Soy demócrata. Y eso, ¿qué significa? ¿Cuáles son sus contenidos concretos, más allá de las aspiraciones, deseos o imaginarios posibles? La democracia liberal tal y cual se presenta en diversos formatos registra marcadas diferencias procedimentales y de regulación de la competencia partidaria. Precisamente, la diversidad acumulada en las últimas décadas, tal y cual lo expone un sinnúmero de producciones en la literatura académica, refiere a los modos en que se aplica la máxima “el gobierno del pueblo”.
Si la soberanía radica en la ciudadanía, esto es, en los habilitados para ejercer el derecho a elegir y mediante el voto, depositarla en los representantes que finalmente toman las decisiones, entonces resulta pertinente formular otras preguntas. ¿Cuáles son las distancias entre unos y otros? ¿Se cumplen las aspiraciones, demandas y necesidades expresadas por el pueblo? En apariencia, la satisfacción de aquellas no parece plausible, ni en Francia ni en Albania, ni en Estados Unidos ni en Argentina. La avalancha neofascista que inunda las naciones de norte a sur, particularmente en Europa y América en casi toda su extensión, responde precisamente a la insatisfacción o acaso al descreimiento referido a las instituciones democráticas.
Hace mucho tiempo que el Latinobarómetro registra por estas latitudes la desconfianza en los partidos políticos y en el Parlamento, piezas clave en la morfología democrática. No desconozco la manipulación mediática, el uso de las redes virtuales, las amenazas y la inyección del miedo como fórmula, la apelación a la religión, así como toda gama de recursos legales o ilegales para producir un estado de animadversión hacia los políticos liberales. Con un discurso cargado de odio y negación del otro diferente, la denuncia de corrupción sistémica y la demonización del contrincante, todo ello constituye un vasto arsenal destinado a socavar definitivamente la institucionalidad democrática.
Sin embargo, la explicación del avance de un populismo de corte neofascista no puede reposar únicamente en aquellas estrategias manipuladoras de las masas votantes en sistemas democráticos. Es posible identificar otro conjunto de razones que habilitan la introyección de la retórica descalificadora y, por ende, la internalización de un “modo de percibir” la democracia, la política y, en esencia, la concepción de cómo deben ser las relaciones humanas en todas sus dimensiones (políticas, económicas, culturales).
No es posible despistar las causas de la frustración, el odio, la intolerancia, la insatisfacción o del miedo y del deseo de un cambio radical en las masas –aquí o allá– sin entender que el capitalismo de cuño neoliberal imbricado con paradigmas largamente extendidos y promovidos genera mayores distancias entre las aspiraciones y las realidades concretas de millones de personas. “Todos contras todos” parece ser el lema que articula la competencia individualista con el libre mercado y la consecución del sueño de cada quien con las “ilimitadas” posibilidades de concretarlo. El paradigma meritocrático envuelve el espíritu de las masas, inyectando y naturalizando la creencia de que todo es posible y todos podemos, en función de nuestras capacidades y esfuerzo individual. Así, cuando el esfuerzo y el trabajo no resultan suficientes para la obtención del premio traducido en las posibilidades efectivas de acceso al consumo, la desazón es mayúscula y es función directa al grado de distancia entre el deseo y su realización.
Las democracias liberales presentan fisuras y grietas por las cuales se filtran los fluidos envenenados, exponiéndose a su vaciamiento.
Las formaciones políticas de la ultraderecha neofascista concurrentes en un régimen democrático identificaron las frustraciones de las masas. Al ritmo de una música estridente, de la paranoia vocinglera y del ataque furibundo a las izquierdas, a los políticos liberales, a los migrantes, a los afrodescendientes, a las feministas, a los homosexuales; depositan en los “otros” la responsabilidad del fracaso. Y consecuentemente se erigen en portaestandartes de la libertad y del proyecto vindicatorio de las masas frustradas. El riesgo de socavar los pilares de la democracia liberal es real y expuesto en varios países de la región, exhibiendo –con total naturalidad– una retórica del odio y denigrando a quienes son considerados como enemigos. La lógica belicista reposa en la intención declarada de destruir a los que se oponen al avance neofascista.
Por otra parte, las democracias liberales presentan fisuras y grietas por las cuales se filtran los fluidos envenenados, exponiéndose a su vaciamiento. Toda vez que la ciudadanía compruebe o acaso sospeche que los políticos se aferran a sus respectivos privilegios, dejando relegadas sus funciones esenciales, la legitimidad social se irá evaporando gradual e irremediablemente. Y precisamente, es una de las trampas de la democracia liberal: básicamente se trata de la pseudo representatividad de los intereses ciudadanos o, dicho de otro modo, de la prescindencia de sus opiniones. Esto es, el blindaje del asiento en el Parlamento o el rígido amarre a los cargos públicos desvía el foco de los “políticos que viven de la política”.
Una élite política privilegiada se asocia a una democracia espuria y, por ende, se convierte en una trampa que consume y erosiona sus propios fundamentos. Tanto una escasa o inexistente respuesta a las necesidades y demandas de las grandes mayorías ciudadanas como la distorsión de sus funciones abren las compuertas del régimen democrático a la crítica, a la suspicacia y finalmente a su letal descalificación. Por ello, resulta crucial imaginarse una democracia genuinamente participativa, que involucre más activamente a la ciudadanía toda. La promoción e implementación de mecanismos abiertos a la población exige una buena dosis de innovación, sea mediante corredores y canales digitales en los que se releve la opinión de los electores antes de la aprobación de proyectos de ley, la concurrencia más sistemática de los actores sociales en ámbitos receptivos a diversas iniciativas o la puesta en marcha de un canal del Parlamento que habilite el diálogo entre representantes y representados. Todos estos mecanismos pueden ser, eventualmente, instrumentos de una democracia renovada.
La consideración del electorado debería ultrapasar la asignación cuasi exclusiva y excluyente al papel de “meros electores” (sin desconocer su relevancia), para su resignificación en tanto ciudadanos conscientes y capaces de imaginar soluciones y concretarlas en propuestas ante los poderes públicos. Coincidiendo con las reflexiones de Castoriadis (1995) en La democracia como procedimiento y como régimen, la ecclesia como “el lugar del dominio público/público” debe abrirse a todos los ciudadanos, precisamente desde una concepción sustantiva de la democracia.
El fortalecimiento de los mecanismos de participación y la rendición de cuentas de los legisladores y de las autoridades del Poder Ejecutivo, no solo cada cinco años, deberían ser modalidades para inocular al sistema democrático y prevenir la emergencia del virus fascista, antes de que sea demasiado tarde.
Christian Adel Mirza es profesor e investigador de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de la República.
