La transformación educativa que el gobierno ha prometido como fórmula mágica para terminar con los problemas de egreso y formación de los adolescentes y jóvenes uruguayos ha tomado durante los últimos tiempos movimientos y ritmos desenfrenados, como los que tienen los carritos de las montañas rusas, no sin consecuencias evidentes. Es claro que los tiempos políticos tienen exigencias que los tiempos educativos no pueden acompañar. La educación exige plazos que no pueden regirse por la necesidad de los resultados que la política impone, máxime cuando ya estamos en el tercer año de gobierno, se viene la precampaña, se ha prometido mucho y nada bueno hay para mostrar.

Seguramente para hacer algo visible se ha puesto foco en la transformación curricular, como si esta fuera la pócima mágica que va a solucionar todos los males existentes y, por si fuera poco, las autoridades de la educación no tuvieron mejor idea que disponer de una transformación exenta de la participación de los colectivos docentes. Se trata de una receta realizada por unos “expertos” que maestros y profesores, quizá concebidos como obedientes autómatas, deberán llevar a cabo en las aulas. De acuerdo a la perspectiva de los jerarcas, los docentes acatarán sin chistar y la magia de lo punitivo transformará al universo.

Sin embargo, el vértigo nunca es buen compañero, y la supuesta transformación, por lo menos en educación media, está sostenida en un régimen de apariencias a través del que se mantiene lo existente con cierto toque cosmético, con nuevos nombres para simular una novedad que no es tal, aderezada por un recorte presupuestal: lo mismo que ya existía pero más pobre.

Todo se resume a un conjunto de enunciados expresados en documentos de varias páginas que se bambolean al viento cada vez que el jerarca es entrevistado, como si la cantidad de páginas asegurara la calidad de su contenido. Sin embargo, hay en esos documentos señales que dan cuenta inequívoca del ejercicio de copiar y pegar fragmentos tomados de otros documentos ya existentes (recuérdese que en el caso de formación en educación se advirtió desde el principio el plagio en uno de los documentos oficiales).

El vértigo nunca es buen compañero, y la supuesta transformación, por lo menos en educación media, está sostenida en un régimen de apariencias a través del que se mantiene lo existente con cierto toque cosmético.

Durante los últimos días, la novedad es que se incorpora al viejo pero maquillado programa de Literatura -perdón, la asignatura ahora se llama “Arte con énfasis en Literatura”- correspondiente al antiguo tercer año -que ahora se llama noveno- un repertorio de páginas web sugeridas como recursos didácticos de acceso libre. La dificultad es que esa nómina, construida vaya a saber por quién, en qué tiempo y sin aparente criterio, contiene páginas como El Rincón del Vago o La salvación.com, además de sitios cuyo enlace ya está fallido pero entre los que puede encontrarse una diversidad descomunal, como por ejemplo una página mexicana que ofrece servicios para el lavado de camiones. Debo decir que, al principio, el sentimiento que anidó entre los docentes de la asignatura fue el de la incredulidad, pues en tiempos de fake news no sería llamativo que apareciera una noticia falsa de este tipo. Sin embargo, al recurrir a la página oficial de la Administración Nacional de Educación Pública (ANEP) y constatar la veracidad de la existencia de los recursos sugeridos, la incredulidad se transformó en ira e indignación, que se fueron acrecentado cuando, al ser consultado, el presidente de la ANEP comunicó que se incluyeron esos links para que los docentes sepan que existen. “Porque cuando usted es docente lo que tiene que hacer es formarse en todo”, respondió.

El presidente de la Asociación de Profesores de Literatura del Uruguay, profesor Álvaro Revello, dice con acierto que Robert Silva incurre en el pecado de hybris (término usado por los griegos para denominar la desmesura y la soberbia), pues es inaceptable que no reconozca el error y se muestre obstinado en un nuevo intento de justificar lo injustificable. Ya hemos presenciado la justificación de posgrados declarados pero inexistentes, plagios de textos y deslegitimación de los docentes haciendo oídos sordos a sus voces, entre otras cuestiones ocurridas.

Al momento, sin embargo, el diario El Observador anuncia que se está evaluando por parte del Codicen de la ANEP la posible sanción a los y las inspectoras que son responsables de haber agregado la referencia a esos sitios de internet. Esta última noticia nos deja claras muchas cosas: 1) al fin conocemos quiénes son los autores del “nuevo” programa que, como ya les conté, es el de siempre con algunos toques, incógnita que se mantenía hasta el momento; 2) evidentemente, en la ANEP los documentos se publican sin revisión de las jerarquías, que son en definitiva los responsables finales siempre, lo que demuestra una nueva falencia en la gestión de las tantas que se observan cotidianamente; 3) el argumento del presidente de la ANEP evidentemente no rindió, lo que lleva el tema a la sesión del Consejo Directivo Central al día siguiente (la inestabilidad y debilidad de la palabra del jerarca son llamativas); 4) en su afán de exonerarse, las autoridades buscan entonces señalar a otros culpables: los inspectores. Más allá de que sea achacable a la Inspección la debilidad de no haber actuado con la solvencia de un cargo técnico, ¿quiénes son los verdaderos responsables?

Este proceso demuestra el profundo desconocimiento de lo que es la construcción curricular y sus vericuetos por demás complejos. Recordemos que la cuestión curricular remite a “los procesos de selección, organización, distribución social y transmisión del conocimiento que realizan los sistemas educativos”. Es un trabajo arduo porque supone el consenso en torno a lo que la sociedad considera valioso para ser transmitido a las nuevas generaciones. No se puede hacer en la urgencia de unas pocas semanas, sin acuerdos, sin reflexión, sin trabajo compartido. Está en juego nada menos que la formación de las nuevas generaciones.