Desde la finalización de la Segunda Guerra Mundial, Europa no se encontraba en una situación de tan escasa relevancia en el mundo. Su reconstrucción fue seguida por un proyecto de unificación que culminó con la configuración de la Unión Europea (UE). Durante los años posteriores, la mayoría de sus países se vieron beneficiados por esta construcción y sus niveles de desarrollo aumentaron significativamente.

La configuración de la alianza transatlántica significó una seguridad respaldada por Estados Unidos y su enorme poder militar. Prácticamente delegó su defensa integrándose a la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) y, salvo excepciones, pasó a depender de la superpotencia occidental.

Sólo Francia desarrolló una fuerza militar nacional de envergadura y una capacidad nuclear con ojivas activas y con instrumentos de lanzamiento de gran tecnología independiente. Pero el continente como tal se subordinó a la protección militar convencional y nuclear de Estados Unidos. Incluso Reino Unido (fuera de la UE luego del Brexit), aun con armas nucleares estratégicas, es dependiente de productos clave para poder operarlas, que le aporta Estados Unidos.

Esa subordinación tuvo momentos de moderación, sobre todo durante el período activo de la excanciller alemana Angela Merkel. Ella y el presidente francés, Emmanuel Macron, lideraron un proceso de acuerdos para proveerse de energías provenientes de Rusia y suscribieron acuerdos económicos de envergadura con China, ya potencia emergente mundial. Tanto que cuando Estados Unidos pretendió, durante la presidencia de Joe Biden, restablecer esa hegemonía absoluta sobre Europa, esta contestó que los acuerdos del segundo gran gasoducto (el North Stream II) eran privados y ya habían finalizado, y los acuerdos con China eran con un competidor sistémico pero a la vez socio estratégico.

Pero este período duró poco. La actual dirigencia de la UE se comportó como parte fundamental del liderazgo occidental y fue rápida y progresivamente adoptando posiciones netamente contradictorias, pronunciándose por la defensa del derecho internacional en forma ambigua y asumiendo una actitud de seguidismo del presidente estadounidense, Donald Trump.

La actual dirigencia de la UE fue rápida y progresivamente adoptando posiciones netamente contradictorias, pronunciándose por la defensa del derecho internacional en forma ambigua y asumiendo una actitud de seguidismo de Trump.

Frente al documento doctrinario de seguridad nacional de la Casa Blanca, aplicó criterios contrapuestos. No condenó las violaciones del derecho internacional de Estados Unidos ante Venezuela, el secuestro del presidente y su esposa, los bombardeos múltiples ni los asesinatos extrajudiciales a través de los bombardeos a decenas de pequeñas embarcaciones, que incluso mataron náufragos, pero protestó con énfasis ante las declaraciones de Trump sobre Groenlandia.

El vasallaje con el que se comportó en el tema arancelario, permitiendo que Trump impusiera un acuerdo tremendamente perjudicial para Europa, la dejó desairada totalmente.

Las conversaciones sobre Groenlandia no pudieron resultar peores para Dinamarca y toda Europa. La conclusión fue crear un grupo de trabajo para seguir “analizando” la situación, con el gobierno de Trump afirmando a cada rato que Groenlandia será suya.

Las divisiones son cada vez mayores y se comienza a perfilar una línea de restablecimiento del diálogo con el presidente de Rusia, Vladimir Putin, liderado por Macron y por la primera ministra de Italia, Giorgia Meloni.

Lo único rescatable de este período de decadencia europea es la aprobación del acuerdo UE-Mercosur, que desde el punto de vista comercial y político resulta un gran balón de oxígeno geopolítico, así como ayuda mucho a las políticas de autonomía estratégica que países como Brasil y Uruguay impulsan.

Parece difícil que Europa elija un camino que la reafirme en su condición de bloque unitario. El nuevo orden multipolar en construcción ofrece opciones. La histórica condición europea de aliada dependiente de Estados Unidos no parece ofrecerle un futuro satisfactorio. Quizás los líderes de Europa no repararon en que Groenlandia está en el hemisferio occidental. Igual que Venezuela.

Carlos Pita fue embajador de Uruguay en Chile, España y Estados Unidos.