A principios de enero, un nuevo intento de golpe de Estado en Burkina Faso volvió a poner en primer plano la inestabilidad política que atraviesa el Sahel africano. Lejos de tratarse de un episodio aislado o de una simple interna militar, el hecho se inscribe en una disputa más profunda que recorre la región: la crisis del orden político heredado del período poscolonial, el desgaste del tutelaje occidental, y la búsqueda, todavía incierta, de nuevos caminos de soberanía en un mundo en transición hacia la multipolaridad.

Desde 2022, Burkina Faso está gobernado por un régimen militar encabezado por el capitán Ibrahim Traoré. Su llegada al poder respondió a la crisis de seguridad, la expansión de grupos armados y el desgaste de las élites políticas tradicionales.

La expulsión de las tropas francesas y el distanciamiento con París marcaron un punto de inflexión en la política exterior. Burkina Faso, junto con Mali y Níger, dejó de ser un aliado estable dentro del dispositivo de seguridad francés en el Sahel, generando preocupación en Francia por la pérdida de influencia en la región.

El intento de golpe, según fuentes oficiales, involucró a sectores militares y civiles descontentos con el rumbo del gobierno, y puso de relieve la fragilidad del poder político en un país golpeado por la violencia, la pobreza estructural y la presión de actores internacionales.

El vacío dejado por el repliegue occidental, y especialmente por Francia, ha sido rápidamente disputado por nuevos actores: Rusia, Turquía y países del Golfo han ofrecido cooperación militar y respaldo político. Sin embargo, para algunos, estas alianzas no garantizan por sí mismas un proyecto de desarrollo autónomo ni una salida sostenible a la crisis estructural.

El gobierno de Traoré se apoya en un discurso soberanista y antiimperialista que conecta con la memoria de Thomas Sankara, asesinado en 1987 tras desafiar intereses externos.

Burkina Faso enfrenta así un dilema central: transformar la ruptura con el orden occidental en autonomía efectiva o caer en nuevas formas de dependencia y conflicto.

Pero la historia también muestra que procesos construidos sólo sobre la soberanía pueden derivar en regímenes cerrados y limitaciones a las libertades políticas.

El Sahel se ha convertido en un escenario clave del mundo multipolar emergente. La disminución de la hegemonía norteamericana no ha sido acompañada aún por alternativas sólidas desde el Sur, y los golpes e intentos de desestabilización reflejan un orden regional y global en crisis. Burkina Faso enfrenta así un dilema central: transformar la ruptura con el orden occidental en autonomía efectiva o caer en nuevas formas de dependencia y conflicto.

Para muchos, sin seguridad no hay política posible, pero sin política inclusiva y proyectos sociales no hay seguridad duradera.

En resumen, lo que está en juego en Burkina Faso no es sólo la continuidad de un gobierno militar, sino el sentido mismo de la soberanía en el Sahel. Entre la tutela extranjera que fracasó y las nuevas dependencias que emergen, el margen para una salida verdaderamente autónoma sigue siendo estrecho.

África continúa siendo, desde este lado del planeta, un continente poco conocido y fuertemente estereotipado, lo que dificulta comprender la complejidad de sus procesos políticos. Las categorías con las que suelen analizarse, en particular una noción de democracia moldeada por la experiencia occidental, no siempre encajan de manera mecánica en sociedades atravesadas por trayectorias históricas, conflictos y formas de organización distintas. En ese marco, entender lo que ocurre hoy en el Sahel exige abandonar miradas simplificadoras y asumir que las crisis actuales no responden sólo a desviaciones del modelo liberal, sino a la disputa abierta por construir formas de poder y legitimidad en condiciones profundamente adversas.

Joaquín Andrade Irisity es estudiante de Historia en el Instituto de Profesores Artigas.