que le atribuye a la vacuna poderes totales de solución de la pandemia, y la que la niega como alternativa que mejore el enfrentamiento a la pandemia.

Los que creen en los poderes maravillosos y absolutos de la vacuna responden mayormente a una visión propiciada desde el poder económico hegemónico.

Es en gran medida una simplificación de la situación, que busca, por así decirlo, una seudosolución rápida en la superficie del problema –la circulación viral– sin siquiera aproximarse a la complejidad de los mecanismos que provocan las pansindemias.

En las antípodas, los que detractan la vacuna como alternativa lo hacen desde absurdos relatos desequilibrados y oportunistas. Crecen posiciones negacionistas, conspirativas, que agrupan gente de todo origen político, mas con una fuerte hegemonía de los sectores ultraconservadores y fundamentalistas. Estos sectores tienen un denominador común: sembrar la duda con respecto al valor de la ciencia y, con ello, abrir el camino para los prejuicios y las visiones mágicas, cuando no místicas, de los problemas sociales. Hace algunas décadas, los grupos que propician estas ideas eran absolutamente marginales; lamentablemente, hoy son poderosos, financiados por fuertes lobbies conservadores, fundamentalistas en lo religioso y con expresiones político-partidarias que han impulsado a presidentes ultraconservadores y neofascistas alrededor del mundo, que se oponen además a las agendas de derechos y género como característica común.

Entre ambos extremos, las evidencias demuestran que las vacunas son seguras y efectivas para disminuir la circulación viral y por lo tanto deben considerarse inequívocamente como condición necesaria, aunque no suficiente, para el abordaje de la pandemia de covid-19. Las medidas que tiendan a mitigar la circulación viral ‒tapabocas, distanciamiento e higiene‒ seguirán siendo necesarios. Y, por supuesto, más allá de la pandemia, el abordaje de las pansindemias requerirá cambios socioeconómicos y decisiones políticas a escala global.

El concepto de verdad y el valor de la ciencia

La verdad se construye a partir de la interpretación de la realidad. En esta construcción que se da en el cerebro humano existen elementos subjetivos (prejuicios, experiencias previas, etcétera) y elementos objetivos (datos de la realidad). Para hacer esa interpretación existen múltiples caminos, entre los que se destacan dos antagónicos: el método científico, que intenta buscar evidencias y generar una explicación racional que implique desde asociaciones a causalidades; y el abordaje dogmático, que interpreta que la explicación de lo que pasa está más allá del entendimiento. Ese “más allá del entendimiento” puede ser divino o humano. Las teorías conspirativas inexplicables se relacionan con esta visión.

En general, exceptuando a los fundamentalistas religiosos y sin negar un ápice la espiritualidad que las personas en general tienen, se considera que la ciencia y el método científico son el camino de aproximación a la verdad.

Verdad y ciencia parecen entonces estar estrecha y directamente vinculadas.

No es lo mismo verdad que política, y eso es en parte porque, en la construcción de la acción política, muchas veces lo importante es la unidad para la acción social, mientras que para la aproximación a la verdad desde la ciencia se requiere una absoluta independencia de cualquier relato. He aquí el desafío de la síntesis de la búsqueda de la verdad desde la ciencia y la construcción política de esta, la verdad, en el imaginario social.

Hoy por hoy, y en la dirección de achicar la brecha entre ciencia y sociedad, la divulgación adecuada del conocimiento científico es, probablemente, tan importante como la propia investigación científica.

A partir de la verdad construida desde la interpretación de la realidad, se generan relatos y convicciones que movilizan a las personas y las masas sociales, que tienen el potencial de modificar la realidad y construir nuevas formas de verdades.

No se puede ser ingenuo: siempre existirá una intencionalidad política en el abordaje de esta secuencia de acuerdo a qué realidad se quiera construir con respecto a las fuerzas productivas y de desarrollo.

Pensamiento político y rol de la ciencia

El informe de la OMS “Subsanar las desigualdades en una generación: alcanzar la equidad sanitaria actuando sobre los determinantes sociales de la salud” plantea la necesidad de trabajar en tres niveles: mejorar las condiciones de vida de la gente, luchar contra la distribución desigual del poder, el dinero y los recursos, y medir la magnitud del problema, analizarlo y evaluar los efectos de las intervenciones. Reconocer que existe un problema y conseguir que se evalúe la magnitud de la inequidad sanitaria a nivel nacional y mundial es un punto de partida esencial para la acción. La visión de la OMS se da de bruces con las concepciones liberales de derecha y su visión antropológica del ser humano y su necesidad de autopreservación y desarrollo, aun por encima de los demás.

De hecho, de extender este polo de “egoísmo” sobre el polo “solidaridad”, se podría éticamente justificar la acumulación inusitada de riquezas por unos y el hecho de que, fruto del desarrollo acelerado de la inteligencia artificial y la robótica, los pobres actuales no sean siquiera una categoría de ejército industrial de reserva, sino humanos absolutamente prescindibles. La humanidad se encontrará frente a un cambio cualitativo en el cual la desigualdad social llevará a una desigualdad biológica, generando las bases de “superhumanos”. Como advierte Harari,2 “la fusión de la infotecnología y la biotecnología es una amenaza para los valores modernos fundacionales de la libertad y la igualdad”, ya que el desarrollo científico-tecnológico está poniendo a la humanidad en los prolegómenos de una nueva especie mejorada genética y tecnológicamente, de la que formarían parte quienes puedan pagarlo.

Replantear la relación entre ciencia y política

Ciencia y política se necesitan mutuamente para poder hacer frente a esta situación de crisis humanitaria. Pero, lamentablemente, ciencia y política no siempre han estado a la altura de las circunstancias, ya que ambas padecen de antivalores que afectan su quehacer. Por un lado, en la ciencia, la falta de valores ha generado una seudociencia, o bien desacoplada del interés social y sólo al servicio de las grandes empresas transnacionales, o bien intentando justificar sin evidencias sólidas decisiones políticas equivocadas. Esta seudociencia o ciencia no ética es funcional a los valores de los poderosos y prioriza el logro del lucro sobre la equidad, con lo cual violenta los propios postulados del desarrollo de la bioética científica.

Por otra parte, desde la política, la gestión de beneficiar lo económico por sobre lo sanitario ha ensanchado como nunca antes las brechas de inequidad en cuanto a enfermedad y muerte. En nuestra región, los Estados Unidos de Donald Trump y el Brasil de Jair Bolsonaro han triplicado las muertes en los sectores más vulnerados.

Desde siempre, la ciencia tuvo un enemigo acérrimo: el fundamentalismo religioso. Desde la muerte en la hoguera de Giordano Bruno hasta los actuales QAnon en Estados Unidos, los fundamentalismos se contraponen a la ciencia. Por lo tanto, desde un razonamiento por la contraria, se buscará el denominador común valórico de la ciencia en lo que puede ser común para la civilización ‒sea con enfoque de derecha o de izquierda‒: la laicidad.

En este sentido, la laicidad y sus valores inherentes, los valores del humanismo, son la clave para avanzar en este momento histórico, como lo han sido en la historia de la humanidad. Se entiende por valor la cualidad positiva que tiene un individuo o una actividad y que la hace apreciada socialmente. Por definición, cada valor tiene su antivalor. Y la ciencia sin valores deviene experimentación para el lucro. Por su parte, la política sin humanismo lleva, como hemos visto, a la profundización de la inequidad.

Los valores de la laicidad y el humanismo aplicados al enfoque de la relación entre ciencia y política se pueden analizar en cinco niveles: el valor de la bondad y la empatía, que tiene como antivalor la maldad y la indiferencia hacia el sufrimiento humano; el valor de la verdad emergida del conocimiento científico, que tiene como antivalor el oscurantismo conspirativo sin fundamentos sustentado en el miedo y la desinformación; el valor de la justicia y la equidad, que tiene como antivalor la justificación de la inequidad injusta; el valor de la libertad responsable, que tiene como antivalor el autoritarismo; el valor de la valentía transformadora, que tiene como antivalor la cobardía de mantener el statu quo.

Cuando hay un desarrollo conceptual con base en valores es frecuente la tipificación de ingenuidad de quienes se refieren a esto con el mote de “el mundo no es así”. Ante esto, debemos sostener que el mundo es lo que se hace de él.

Por último, a pesar de esta defensa de la ciencia en la política, se debe prevenir la “meritocracia” como el único fiel de la balanza a la hora de la toma de decisiones. La meritocracia tiene dos problemas importantes:3 los que tienen mayor posibilidad de acceso a la ciencia están en general vinculados con los sectores más acomodados y, como se vio, estos valores podrían influir en su desempeño; y, en segundo lugar, en la medida en que los estímulos economicistas y mercantiles sean los hegemónicos, puede ser también una fuente de lucro. Vincular la ciencia y los científicos con la sociedad civil organizada es un camino promisorio para que no haya una nueva segregación de castas privilegiadas y se logre el involucramiento de cada vez más sectores sociales con la verdad, y la ciencia como método de acceso a ella. A este respecto, hoy por hoy, y en la dirección de achicar la brecha entre ciencia y sociedad, la divulgación adecuada del conocimiento científico es, probablemente, tan importante como la propia investigación científica.

Leonel Briozzo es docente de la Facultad de Medicina de la Universidad de la República, integrante de la asociación civil Iniciativas Sanitarias e integrante del comité de ética de la Federación Internacional de Ginecología y Obstetricia.


  1. “‘El covid-19 no es una pandemia’: los científicos que creen que el coronavirus es una sindemia (y qué significa esto para su tratamiento)”. BBC Mundo.  

  2. Yuval Noah Harari. 21 lecciones para el siglo XXI

  3. Michael Sandel: “El primer problema de la meritocracia es que las oportunidades en realidad no son iguales para todos”, BBC Mundo