Cuenta Eliane Brum en La Amazonia: viaje al centro del mundo que “los habitantes del Xingú llaman banzeiro a la zona donde el río se embravece, por donde, si hay suerte, se puede pasar al otro lado; si no la hay, no. Un punto peligroso entre el lugar desde el que uno viene y al que quiere ir”.

Encrucijada o umbral, América Latina se encuentra en un momento decisivo de su historia. En un mundo donde la ficción del orden internacional, basado en la Carta de las Naciones Unidas y el Derecho Internacional, está saltando por los aires, las decisiones que tomen sus gobiernos determinarán su posición en la escena global. Ningún país, incluso los que por economía, geografía y demografía tienen mayores recursos, como Brasil y México, tiene autonomía estratégica para impulsar sus agendas en solitario.

La soberanía de los pueblos americanos está amenazada. El expansionismo territorial de Estados Unidos vuelve a aparecer en el horizonte, con la ambición declarada de Donald Trump de retomar el control sobre el Canal de Panamá y forzar la anexión de Canadá. También ha expresado su interés en comprar Groenlandia. Sigue la tradición epistolar iniciada por Franklin Pierce, decimocuarto presidente de Estados Unidos, que propuso a los Duwamish que vendiesen sus tierras a los colonos blancos y que ellos se fueran a una reserva. Como dijo el gran jefe Seattle en su respuesta: “Vamos a considerar su oferta porque sabemos que si no se la vendemos quizá el hombre blanco venga con sus armas y se apodere de nuestra tierra”.

El artículo 21 de la Carta de la Organización de Estados Americanos (OEA) proclama la inviolabilidad del territorio de los estados firmantes, no pudiendo “ser objeto de ocupación militar ni de otras medidas de fuerza tomadas por otro Estado, directa o indirectamente, cualquiera que fuere el motivo, aun de manera temporal”. A continuación, señala que “no se reconocerán las adquisiciones territoriales o las ventajas especiales que se obtengan por la fuerza o por cualquier otro medio de coacción”. En otras palabras, la victoria no da derechos. Pero para Trump, la legalidad internacional es papel mojado.

Nada nuevo, por otro lado, La historia de Estados Unidos es la historia de su expansión territorial. En 1823, su quinto presidente, James Monroe, formuló lo que luego se conocería como Doctrina Monroe, “América para los americanos”. En aquella época, la mayoría de las colonias españolas en América habían logrado ya su independencia y Estados Unidos aparecía como una potencia anticolonialista. Conforme a la Doctrina Monroe, el Caribe, México, América Central y el conjunto de América del Sur formaban parte de la esfera de influencia exclusiva de Estados Unidos. En 1880, el presidente Rutheford Hayes proclamó que para “evitar la injerencia de imperialismos extracontinentales en América, los Estados Unidos deben ejercer un control exclusivo sobre cualquier canal interoceánico que pudiera construirse”. El anticolonialismo de los primeros tiempos, cuando Estados Unidos carecía de una armada y de un ejército capaces de proyectar su influencia más allá de sus fronteras, se había convertido en imperialismo. América para los americanos convertido en América para Estados Unidos.

El imperialismo yanqui y su expansión territorial caminan en paralelo y se retroalimentan. Son dos caras de la misma moneda. Forman parte del código genético de un país que creció de forma depredadora mediante anexiones, cesiones y compras, hasta lo que es en la actualidad.

Lo ha dejado claro el vicepresidente JD Vance en la cumbre de Múnich: “Hay un nuevo sheriff en la ciudad”. Si la claridad es la cortesía del filósofo, el lugarteniente de Trump es Aristóteles. El Leviatán americano reclama pleitesía. La nueva Jerusalén mostrando los dientes, la razón de la fuerza.

En 1900 un colombiano, JM Vargas Vila publicó en Roma el folleto “Ante los bárbaros. El yanqui, he ahí el enemigo”. Completado en 1923, recién terminada la Primera Guerra Mundial, es un alegato feroz contra el expansionismo de Estados Unidos: “Washington apuñala a Bolívar por la espalda; y roba sus tesoros, los yanquis se entregan al reparto y al despojo de la América Latina [...] el yanqui ha escogido bien la hora [...] esta hora trágica y crepuscular en que nadie puede ir en ayuda de los pueblos que devora; el yanqui ha explotado la guerra europea como si fuera una mina [...], el monroísmo es la consigna de ellos, atracar más que atacar los pueblos débiles [...] mientras los pueblos de Europa mueren, ellos pillan; ellos prendieron la guerra en México, creyendo poder pillar entre las llamas de ese incendio”.

El mismo año, el escritor uruguayo José Enrique Rodó publicó Ariel, una obra que tendría una gran influencia en la cultura y la política latinoamericanas. Rodó cargaba contra la nordomanía, es decir, contra aquellos que en América Latina se subordinan a los valores anglosajones. El Ariel latinoamericano representa los ideales de espiritualidad y belleza frente al Calibán yanqui, caracterizado por el utilitarismo y el desarrollismo.

La soberanía de los pueblos americanos está amenazada. El expansionismo territorial de Estados Unidos vuelve a aparecer en el horizonte.

Rodó y Vargas Vila son hijos de su época y tienen la perspectiva propia de dos hombres blancos de clase alta. Sin embargo, desde dos extremos del continente coinciden en identificar la amenaza que supone Estados Unidos para los pueblos latinoamericanos. Hoy, en el inicio del segundo mandato de Trump, la lectura crítica de estos ensayos es apenas un punto de partida para repensar los desafíos de la integración latinoamericana en el siglo XXI. Hoy la lucha por la emancipación latinoamericana debe fermentar con nuevos ingredientes, los que proporcionan las nuevas rebeldías de una región que lleva la rebeldía en su ADN.

La rebeldía de los feminismos que lucha por la dignidad de cada ser humano contra el patriarcado, una lucha que apenas ha empezado. Cada letra sumada al acrónimo LGBTIQAP+ no es un capricho existencial y fraccionalista, es el grito desesperado de personas y colectivos humillados que reclaman reconocimiento, igualdad, dignidad y respeto.

La rebeldía medioambiental que lucha por salvar el planeta de la agresión perpetrada por el ser humano que nos está llevando a la sexta extinción de especies. La selva amazónica, en el corazón de América, es, como señala Eliane Brum, la zona cero, el lugar crítico donde se está librando esta batalla.

La rebeldía para poner la tecnología al servicio del bien común, un acto peligroso porque afecta a intereses muy poderosos. Desconectar del ruido digital y recuperar lucidez analógica para domesticar la tecnología y ponerla al servicio del ser humano y del planeta es apenas un primer paso.

En fin, la rebeldía del que no se resigna a hacer del mundo un lugar mejor, un hogar para todos. La rebeldía de la esperanza que conecta todas las rebeldías, que entiende que las políticas de clase y de identidad no son excluyentes.

Hoy, junto con la famélica legión de los parias de la tierra, esa rebeldía levanta a los trabajadores precarios, a los inmigrantes que soportan nuevas formas de esclavitud, a los millones de refugiados, exiliados y desplazados que huyen de la guerra, el hambre y la emergencia climática, a los pueblos indígenas que se consumen y desaparecen, devorados por la máquina de picar carne de un sistema productivo que está destruyendo el mundo.

¿Qué hacer? Las intervenciones de Estados Unidos en América Latina, siempre en defensa de sus supuestos intereses, han sido una constante. Nada de lo que sorprendernos, pues. La historia ofrece lecciones que pueden resultar de utilidad.

Jorge Volpi, en su panfleto “Contra Trump”, cuenta la historia de la expropiación de las empresas petroleras. El 18 de marzo de 1938, el presidente Lázaro Cárdenas firma el decreto por el que retoma el control para el pueblo mexicano de la industria del petróleo que explotaban 17 compañías extranjeras. Cárdenas anota en su libreta que “con un acto así, México contribuye con los demás países de Hispanoamérica para que se sacudan la dictadura económica del capitalismo imperialista”. Volpi concluye: “Nunca más un 1863, nunca más un país agachón”. Sabe que la cesión y el miedo son malos consejeros, que sólo prologan la humillación y la intervención extranjera. Por lo tanto, serenidad e inteligencia ante las amenazas, como han demostrado Brasil, Colombia, México y Panamá en las últimas semanas. Acción firme y coordinada de la región, basada en el derecho internacional y el multilateralismo, en defensa de la soberanía y la dignidad de los pueblos latinoamericanos. Y redoblar los esfuerzos por la integración regional, con espacios de reflexión y acción conjunta para construir el Estado continental, como proponía Alberto Methol Ferré. La unidad, ese es el camino. No hay otro.

El libro de Brum termina con una dedicatoria: “A todes aquelles, humanes y más-que-humanes, que desobedecen a los devoradores de mundo y urden la revuelta”. Es un programa político, cargado de esperanza y futuro. Desobedecer, plantarse, decir “no”, “basta”, “hasta aquí hemos llegado”.

Y revolverse, de forma individual y colectiva. La revuelta doméstica de lo cotidiano, desde donde se despliegan las alas, se tejen los afectos, se practica la armonía, el decrecimiento, la bondad. Y también, sin duda, la revuelta política, que organiza complicidades, como una telaraña poderosa desplegada en todas direcciones. Desde abajo, con los más humildes, con los pueblos-selva, con los habitantes de las periferias urbanas del mundo, con los vencidos y humillados, pero también con los pocos de arriba que sienten cómo se desentumecen sus huesos, cómo empiezan a despertar, cómo dejan de ser inmunes al dolor y a las peripecias ajenas. Y, sobre todo, con la gran mayoría, amorfa y gigantesca, de los espectadores pasivos, que no tienen dientes para ser devoradores de mundo, pero afilan con su complicidad las garras de los que sí lo son.

Joxean Fernández es asesor estratégico del Centro de Formación para la Integración Regional (Cefir).