Después de todo avance en derechos viene la reacción −manotazo conservador que quiere volvernos a un pasado mejor solo para quienes sus privilegios estaban solapados– y, lamentablemente, los avances feministas de los últimos años no son la excepción. Estamos en un momento de backlash, donde los viejos discursos que atribuían las desigualdades de género a la biología (naturalizándolas) y a lo individual (colocándolas por fuera de nuestra responsabilidad), que por un tiempo un poco se habían silenciado (o al menos se contenían), volvieron, sin vergüenza, a salir a la luz. Es el eterno retorno de los machirulos.

Malas, locas y mentirosas

En Buenos Aires, hace un par de meses, se le prohibió a les docentes el uso lenguaje inclusivo. Al mismo tiempo, en Uruguay, la Universidad de la República (Udelar) rechazó el proyecto presentado por Cabildo Abierto, con fines similares. Además, en Uruguay también, la coalición de derecha está impulsando un proyecto de tenencia en el que padres con medidas cautelares por violencia mantienen el régimen de visita a sus hijes.

Este proyecto no solo viola el derecho de las infancias a la protección, sino que se basa en una teoría falsa, conocida como síndrome de alienación parental. Esta teoría sostiene que, en casos de violencia, no se debe tomar en cuenta los testimonios de les niñes porque suelen mentir, influenciades por sus madres. A pesar de haber sido desautorizada por falta de evidencia por la psiquiatría y la psicología, esta teoría sigue siendo usada para desacreditar a mujeres y niñes en juicios contra varones agresores.

En Estados Unidos, hace un par de meses, la Suprema Corte de Justicia anuló la reglamentación (¡de 1973!) que garantizaba el derecho al aborto. Además, hace unos meses también, Johnny Depp inició y ganó un juicio por difamación contra su expareja, Amber Heard, quien lo había acusado antes por violencia. El juicio fue largo y trasmitido en vivo, por lo que tuvo un gran alcance mediático. De hecho, el caso se viralizó como “complejo” y “complicado,” por más que Heard presentó fotos de cortes, moretones, audios violentos de Depp y testigos que habían visto sus heridas.

En realidad, es menos complejo y complicado de lo que parece, dice Jessica Winter,1 y no es necesario creerle a Heard para empatizar con ella cuando quienes defendían a Depp le preguntaban por qué se había quedado con él si le pegaba.

La sola posibilidad de que la violencia hubiera sido bidireccional, o incluso mentira, dio rienda suelta a todo tipo de demonios misóginos y una descarada himpathy (empatía con varones violentos). De repente, volvió a parecer más fácil creer que ella era una loca que él era un violento. De repente, volvió a parecer que a quien había que proteger era a él, aunque fuera más rico y poderoso que ella.

Irónicamente, Heard fue la más difamada. Depp tiene varias películas para que lo recuerden, a ella la pintaron como una loca y una mentirosa, lugar que, desde la caza de brujas, se usa para silenciarnos. Este juicio fue un piñazo al “hermana yo sí te creo,” un volver a hacernos sentir que si denunciamos situaciones de violencia seremos ridiculizadas.

Tanto estos juicios, como el proyecto de tenencia que se está impulsando en Uruguay, buscan desacreditar la credibilidad de quienes denuncian a varones violentos, con el trágico resultado de que ellos terminen siendo los más protegidos. El fantasma de la mujer mala, loca y mentirosa sigue teniendo adeptos y, al parecer, generando más miedo que el varón agresor, a pesar de que este último sea mucho más mortal.

El privilegio de la credibilidad

Amia Srinivasan (2021) escribió sobre el miedo de los varones a ser falsamente acusados. No niega que esto pueda suceder, pero señala que no sucede mucho y que, cuando sucede, lo más común es que la falsa acusación la haya hecho otro varón. Usualmente se ha tratado de policías o abogados que se ensañaron con sospechosos equivocados.

Dice Srinivasan, también, que la ansiedad de ser falsamente acusado se presenta como una ansiedad de justicia, el miedo a que personas inocentes sean injustamente dañadas. Pero en realidad, es una ansiedad de género, varones con miedo a ser dañados por mujeres (de nuevo, malas, locas y mentirosas).

Bajo la ley, dice Srinivasan, somos todes inocentes, pero algunos son más inocentes que otres. En este sentido, el “hermana yo si te creo” opera como una norma correctiva, un gesto de apoyo a aquellas que la ley trata como si estuvieran mintiendo.

Además, todes tenemos derecho a la presunción de la inocencia, pero ¿qué pasa cuando la evidencia estadística muestra que los varones en posiciones de poder tienden a abusar de él? Pensemos, por ejemplo, en la Operación Océano. La presunción de inocencia, así como está, no reconoce desigualdades, ni relaciones de poder, entre acusados y acusadores. De ahí que tienda a funcionar para defender al acusado, que suele ser varón y tener otro montón de privilegios (dinero, contactos y credibilidad). Esos privilegios son los que estamos cuestionando cuando decimos “hermana yo sí te creo”. Por eso la ansiedad a la acusación. Es la ansiedad a la pérdida de privilegios, el privilegio de la credibilidad.

Cómo contestarle a un machirulo (sin que se te vaya la vida en ello)

En este contexto reaccionario, además de estarse cuestionando la veracidad de las mujeres, se están disputando los avances feministas en torno a cómo pensamos la violencia de género, incluyendo el uso de términos como feminicidio. Por eso, elaboré este “kit de resistencia” para responder a los argumentos más comunes (si es que nos da la energía y las ganas).

En el fondo, lo que esta reacción viene a decir es lo que nos dijeron siempre:

(i) que las mujeres también violentan a los varones, por más que ellos son quienes las matan.

(ii) que la violencia, para los varones, es una disposición biológica y entonces no es su responsabilidad.

(iii) que la violencia se explica más por lo neuro-psicológico e individual que por factores sociales como el género.

(iv) que en realidad la culpa de que continúen los feminicidios es de las feministas, porque su definición de patriarcado es poco tangible (aunque se hayan escrito ríos de tinta), porque denunciaron la cultura patriarcal pero ¿qué han resuelto? Como si la estructura de una sociedad patriarcal se cambiara en 5, 10 o 15 años, con un par de políticas públicas focalizadas. Como si esto fuera lo que plantean “las feministas”.

Frente a esto, podemos decir varias cosas:

1. Cuando te dicen “las mujeres también les pegan a los varones”

Triste pero cierto: existe un grupo de investigadores, liderado por varones blancos del norte global que se dedican a cultivar este argumento (véase el trabajo de Murray Straus).

En primer lugar, si bien los varones también son víctimas de violencia por parte de mujeres en relaciones de pareja, la forma y el marco son distintos. La violencia de mujeres hacia parejas varones suele ser reactiva, defensiva y mucho menos letal que la de varones hacia mujeres. Además, los varones suelen ser violentos en sucesivas relaciones, mientras la violencia en las mujeres suele ser más circunstancial.

En segundo lugar, y muy importante, son muchos menos los varones asesinados por mujeres que las mujeres asesinadas por varones, en general y en el marco de una relación de pareja.2 Además, los homicidios de mujeres a parejas varones han disminuido, mientras que los feminicidios íntimos han aumentado.3 De hecho, los varones tienen mayor probabilidad de ser asesinados por otros varones. La violencia masculina no solo lastima a las mujeres, sino también a los varones mismos.

Cuando se pone en cuestión que las mujeres sean tan violentas como los varones, se incurre en errores de medición que ignoran las diferencias entre estas violencias, englobándolas como iguales. Cuando un tema se presenta como neutral en torno al género, por ejemplo, cuando en lugar de violencia de género hablamos de violencia doméstica o violencia íntima de pareja es fácil olvidar que el tema no es neutral al género.

Los feminicidios se califican como tales cuando es posible reconocer una lógica ligada a las relaciones de desigualdad entre mujeres y varones. Por ejemplo, cuando nos matan porque un varón consideró que una mujer “era suya”. Por eso decimos “la mataron por ser mujer”, porque en nuestra sociedad, bajo estas relaciones de desigualdad, ser mujer es ser de otro. Y esta forma de tratar a las mujeres se extiende más allá de los feminicidios, por eso las feministas decimos que los feminicidios son un problema social y de género. ¿Quién no ha dicho “la mujer de” para referirse a la pareja de un varón?

Los varones, en cambio, no son “de alguien” sino que son alguien. En tanto el género, es un sistema jerárquico donde el varón está por encima de la mujer; es esperable que observemos los patrones de violencia que observamos: son los varones quienes sienten la potestad de matar a las mujeres, y no al revés. De ahí la importancia de nombrar la violencia hacia las mujeres, incluidos los feminicidios, como una forma de violencia específica que tiene raíz en una sociedad machista (o en un cierto sistema sexo-género) y de combatirla en concordancia.

El fantasma de la mujer mala, loca y mentirosa sigue teniendo adeptos, y al parecer generando más miedo que el varón agresor, a pesar de que este último sea mucho más mortal.

2. Si te dicen que los varones son más violentos que las mujeres por su biología4

La respuesta corta es que esta afirmación carece de fundamento científico. Es decir, a pesar de que existen diferencias biológicas entre mujeres y varones a nivel hormonal, e incluso cerebral, no existe evidencia de que estas diferencias expliquen por qué los varones son más agresivos que las mujeres.5

Si bien existe una asociación entre la testosterona de base y las variaciones de esta a nivel individual en varones, esta asociación es bastante débil: la primera explica 5% de la variación de la agresividad observada, y la segunda, 10%. Además, las investigaciones que van más allá de la correlación, y testean relaciones causales, no han tenido resultados que nos permitan afirmar que la testosterona provoca la agresión.

Algunas de las personas que promueven esta noción se basan en investigaciones realizadas con animales, no en seres humanos. Por ejemplo, hay estudios con ratones que sugieren que las diferencias entre machos y hembras en materia de agresión están mediadas por la amígdala, que es más grande en los machos como resultado de la testosterona prenatal. No obstante, los esfuerzos para extender este modelo a los seres humanos no han sido exitosos. Además, es una discusión para nada saldada qué tanto se puede extrapolar de estudios animales a humanos.

En el caso de la testosterona, su relación con la agresión está moderada por factores de contexto vinculados al género, y a las conductas que socialmente se habilitan y promueven en mujeres y varones. Recapitulando, asociaciones entre testosterona y agresión de entre 5% y 10% poco explican por qué los varones cometen el 95% de los homicidios procesados alrededor del mundo.6

3. Hay quienes dicen es un tema psicológico o neurológico (que está más de moda)

En definitiva, más individual que social. Si bien nadie descarta que estas dimensiones (personalidad, alcoholismo y depresión, por ejemplo)7 entren en juego en las situaciones de violencia, hay que entenderlas desde una perspectiva de género, de nuevo, en el marco de relaciones desiguales entre mujeres y varones.

En los estudios de género, existe el consenso de que esta desigualdad, o sistema sexo-género, opera en varios niveles: individual, interaccional y estructural (que contiene la cultura, las instituciones y el reparto de los recursos). En el plano individual, por ejemplo, esto se manifiesta en el hecho de que los varones con ideologías familiares más patriarcales tienen mayores probabilidades de violentar a sus parejas que los que no.8

En el plano de lo estructural, observamos que la desigualdad de género a nivel país (incluyendo normas sociales donde los varones tienen más autoridad y derechos de propiedad que las mujeres) predice el riesgo que corren las mujeres, individualmente, de ser víctimas de violencia en ese país.9 De hecho, las sociedades más igualitarias, en materia socioeconómica, racial y de género, tienen menores niveles de violencia en general y de violencia contra las mujeres en particular.10

Además, si los varones violentos (esposos, cohabitantes, parejas, exparejas o novios) tienen, de hecho, una enfermedad mental: ¿por qué solo golpean a sus parejas o exparejas mujeres y no a sus jefes, amigues o vecines?

4. Y no faltan quienes dicen que, en realidad, es todo culpa de las feministas

Rebuscados, pero los hay. Sostienen que las interpretaciones feministas son erradas y por lo tanto también las soluciones que estas plantean. Dicen que no hay suficiente evidencia de que los feminicidios son un tema de género. A pesar de que, en Uruguay, hasta mediados de julio de 2022, 19 mujeres habían sido asesinadas por varones (parejas, expareja o familiares) y solo pude encontrar un caso de un varón asesinado por su pareja mujer, que declaró ser víctima de violencia de género.

Por otro lado, los feminismos son múltiples, como también lo son las soluciones que las feministas plantean. Se están dando grandes e importantes debates sobre el punitivismo, su utilidad y su dimensión ética. Se están gestando reglamentaciones para hacer frente al acoso sexual en las organizaciones laborales. Se están discutiendo otro tipo de respuestas, como los escraches y las cancelaciones. Estamos innovando en cómo hacer frente a violencias de este tipo, porque no hace tanto que las reconocemos y nombramos.

Aspiramos a cambios en todos los niveles en los que opera la desigualdad. Es decir, políticas focalizadas para situaciones individuales y de emergencia (que incluyan atención a mujeres que sufren violencia y rehabilitación a perpetradores), pero también políticas macro: a nivel cultural, de reparto de recursos y de poder (que incluyan políticas de cuidado, paridad política y empoderamiento económico de las mujeres).

Sostener que sigue habiendo feminicidios porque las feministas no han generado evidencia empírica suficiente de que las mujeres sufren violencias específicas no solo es una locura, sino que es volver a culpar a las mujeres por la violencia que sufren (vuelta de tuerca ya conocida).

Dice Nancy Worcester que el backlash, o la reacción conservadora ante un movimiento político y social, es siempre un signo de cuán exitoso ha sido dicho movimiento. Dice también que nadie estaría diciendo que las mujeres son tan violentas como los varones si no hubiera habido tantas mujeres organizadas y haciendo frente a la violencia masculina. En definitiva: “Ladran Sancho, señal que cabalgamos”.

Inés Martínez es socióloga. Una versión más extensa de este artículo fue publicada originalmente en Razones y Personas.


  1. https://www.newyorker.com/culture/cultural-comment/the-johnny-depp-amber-heard-trial-is-not-as-complicated-as-you-may-think 

  2. Ver UNODC (United Nations Office on Drugs and Crime) (2013). The Global Study on Homicide. Viena, UNODC. Y Worcester, Nancy (2002). “Women’s Use of Force: Complexities and Challenges of Taking the Issue Seriously”. Violence Against Women 8(11):1390-1415. 

  3. Zahn, Margaret (2013). “Intimate Partner Homicide: an Overview” en Journal National Institute of Justice N° 250. 

  4. Hay incluso quienes justifican la violación como un producto natural de la evolución (Vea: “Una Historia Natural de la Violación: Las Bases Naturales de la Coerción Sexual” por Thornill y Palmer, 2000). 

  5. Ver Eliot, Lise (2021). “Brain Development and Physical Aggression: How a Small Gender Difference Grows into a Violence Problem”. Current Anthropology 62(S23): S66-78. Y Geniole, S. N., B. M. Bird, J. S. McVittie, R. B. Purcell, J. Archer y J. M. Carré (2020). “Is Testosterone Linked to Human Aggression? A Meta-Analytic Examination of the Relationship between Baseline, Dynamic, and Manipulated Testosterone on Human Aggression”. Hormones and Behavior 123:104644. 

  6. UNODC (United Nations Office on Drugs and Crime) (2013). The Global Study on Homicide. Viena, UNODC. 

  7. Johnson, Michael P. (2011). “Gender and Types of Intimate Partner Violence: A Response to an Anti-Feminist Literature Review.” Aggression and Violent Behavior 16(4):289-96. 

  8. DeKeseredy, Walter S. (2011). Violence against Women: Myths, Facts, Controversies. Toronto; Tonawanda, NY: University of Toronto Press. 

  9. Heise, Lori L. y Andreas Kotsadam (2015). “Cross-National and Multilevel Correlates of Partner Violence: An Analysis of Data from Population-Based Surveys”. The Lancet Global Health 3(6): e332-40. 

  10. Eisner, Manuel (2012). “What Causes Large-Scale Variation in Homicide Rates?” Pp. 137-62 in Violence among our Close Relatives, editado por H.-H. Kortüm y J. Heinze. Y Permanyer, Iñaki y Amalia Gomez-Casillas (2020). “Is the ‘Nordic Paradox’ an Illusion? Measuring Intimate Partner Violence against Women in Europe”. International Journal of Public Health 65(7):116.