En ocasiones como esta, lejos de los centros del poder, en países como el nuestro se tiene la sensación de estar viviendo en el ojo de un huracán: todo gira alrededor vertiginosamente como si no nos afectara, aun sabiendo que, más temprano que tarde, nos pegará fuerte.

Los trascendidos diarios de esta especie de matón de barrio que gobierna Estados Unidos no agotan nuestra capacidad de asombro. El tipo se esmera cada día en mostrar lo peor del ser humano como si fueran virtudes: egotismo, egoísmo, prepotencia, mentiras, amenazas, denuncias falsas, manipulación, corrupción y un largo rosario de inmoralidades.

Cuando uno lee el reportaje que les concedió a los periodistas del New York Times a comienzos de enero, ante la pregunta de si había algún límite a sus poderes globales, la respuesta causa estupor: “Sí, hay una cosa. Mi propia moralidad. Mi propia mente. Es lo único que puede detenerme”. Y peor aún cuando añade: “No necesito el derecho internacional”.

Hitler y Stalin no se animaron a tanto; el tipo los viene superando con creces: un día se autodenomina “presidente en Ejercicio de Venezuela”; otro día le escribe al primer ministro de Noruega, Jonas Gahr Store, diciéndole que dado que su país ha decidido no otorgarle el Premio Nobel de la Paz, pese a haber puesto fin a más de ocho guerras, ya no siente la obligación de pensar solamente en la paz sino en lo que es más conveniente para Estados Unidos (¿será la guerra?).

Al mismo tiempo, con su irrefrenable verborragia provocadora, escupe en su red Truth Social que “ningún documento escrito le otorga a Dinamarca la propiedad de Groenlandia, y el único elemento que justifica su reclamo es un navío que recaló en ese territorio hace 300 años”.

Hay que leer dos veces para pensar que lo dice en serio, porque lo mismo que sucedió en Groenlandia pasó en todo el continente americano. No se le ocurre pensar que los únicos nativos de su país son los descendientes de los navajos y de los cherokes, de los sioux y de los apaches, de los iroqueses y de los piesnegros, por mencionar a los más numerosos. El resto de la población contemporánea está compuesta por los descendientes de conquistadores y de los millones de inmigrantes que se fueron sucediendo en el tiempo, tal como su abuelo o, como el caso más reciente, el de su esposa Melania, quien obtuvo la ciudadanía en 2006, y sus suegros, en 2018.

Trump se esmera cada día en mostrar lo peor del ser humano como si fueran virtudes: egotismo, egoísmo, prepotencia, mentiras, amenazas, denuncias falsas, manipulación, corrupción y un largo rosario de inmoralidades.

Por si todo esto fuera poco, lo que comenzó como una propuesta personal para solucionar el conflicto en Gaza ahora pretende generalizarlo para todo el mundo. En su extenso monólogo de 80 minutos en Davos, formalizó la propuesta de la “Junta de Paz” presidida por él —faltaba más—por tiempo indefinido. Invitó a más de 60 países a integrarla siempre y cuando pongan mil millones de dólares para ocupar un asiento. Presentó el paquete bien atado de esta junta incluyendo en la dirección a su yerno, Jared Kushner, al secretario de Estado, Marco Rubio, y a Steve Witkoff, viejo amigo suyo convertido en diplomático luego de una larga trayectoria como inversor inmobiliario (Witkoff Group).

Los cambios de hegemonías son evidentes y Trump no hace otra cosa que tratar de evitarlo. Lo que nadie imaginó fue que este personaje siniestro y caprichoso, con síntomas de insania y manías, fuera el protagonista principal de este parto histórico que no sabemos en qué va a terminar.

Mientras tanto, seguiremos soportando a un presidente que no solo trata de héroes a los forajidos que tomaron el Capitolio para evitar que asumiera Joe Biden y los premió indultándolos, sino que acusa de “terroristas domésticos” a una ama de casa y a un enfermero asesinados en Minneapolis por las nuevas camisas pardas que forman el ICE (Immigration and Customs Enforcement).

Por otra parte, sus mensajes provocadores parecen salir de un adolescente perturbado que se cree gracioso, donde muestra, entre otras características, el grado de ignorancia que padecen él y sus asesores cuando postean una imagen donde se lo ve caminando junto a un pingüino en su codiciada Groenlandia. Ni siquiera se molestaron en averiguar que esa ave tan singular solamente habita en el hemisferio sur.

Sin duda estamos en manos de estas bestias (y que me perdonen las bestias). Confiemos en que el mismo pueblo que lo votó no lo deje continuar haciendo estos desaires, secuestros y desastres.

Marcelo Estefanell es escritor.