Como de costumbre, Pedro Almodóvar nos sorprende con su última película, Madres paralelas (El Deseo, 2021). Como de costumbre, tiene a la brillante Penélope Cruz en el rol protagónico. Se trata de una enorme obra de arte sobre la que mucho se escribirá, pero quisiera invitar a verla no sólo por lo que ella nos dice sobre la España de hoy sino por lo que a través ella vemos de nuestro Uruguay.

El film tiene muchas entradas posibles pues contiene una inmensa complejidad narrativa y una base enorme de cosas no dichas, de texto tácito. Es la historia de dos mujeres, Ana y Janis, dos madres solteras que se conocen en la maternidad en la que comparten habitación en el momento del parto. Janis (Penélope Cruz), tiene 40 años y es una brillante fotógrafa que encarna la burguesía hipermoderna de Madrid. Queda embarazada accidentalmente de un antropólogo, Arturo, de quien hace un retrato para un semanario. Janis decide tener sola a su hija, Cecilia, e inscribirse así en un linaje de madres solteras, como su abuela y su madre. Hasta aquí, el nacimiento parece coronar la felicidad de una mujer que afirma su independencia teniendo una hija sin padre, y de mujer sin compañero ni marido –con amante alcanza–. Al contrario, Ana (Milena Smit), es una adolescente de 17 años aterrada por un embarazo que es fruto de una violación colectiva y de un amor de adolescencia. Es incapaz de saber quién es el padre de la niña que espera, Anita, si el compañero del liceo que le gusta o alguno de los otros dos amigos que la violaron bajo amenaza de extorsión.

Madres paralelas es una historia de mujeres: las madres, las abuelas y las tías, la amiga directora de una revista, la niñera, la estudiante, las sirvientas, la actriz que encarna Rosita la solterona, de Lorca. El único hombre que aparece en la pantalla es Arturo (Israel Elejalde), un antropólogo forense al que Janis retrata y al que pide ayuda en un asunto fundamental. Janis cuenta a Arturo que en julio de 1936 en su pueblo se produjo un fusilamiento clandestino de diez hombres cuyos cuerpos están enterrados en un terreno baldío de las afueras. Frente a la inacción del Estado, Janis pide al antropólogo forense que excave el sitio para descubrir la masacre. Entre los fusilados, cuyos cuerpos se ocultan allí donde todo el mundo sabe, se encuentra el del bisabuelo de Janis, maestro y fotógrafo como ella –quien había retratado a cada uno de sus compañeros de infortuna–.

El presente de la película se desarrolla bajo el gobierno de Mariano Rajoy (presidente del gobierno español de 2011 a 2018), quien se había jactado de cortar toda subvención pública a la búsqueda sobre la memoria histórica de los crímenes de la dictadura franquista (1936-1975), y quien reformó la ley del aborto obligando a las menores, como Ana, a contar con la autorización del padre para poder interrumpir el embarazo. Como en una muñeca rusa, el presente preñado de historias pasadas.

El pasado franquista aparece en el inicio de la trama y en el cierre de ella. En el centro, el drama de las “madres paralelas” que son Ana y Janis ocupa casi todo el desarrollo de la película. Como la realización de un miedo fantasmal que asalta a las madres en las maternidades, los bebés de ambas son intercambiados en la maternidad y cada madre parte, sin saberlo, con la hija equivocada. A poco que el bebé crece, descubrimos que esa niña no se parece a nadie conocido. Pero como Janis nunca conoció a su propio padre, de quien sólo sabe que era un venezolano, atribuye el parecido extraño de la niña a una supuesta transmisión por herencia de este. Cuando Arturo, único amante de Janis, se encuentra con la niña y no se reconoce en ella, le pide un test genético para verificar la paternidad. La duda se actualiza en la propia Janis, quien realiza un test de filiación y descubre que la niña no es hija suya. Pero maternalmente enamorada de esa niña de la que no tiene ascendencia biológica, oculta lo que sabe para no perderla.

Paralelamente, el bebé de Ana muere inexplicablemente, de “muerte súbita”. Frente al drama, Ana viene en búsqueda de Janis, aquella madre que tanta confianza le había transmitido en la maternidad. Janis, que sospecha ya del cambio de bebés, se siente aterrada al comprender que quien ha muerto es en realidad su hija. A escondidas hace un test de filiación entre Ana y la pequeña Cecilia y se confirma lo evidente. Cecilia es la hija de Ana, que parte con la niña ni bien Janis le cuenta la verdad –luego de varios meses de callar, atormentada–.

Almodóvar ofrece una historia en la que la ciencia viene a establecer una relación de objetividad que vuelve imposible el ocultamiento y la mentira. Las pruebas genéticas desenredan la confusión entre las madres y sus hijas volviendo imposible la maternidad de Janis sobre Cecilia. Pero es la convicción de Janis y su búsqueda de verdad respecto del crimen cometido contra su bisabuelo y los otros hombres del pueblo la que la conduce a buscar las pruebas de filiación respecto de esa niña a la que ama como a una hija. En un caso como en el otro, necesita saber. Una vez establecida la filiación genética entre Ana y la pequeña Cecilia, Janis ya no puede sino restituir el orden de las cosas. Sin embargo, en el momento de desvelar la verdad, ambas mujeres se ven desgarradas por el dolor que las atraviesa. Paralelamente, las pruebas genéticas y la pericia del equipo de antropología forense que dirige Arturo descubren el crimen oculto desde 1936 y restituyen a las mujeres que los esperan los cuerpos de sus hombres queridos. ¿Cómo no recordar a esa altura que Lorca es el autor de Rosita la solterona, una obra que entra mil veces en la trama de la película a través del personaje de la madre de Ana? Lorca, fusilado por el franquismo y cuyo cuerpo permanece enterrado sin sepultura, presumiblemente, en un parque del centro de Granada... lo que todos saben, o creen saber, pero nadie puede corroborar.

¿Cómo no pensar, desde Uruguay, en esa otra película, genial, Las manos en la tierra? El documental de Gonzalo Arijón y Virginia Martínez (2010) precede por más de diez años la ficción de Almodóvar. Una transcurre en España, la otra en Uruguay. En cada caso se explora el pasado fascista de ambas sociedades y los crímenes que las dictaduras de Franco y la nuestra (1973-1985) produjeron con la tecnología del asesinato clandestino, el ocultamiento del crimen y del cadáver –que hoy conocemos bajo el nombre de “desapariciones”–. En ambas películas tiene un rol preponderante un experimentado antropólogo; el personaje de Arturo en Madres paralelas, José López Mazz en Las manos en la tierra. Buscar los huesos, encontrar el lugar del enterramiento y ocultamiento que impiden el duelo y la sepultura, hallar las pruebas materiales del crimen que acecha, como un verdadero fantasma, el presente de las madres y, a través de ellas, de la sociedad toda, jaqueada para siempre por ese espectro que, incapaz de permanecer en el más allá que cobija a los muertos y nos protege de sus embates horrorosos, merodea entre los vivos como si no estuviese muerto. La labor de esos antropólogos es permitir el reconocimiento del crimen, la identificación de las responsabilidades y el reposo de los vivos que podrán ahora vivir su pena pero también dormir en paz desde que el muerto recobre sepultura, requiescat in pace. También restablecer, por vía de los vínculos genéticos de parentesco, la identidad de las personas cuyos restos allí se encuentran.

Así, en 2011, los equipos dirigidos por López Mazz encuentran enterrados en un predio militar los restos identificados poco después, gracias a las pruebas genéticas, como pertenecientes al maestro Julio Castro, secuestrado en 1977. Sus manos atadas, el cráneo perforado por un disparo de bala en la frente.

Pero Almodóvar sabe que tanto los vínculos entre las personas como sus identidades no son genéticos, que ello obedece a otro tipo de herencia, simbólica y afectiva en el caso de los lazos familiares; política, social y cultural, en el caso de los vínculos sociales. Así, como López Mazz, Arturo no se limita a tomar muestras de saliva de los descendientes de aquellos hombres ejecutados para corroborar el parentesco. Escucha los relatos de esas mujeres sobre sus padres, abuelos, bisabuelos.

Una cuenta que ella estaba en brazos de su padre jugando con un sonajero cuando se lo llevaron. Otra que su abuelo tenía un ojo de vidrio. De un tercero se sabe que llevaba una alianza con el nombre de su amada y la fecha de casamiento. De otro más, que tenía unas sandalias muy pobres de campesino. Y el antropólogo encontrará en la fosa ojo postizo y sonajero, alianza y sandalias entre los esqueletos de los fusilados. Todos elementos que remiten a la vida social, a los afectos, a las relaciones entre los hombres y las mujeres, que obedecen tanto a dimensiones de la vida social que podemos objetivar como otros de los que sólo podemos hablar, narrar, conversar. Janis, por ejemplo, no posee ninguna herencia simbólica de aquel que se acostó con su madre en noches de sexo y droga, y sólo sabe aquello que le contó su abuela: que era un venezolano muy moreno. Nada pueden decirle los genes. Janis tuvo genitor, pero no padre. En cambio, sabe mucho respecto de su bisabuelo fusilado porque su abuela, que la crio, se encargó de contarle todo, hasta dónde está su cuerpo y cómo fue muerto. Janis y el pueblo necesitan simplemente que pueda reconocerse la verdad del crimen atroz sin miedo ni ocultamiento, y que así la sepultura entre en el orden simbólico que reservamos a los muertos y a los antepasados en nuestras civilizaciones. Es por ello que esas mujeres, y a través de ellas todo el pueblo, necesitan del conocimiento objetivo que restablezca el orden de la historia y el lugar de cada quien en la sociedad presente, incluidos los verdugos y sus herederos. Estos últimos, precisamente, son herederos simbólicos y no genéticos. Son herederos del franquismo y de nuestra dictadura quienes reivindican esa acción y quienes continúan ocultando o distorsionando la verdad. Como ninguna idea y ningún valor, ni el fascismo ni la revolución se llevan en la sangre.

Entender esa relación entre lo material y lo simbólico es de una importancia política capital. Se trata de una relación profundamente desestabilizada hoy y para la que nuestra sociedad ofrece puntos que permiten trabajar algunas de las condiciones de su inteligibilidad. Toda la obra de Gabriel Gatti, sociólogo uruguayo en la Universidad del País Vasco, brinda una de las más sofisticadas reflexiones al respecto para el caso de los desaparecidos y de la relación que estos tienen con su ascendencia, las “madres” o los “familiares”, y su descendencia, los “hijos” que no por ello son, necesariamente, sus herederos políticos, pero sobre cuyas espaldas se hace pesar la herencia de los desaparecidos.

Pero esa relación entre el cuerpo y la identidad social o, más precisamente, entre el cuerpo y el conjunto de relaciones sociales que constituyen a una persona, se encuentra, como en las películas citadas, en el centro de otros conflictos que atraviesan el presente político de nuestras sociedades. Ya se sabe que el peligro acecha a dos puntas. De un lado, el peligro surge cada vez que se desconoce toda relación de objetividad, de materialidad o de condicionamiento biológico, como si no fuésemos más que espíritu, deseo y voluntad. Ilusión. Del otro lado, el peligro surge cada vez que se quiere aplastar al sujeto, a las relaciones sociales, a la cultura y a la política con el rígido peso del determinismo biológico. El primer caso ocurre, por ejemplo, cuando se ignora toda relación entre la sexualidad y el cuerpo de las personas; cuando se confunde la irreductible libertad política que permite a cada uno “hacer de su pito un culo”, como sabiamente se dice, con la compleja y difícil relación psíquica y social que existe entre nuestros cuerpos y lo que nos hace hombres y mujeres, y lo que hacemos de las relaciones entre los hombres y las mujeres. El segundo caso se presenta, por ejemplo, toda vez que se emplea la palabra raza para clasificar a los humanos, puesto que la raza inevitablemente remite a un determinismo unilateral del cuerpo sobre la cultura y sobre la sociabilidad. Ya se sabe: para los negros el candombe, para los blancos el vals, y para los herederos de los Andes la quena y el charango. Lo mismo ocurre, de modo abigarrado, toda vez que se utiliza la palabra “cerebro” para invocar la psiquis, el alma o la persona, como si nuestra capacidad de simbolizar el mundo fuese reductible a un conjunto de conexiones eléctricas comparables al funcionamiento de una computadora. Sin sinapsis no hay sujeto, pero nuestra capacidad de dar sentido al mundo es ininteligible al electricista.

La sociedad uruguaya ofrece un punto de observación privilegiado sobre la confusión en la que entramos y que puede conducir a ahogarnos en un pantano farragoso del que nos costará salir. Le llamaré, la cuestión charrúa. Como bien intuyó Daniel Vidart en El mundo de los charrúas (1996), “a medida que la civilización científico-técnica [...] impone a las culturas nacionales el común denominador de sus artefactos y mentefactos, convirtiendo así a todo el planeta en una sociedad consumista homologada por la informática y el mercado, los pueblos del mundo buscan, a veces con una desesperación que da alas a los fundamentalismos, las raíces antepasadas de sus modos de ser y de pensar”, y ahí vamos nosotros en búsqueda de los charrúas. Pero lo que Vidart no podía todavía ver es que la herencia genética serviría de “mentefacto” en esa búsqueda. En el Uruguay de hoy existe una extraordinaria pulsión que nos empuja a buscar la raíz biológica de nuestra cultura y de nuestra identidad para exorcizar demonios que nos asustan. Así se piensa que buscando genes en la sangre de los uruguayos de hoy se encontrarán charrúas que habrían llegado en línea directa desde un pasado en el que reside un estado de naturaleza previo a la perversión provocada por la llegada del colonizador. Hacemos eso pese a que sabemos perfectamente que hallando genes de los contemporáneos de Guyunusa entre los individuos que pueblan el Uruguay de hoy no se encuentran charrúas. Simplemente porque aquellos que llamamos charrúas o guenoas o minuanes eran un pueblo, una cultura, una civilización, y no sólo un conjunto de cuerpos cuya herencia biológica se transmite vía el ADN. Y porque la relación entre la biología de aquellos individuos y la cultura que fueron capaces de crear no se transmite a través de óvulos y de espermatozoides sino, principalmente a través de la palabra.

Nada nos impide a los uruguayos pensarnos y sentirnos como charrúas y así reconocernos mutuamente y frente a los otros no-charrúas o no-uruguayos. Podemos asociar esa “identidad” a una idea tan potente como la de “garra”. Esta representación social de nuestro presente y de nuestro pasado por la que nos volvemos herederos de aquella (mítica) idea puede ayudarnos dándonos unidad como pueblo y una singularidad en el mundo. Tiene ciertamente como contrapartida, pero no como necesidad, cierto ocultamiento del pasado. Así puede resultarnos éticamente insoportable que esa mitología se haya construido sobre el exterminio de aquellos de quienes hoy nos reivindicamos herederos.

Como el franquismo, los pensamientos totalitarios contemporáneos apuestan a que la eliminación de las personas que portan ciertas ideas permita liquidar esas utopías. Y ello puede resultar verdad, como tanta vez la historia lo ha demostrado. El caso de los charrúas ofrece un buen ejemplo. La exterminación del pueblo y la opresión de los pocos individuos que sobrevivieron liquidó la lengua y con ella buena parte de la cultura precolombina de nuestras pampas. Pero lo contrario no es verdad. No es el rescate de unos cuantos genes entre nuestros contemporáneos lo que permitirá el renacimiento de aquel espíritu. Los genes nos permiten saber que no todos fueron masacrados y que los sobrevivientes, seguramente, hablaron de su pasado.

La verdad es hoy una palabra que nos asusta tanto como nos fascina. Ella es indispensable al funcionamiento de nuestro aparato psíquico tanto como lo es al funcionamiento de nuestras democracias. No toda nuestra cultura resiste a la demanda de verdad, como no siempre nuestro psiquismo puede soportar lo cierto. Pero sin verdad nos disolvemos en la locura y en la guerra. La brillante película de Pedro Almodóvar nos ayuda a pensar una relación particularmente compleja entre esos dos términos distintos e inseparables presentes en el conflicto dramático en el que se enredan la herencia genética y la herencia simbólica. Y esa palabrita que colamos aquí, “drama”, debe permitirnos pensar que no siempre esa relación entre el alma y el cuerpo, o entre lo material y lo simbólico, tiene una solución feliz. Como con los charrúas, la historia de nuestras sociedades presenta muchas veces tramas dramáticas.

En fin, si usted dudaba de que Madres paralelas es una película para uruguayos, se sorprenderá al final del film leyendo una frase de nuestro querido Eduardo Galeano que Pedro Almodóvar dejó allí como si hubiese visto que nuestra experiencia puede iluminar la de los españoles.

Denis Merklen es sociólogo. Su último libro publicado es Detrás de la línea de la pobreza. La vida en los barrios pobres de Montevideo, Buenos Aires y Montevideo, Gorla y Pomaire, 2019, junto a Verónica Filardo.