Desde hace más de un año, un fenómeno político inquietante se ha amplificado a escala mundial. Desde Donald Trump en Estados Unidos hasta Javier Milei en Argentina, pasando por Nayib Bukele en El Salvador y Vladimir Putin en Rusia, una nueva generación de líderes despliega estrategias de comunicación que dejan estupefactas a las democracias. El reinado de lo grotesco sacude nuestras sociedades.
Sufrimos a nivel transnacional el reinado político de la desmesura calculada. A primera vista, estos líderes parecen no tener nada en común. Sin embargo, comparten un método: la transgresión permanente de los códigos democráticos mediante la provocación, la desmesura y el espectáculo. Javier Milei blandiendo una motosierra para simbolizar sus recortes presupuestarios, Trump multiplicando las declaraciones escandalosas en las redes sociales, Bukele fotografiándose en las prisiones que controla con mano de hierro: estas puestas en escena no son desvaríos, sino una estrategia deliberada y asumida.
Lo grotesco en política no es nuevo. La historia está repleta de figuras burlescas y bufones del poder. Pero hoy asistimos a su instrumentalización sistemática. Estos líderes no sufren el ridículo: lo cultivan, lo reivindican, lo convierten en su firma. Esta postura presenta una doble ventaja: capta la atención mediática al tiempo que vuelve ineficaz toda crítica. ¿Cómo atacar a alguien que ya se burla de todo, incluso de sí mismo? Concebido en Washington, el secuestro desde Venezuela de Nicolás Maduro no es un epifenómeno, sino la rampa de lanzamiento de operaciones políticas de desestabilización dirigidas contra otros países, desde Cuba hasta Nicaragua, desde Groenlandia hasta Irán. La carrera hacia lo grotesco geopolítico debe sin duda tomarse muy en serio.
La estupefacción como parálisis democrática
Aquí es donde interviene el concepto de estupefacción, en el centro del análisis de Cynthia Fleury, filósofa y psicoanalista francesa. La estupefacción no es una simple sorpresa: es una parálisis cognitiva y emocional ante lo inaceptable. Cuando Trump anuncia simultáneamente diez medidas escandalosas, cuando Milei insulta en directo a sus opositores, cuando Putin multiplica las amenazas nucleares, los ciudadanos y las instituciones democráticas se encuentran paralizados, incapaces de jerarquizar, de responder, de actuar. Esta saturación informacional es estratégica. Mientras los medios comentan la última provocación, las medidas de fondo pasan desapercibidas. Mientras la oposición se agota reaccionando al escándalo del día, el siguiente ya está llegando. Esta aceleración permanente impide toda respuesta coherente y organizada. El tiempo del debate democrático –el de la reflexión, la argumentación, el compromiso– queda así cortocircuitado por la instantaneidad del choque emocional.
Estas estrategias revelan a menudo personalidades con rasgos narcisistas pronunciados: necesidad constante de admiración, sentimiento de superioridad, ausencia de empatía, incapacidad para aceptar la crítica. Estas características, cuando se combinan con el poder político, se vuelven peligrosas para la democracia. El líder narcisista no gobierna para el bien común, sino para su propia glorificación. Personaliza excesivamente el poder, rechaza todo compromiso, demoniza sistemáticamente a sus opositores. Su fragilidad psicológica, enmascarada tras una fachada de fuerza, lo vuelve imprevisible y potencialmente violento. Las decisiones ya no se toman racionalmente, sino impulsivamente, en función de las heridas narcisistas del momento.
Lo grotesco y la estupefacción no son simples estrategias de comunicación: constituyen un ataque frontal contra los fundamentos mismos de la deliberación democrática.
Un fenómeno transnacional
Lo que inquieta es la dimensión global del fenómeno. Estos líderes emergen en contextos diferentes –democracia estadounidense fatigada, crisis económica argentina, violencia endémica salvadoreña, autocracia rusa consolidada–, pero emplean métodos similares. Las redes sociales juegan un papel crucial en esta convergencia, permitiendo la circulación instantánea de las técnicas y la imitación de los “éxitos” electorales. Más profundamente, estas figuras prosperan sobre las mismas grietas: desconfianza hacia las instituciones, sentimiento de abandono de las clases populares, ansiedad ante las transformaciones sociales, deseo de un hombre “fuerte” que “dice lo que piensa”. Lo grotesco y la estupefacción explotan esta vulnerabilidad colectiva.
Los efectos sobre nuestras democracias son preocupantes. Primero, el agotamiento cívico: ante el diluvio de provocaciones, muchos bajan los brazos, se apartan de la política, se hunden en el cinismo. Luego, el derrumbe del debate racional: ¿cómo argumentar cuando la mentira y la verdad se colocan en el mismo plano, cuando la emoción prevalece sistemáticamente sobre la razón?
Sobre todo, estos métodos normalizan progresivamente el autoritarismo. A fuerza de transgresiones, las líneas rojas se desplazan. Lo que parecía inaceptable ayer se vuelve banal hoy. Las instituciones se erosionan, los contrapoderes son deslegitimados, la violencia verbal y luego física se banaliza.
Ante esta estrategia de la estupefacción, la primera resistencia consiste en nombrar el fenómeno. Comprender que no estamos ante “populistas excéntricos”, sino frente a una técnica de poder sofisticada y peligrosa. Identificar los mecanismos –saturación, transgresión, espectáculo– permite dejar de sufrirlos pasivamente. En concreto, esto significa negarse a entrar en el juego: no reaccionar a cada provocación, jerarquizar la información, concentrarse en los asuntos de fondo en lugar de en las peripecias. Esto implica también ralentizar, tomarse el tiempo del análisis crítico ante la aceleración mediática.
Las instituciones democráticas, a pesar de su fragilidad, deben mantener firmemente los marcos: recordar incansablemente las normas, sancionar las transgresiones, proteger el Estado de derecho. Los medios responsables tienen un papel crucial: contextualizar en lugar de amplificar, analizar en lugar de retransmitir mecánicamente. Lo grotesco y la estupefacción no son simples estrategias de comunicación: constituyen un ataque frontal contra los fundamentos mismos de la deliberación democrática. Al paralizar nuestra capacidad colectiva de pensar, debatir y actuar racionalmente, abren el camino a derivas autoritarias. La democracia exige un esfuerzo constante, una vigilancia permanente, un compromiso ciudadano activo. Ante la tentación de la renuncia, debemos mantener vivos los espacios de discusión apaciguada, de pensamiento crítico y de acción colectiva. Es a este precio que podremos frustrar estas nuevas armas del poder autoritario y preservar las frágiles conquistas democráticas.
Alain Garay es abogado de la Corte de París.