Sentado en casa, abrí las noticias y leí lo de siempre, solo que peor: guerras, odio, muerte. En todo el planeta, el grito de guerra avanza. El odio avanza. Los egoístas y personalistas acceden al poder, alimentan ese odio desde los gobiernos y nos dicen que es la única realidad. En ese momento, decidí escribir esto.

Hoy veo, aterrado, cómo nuestra historia camina por una delgada línea. A un lado, la posibilidad de construir desde el esfuerzo conjunto; al otro, el vacío que provoca la realidad que nos toca vivir: la creencia de que somos lo que tenemos y que, cuanto más acumulemos, más seremos.

Es en este credo donde se está enredando, de forma desordenada y peligrosa, nuestra visión del futuro. Nos estamos convenciendo de que “sálvese quien pueda” es el camino. Y sin embargo, desde que estamos en el planeta, nunca lo fue. Es más: cada vez que esta idea se puso en práctica la sombra de la extinción comenzó a hacerse realidad.

Voy a ser claro: veo la guerra total muy cerca y sabemos que no dejará vencedores. Solo vencidos. O, mejor dicho, no quedará nadie.

Desde hace cinco siglos, nuestra civilización viene construyendo un modo de producir, de relacionarse, de intercambiar; en suma, de vivir. Este modo civilizatorio tiene un defecto de diseño fatal: genera flujos de acumulación que nunca cesan y que se agudizan en cada ciclo. Esta acumulación no hace más que fabricar, con eficiencia maquinal, divisiones cada vez más profundas y hostiles: más ricos y más pobres, más “nosotros” y más “ellos”, más izquierda y más derecha. Y con cada fractura, crece la agresividad. Nos convence de que la única salida es agredirnos, porque en el espejo del otro solo vemos al que tiene lo que nos falta o al que amenaza lo poco que nos queda.

Creímos que esta máquina que inventamos nos llevaría a la felicidad. Pero hoy, pasado el tiempo, vemos que todo lo prometido se aleja cada vez más. Creamos un espejismo y, por más que caminemos hacia él, nunca lo alcanzamos. ¿Qué pasó? Que estamos cansados de caminar. Perdimos la fe en ese espejismo y esa pérdida nos genera una frustración profunda, corrosiva. Estamos llegando al punto del camino en que, exhaustos y desencantados, nos miramos y nos peleamos por nada. Porque es lo único que creemos que nos queda.

No es el nuevo paradigma. Es el espasmo final del paradigma moribundo, ofreciendo todas las respuestas fáciles, falsas y violentas. Nos promete un enemigo claro (el otro, el extranjero, el diferente) para explicar nuestra frustración.

Y es aquí, en este cansancio y esta frustración masiva, donde acecha la salida falsa y letal. La historia nos muestra un patrón: cuando un sistema agota su promesa y la gente pierde la fe en el futuro compartido, surge una tentación brutalmente simple. No es una ideología nueva; es un viejo demonio del repertorio humano que se viste con los harapos del presente. Es la política del chivo expiatorio, del líder fuerte que promete orden a sangre y fuego, de la tribu que se cierra sobre sí misma para sobrevivir. Le hemos puesto muchos nombres; hoy la reconocemos en ascenso global, con nuevos disfraces digitales y viejos rencores. Es la respuesta fascista y se alimenta directamente de nuestro agotamiento.

No es el nuevo paradigma. Es el espasmo final del paradigma moribundo, ofreciendo todas las respuestas fáciles, falsas y violentas. Nos promete un enemigo claro (el otro, el extranjero, el diferente) para explicar nuestra frustración y un camino de hierro (la sumisión, la pureza, la guerra) para aliviar nuestra incertidumbre. Es, en esencia, la versión política del “sálvese quien pueda”, pero con un Estado que te obliga a salvarte solo a su manera y exterminando a quien considere un lastre.

Este es el momento previo al gran cambio, la presión máxima antes de la fractura. Y la gran batalla de nuestra era no será entre izquierda y derecha, sino entre aquellos que, en la desesperación, eligen esta salida de odio tribal, y aquellos que buscan, contra toda esperanza, los principios de un futuro que no esté construido sobre el miedo y la exclusión, sino sobre la cooperación lúcida y la reparación del mundo.

Pero hay otro camino. Y no es el de la individualidad aislada, sino el del conjunto. Es construir el futuro sin agresión, compartiendo lo que hay. Debemos entender de una vez: la verdadera riqueza somos nosotros, no los objetos que acumulamos para distinguirnos o intercambiar. Esas son solo cosas. La esencia es cada uno de nosotros y lo que podemos ser sumados.

Hoy, viendo esta realidad, no encontramos un espacio donde gritar esto y decir: “¡Vengan! Nos estamos hundiendo. Juntémonos y rememos juntos”. Por eso, este es mi llamado. A todos los que sientan esto, aunque sea un murmullo bajo el ruido: hablen. Hablen. Busquen, no algoritmos, sino personas reales. Entre nosotros podemos encontrar la salida. Una salida sin sangre, sin muerte.

Busquemos. Hablemos. En el trabajo, con el amigo, con el vecino. Intentemos, con todas nuestras fuerzas, demostrarnos que queremos la vida y no la muerte. Alejemos, entre todos, esas nubes oscuras que solo crecen en el desorden y la desesperación. El primer acto de rebeldía es mirar a otro a los ojos y decir: “Esto no puede seguir así. ¿Qué hacemos?”.

PD: Esto no es retórica. No es un “qué lindo, pero estamos acabados”. Es un llamado a la acción concreta: a la charla, no a la guerra. A buscar al otro que también siente el vértigo. A crear, con palabras y gestos mínimos, el primer espacio que el sistema nos niega. La respuesta al “no se puede hacer nada” empieza con una pregunta: “¿Hablamos?”. Porque miren: las bombas ya cuelgan sobre nuestras cabezas. Solo falta que alguien corte el hilo.