Estamos en enero. Pasó la ola de diciembre, un mes festivo pero también complejo. ¿Podría decirse que diciembre intensifica lo que ya existe? Las fiestas y las mesas compartidas conviven con ausencias, presiones sociales y la sensación de no pertenecer. Funciona, sobre todo, como una lupa que vuelve más visible algo que durante el resto del año suele permanecer parcialmente oculto: la importancia de tener un lugar donde caer.

Durante muchos años, esta época la viví con pesar. Las comparaciones y las expectativas hacían más evidente lo que faltaba. Diciembre no siempre es una fiesta; la familia no siempre es refugio ni un lugar seguro. Con el tiempo, a través de procesos personales, familiares y colectivos, mi realidad cambió. Hoy disfruto estas fechas, pero con la conciencia de que hacerlo es un enorme privilegio.

Solemos pensar el privilegio como una acumulación de dinero, educación o estatus. Sin desconocer esas dimensiones, hay otro privilegio menos visible y profundamente estructural: el de vivir rodeado de redes humanas de cuidado. Relaciones que están cuando se las necesita, que escuchan y sostienen. No “likes” ni seguidores, sino vínculos que amortiguan los golpes de la vida y hacen que las alegrías tengan sentido.

Desde la sociología, este privilegio puede pensarse como capital social: los recursos emocionales, materiales y simbólicos que circulan a través de nuestras relaciones. En la práctica, muchas de estas relaciones funcionan como redes de cuidado. Familias, amistades y comunidades no son sólo un complemento afectivo, sino una infraestructura invisible que sostiene la vida cotidiana. Las redes no sólo contienen: también habilitan o restringen trayectorias.

Solemos pensar el privilegio como una acumulación de dinero, educación o estatus. Sin desconocer esas dimensiones, hay otro privilegio menos visible y profundamente estructural: el de vivir rodeado de redes humanas de cuidado.

Este capital no se distribuye de forma neutral. Tiene género y edad. Las mujeres suelen sostener redes más densas, pero a costa de una sobrecarga de trabajo de cuidado que permanece en gran medida invisible. Los varones, en cambio, tienden a redes más frágiles y a tener mayores dificultades para pedir ayuda. Las personas mayores enfrentan la pérdida progresiva de vínculos, y entre jóvenes aparecen relaciones más inestables y menos disponibles cuando hay crisis.

Este escenario se relaciona directamente con las altas tasas de suicidio en Uruguay, especialmente entre varones, personas mayores y jóvenes. Estos datos no pueden leerse sólo como un problema individual o clínico. También hablan de aislamiento, de mandatos de autosuficiencia y de fallas persistentes en los entramados de cuidado social.

Por eso resulta insuficiente pensar el cuidado únicamente como una experiencia privada. Es un derecho social: recibir cuidados, cuidar y cuidarse en condiciones dignas. Reconocerlo implica aceptar que no todas las personas parten del mismo punto ni cuentan con las mismas redes de sostén.

Tal vez enero sea un buen momento para ampliar esta conversación. Cuando el calendario avanza y el ruido baja, queda una pregunta incómoda pero necesaria: qué redes existen, para quiénes, y qué estamos haciendo —como sociedad/Estado— para que nadie enfrente la vida sin un lugar donde caer.

Ximena García es socióloga, magíster en Educación y diplomada en Estudios Feministas.