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Opinión Posturas

Mujeres y disidencias en la música: las últimas de la fiesta

El 12 de agosto en la Cámara de Senadores se aprobó, con los votos del Frente Amplio, el proyecto de ley “Mujeres y disidencias en la música uruguaya”. La iniciativa fue presentada por primera vez en 2021 con la firma de las legisladoras Sandra Lazo del Frente Amplio y Gloria Rodríguez del Partido Nacional. Sin embargo, su propulsora fue la sociedad civil organizada, agrupada dentro del colectivo Mydmus (Colectivo de Mujeres y Disidencias en la Música en Uruguay), que desde el inicio viene haciendo un seguimiento de las discusiones que se dan dentro de los mármoles del Palacio Legislativo.

El objetivo general del proyecto es fortalecer la identidad de las mujeres y disidencias como sujetos culturales decisivos, procurando generar oportunidades igualitarias y la visibilización de su trabajo sobre los escenarios. Es por ello que se propone que en espectáculos donde haya financiación del Estado se establezca en la grilla un mínimo de 30% de representación de mujeres y disidencias. Los organizadores privados, con fondos únicamente privados, podrán elegir si seguir o no la norma.

En este sentido, el rol principal del Estado será el de regularizar y fiscalizar la participación a través del Instituto Nacional de Música, dependencia de la Dirección Nacional de Cultura del Ministerio de Educación y Cultura. En caso de incumplimiento de la norma, la organización deberá pagar una multa por el valor equivalente al 6% de la recaudación bruta, además de no recibir apoyo económico por ningún organismo del Estado para futuros eventos por el lapso de un año.

La lectora, el lector, se estará preguntando: ¿por qué es necesaria la regulación de los cupos de mujeres y disidencias en los escenarios?

La investigación elaborada por la plataforma Ruidosa demuestra que en América Latina solo una de cada cinco artistas que actúan en los principales escenarios de festivales es mujer y solo dos de cada diez puestos de liderazgo en la industria musical latinoamericana están ocupados por mujeres.

Si observamos las particularidades de cada país, vemos que en Colombia hay una alta concentración de solistas hombres (48,2%), mientras que Uruguay sobresale por la gran presencia de bandas netamente masculinas (32,5%), mientras que en Argentina 27% de solistas son mujeres. Es necesario destacar que Argentina ya cuenta con una reglamentación por ley sobre las cuotas de mujeres en espectáculos.

Si bien los datos son significativos y nos ayudan a entender la realidad, alcanza con ir a los eventos públicos y observar más allá del espectáculo artístico. Como montevideana fui marcada por una generación en la que el rock nacional tuvo su auge. Siempre fui una gran consumidora de espectáculos artísticos y lo comencé en mi juventud, alrededor de 2001, período en que los espectáculos masivos eran parte de la vida cotidiana. Cuando leí el proyecto de ley me trasladó a esa época, una época en que las mujeres jóvenes nos habituamos a ver en los escenarios a varones, de bandas conocidas y bandas no conocidas. En la grilla de esos espectáculos no era común ver bandas de mujeres o solistas. A contramano de esta tendencia podemos decir que la única banda que “se atrevió” en esa época a integrar mujeres fue La Tabaré.

Y hoy nos encontramos con este proyecto de ley que pretende reducir las inequidades existentes en la música, generando una acción afirmativa desde la política pública, donde sea el Estado quien garantice y controle.

Los discursos

Si analizamos los discursos de la Coalición Republicana en la Cámara de Senadores, por un lado, se escucharon argumentos poco serios y con falta de rigurosidad, que apuntaron a sostener: “¡Esta ley es un mamarracho, jurídico, social y artístico!”, como recalcó el senador Rodrigo Blás, del Partido Nacional. El legislador dio el ejemplo de The Beatles, recalcando que son cuatro hombres en una banda y afirmando que si hubieran vivido en Uruguay con esta ley reglamentada, no se hubieran podido presentar en los escenarios.

Más allá de la poca comprensión lectora que tuvo el senador al momento de leer el proyecto, lo que subyace es un cuestionamiento y ridiculización a la problemática que se busca abordar. Y lo cierto es que, cuando la táctica argumentativa es la ridiculización, es cuando los argumentos faltaron sin aviso. Lo que trató de ser una gracia del senador Blás solo constituyó un chiste machista de mal gusto, que no contribuye a la discusión seria que debería tener desde su rol como representante parlamentario.

Una cosa es clara: las mujeres y disidencias no queremos ser las últimas de la fiesta; queremos estar y habitar en una sociedad donde se nos considere iguales, en donde no tengamos que luchar todos los días por nuestra libertad.

Con otro tono discursivo y más esquivo hacia el problema de la desigualdad de género en los escenarios, el senador Pedro Bordaberry se centró en otros puntos argumentativos para su voto en contra. Su discurso deja entrever la no existencia empírica del problema: él mismo comenta que con este proyecto de ley se intenta legislar bajo la “presunción” de que existen casos en los que se le niega a mujeres y disidencias estar en igualdad de derechos ante el armado de una grilla en los espectáculos, y que nadie, hasta el momento, ha probado eso. El senador no solo parece no ver y detectar el problema, sino que también lo niega. Además, destaca que el Estado no debe interferir en estos asuntos, a lo que debemos preguntarnos: ¿qué herramienta se debe utilizar para corregir las desigualdades? ¿No debe ser el Estado el garante de derechos de toda la ciudadanía?

En su exposición, Bordaberry también coloca como punto argumentativo “el derecho del espectador” y de las empresas que arman las grillas, en el entendido de que los espectáculos se arman para que la gente compre entradas y vea lo que quiera ver. Esta visión simplista que tiene el senador de los espectáculos deja vislumbrar que la música es un producto de consumo y solo eso. La música es más que eso: es arte que se toma, se transforma y se codifica en cada persona de manera subjetiva. A cada uno de nosotros y nosotras la música en los espectáculos nos afecta de diferentes formas en un mismo tiempo y espacio, y no solo depende de nuestros gustos musicales, sino también de nuestro estado emocional del momento.

Lo bueno de los espectáculos con una grilla amplia y diversa es conocer y permitirse conocer nuevos artistas, de eso se trata también. Y qué hermoso cuando el arte te sorprende y algo te conmueve en lo más profundo. La música tiene la potencia de generar sentimientos individuales y al mismo tiempo establecerse como bien colectivo, que trasciende lo meramente mercantil.

En definitiva, si hacemos una lectura general sobre el mensaje de Bordaberry, este se centra en la negación total de la existencia de la desigualdad de género y, además, del rol que debe cumplir el Estado. Lo que deja entrever en el discurso es que el Estado no debe interferir, no debe ejercer el control para garantizar derechos.

Esta visión llama poderosamente la atención ya que se contradice con el discurso que el mismo senador pregonó en la conferencia de prensa del 9 de julio sobre la Rendición de Cuentas. En dicha ocasión, su discurso estuvo relacionado con que las transferencias económicas a los sectores más pobres de nuestro país deben de tener mayor control, ya que, en palabras de Bordaberry, “si les damos el dinero, se lo gastan en lo que quieren”. Esta visión clasista sobre el control estatal solo ayuda a intensificar las desigualdades estructurales y, en una lectura más llana y precisa, deja entrever que si sos pobre, el Estado te debe controlar, pero si sos una empresa que debe armar una grilla y recibe financiamiento estatal, el Estado no debe interferir.

Si bien hay varios puntos en común en los discursos de los y las senadoras de la Coalición Republicana, hubo un término que se repitió en varios de ellos, que es wokismo o agenda woke. Este concepto tiene sus orígenes en los movimientos afrodescendientes de Estados Unidos y significa estar alerta ante las injusticias, pero la derecha internacional ha tomado el término y lo ha utilizado como una burla y sarcasmo a ciertos problemas sociales. En este sentido, vemos cómo los senadores Bordaberry, Blás, Sebastián da Silva y Graciela Bianchi lo utilizan con total liviandad para desprestigiar en este caso el problema real: la desigualdad de género. Pero lo más alarmante es que los discursos antigénero se escuchan de forma reiterada en ambas cámaras del Palacio Legislativo cuando se presentan proyectos de ley de esta índole. Estos discursos, cuando se reproducen desde lugares de poder, se naturalizan y se dan por aceptadas ciertas desigualdades estructurales.

El proyecto de ley “Mujeres y disidencias en la música uruguaya” nos enseña a entender las desigualdades que existen en el mundo del arte. Como sabemos, muchísimas veces los tiempos parlamentarios no son iguales a los tiempos de la vida, y aún falta que termine de hacer su recorrido para transformarse en ley. Pero una cosa es clara: las mujeres y disidencias no queremos ser las últimas de la fiesta, queremos estar y habitar en una sociedad donde se nos considere iguales, en donde no tengamos que luchar todos los días por nuestra libertad.

Alejandra Otero Espina es licenciada en Ciencia Política y Sociología y magíster en Teoría y Prácticas en Educación.