El título puede sugerir que descreemos de la política. Todo lo contrario: porque creemos en ella debemos denunciar su desplazamiento hacia lo no relevante. Tal desplazamiento ocurre por una incongruencia entre las potestades y las habilidades desarrolladas por los estados durante el capitalismo tardío en la administración de lo común (polis) y las principales reglas preestablecidas y definidas más allá de sus competencias.

En una metáfora de orden “geológico” bien podríamos hablar de una infraestructura material construida por grandes corporaciones en estrecho contacto con los recursos planetarios naturales y no naturales, humanos y no humanos, acrecentando su dominio efectivo, material, pero también político e ideológico sobre lo que hacemos y dejamos de hacer. Y en la superficie, por lo menos desde los años 70, una pseudopolítica, estéril, muda, obediente, inclinada a otorgar cada vez más derechos a los menos y más ricos y más obligaciones a los más y más pobres.

Pero en la base, en el sustrato de ese orden, debemos incluir -como siempre debió hacerse pero ahora con más razón- a Gaia, nuestro planeta, manifestándose como un ser vivo ante cada evento humano, ya no solo por la acción de un cuerpo de fuerza produciendo la irreparable extinción de especies y el calentamiento global, sino ahora provisto de una enorme “cabeza” capaz de hacernos creer que este orden de aceleración destructiva es el único posible.

Los superricos, los nuevos emperadores del mundo, deciden dónde y cómo distribuir sus inversiones, en tanto la pseudopolítica, circunscripta a cada Estado nación, administra -a nivel local- cómo se aplican tales normas hechas a su medida. Leyes, acuerdos, procedimientos que estructuran directamente la vida de todos y buena parte de nuestra forma de vivir en común (por suerte, no toda) y que, paradójicamente, los “políticos” no pueden siquiera discutir.

Pero, ¿cuál es esa verdadera política, cuál es su intención ordenadora de la vida en común? Es claro que su preocupación no está en salvar a los más pobres, a esa mitad de la población mundial que vive con cinco dólares diarios. La ideología dominante solo podrá ver ahí un nicho de ganancia. El cinismo empresarial llega a argumentar que un soporte financiero al trabajo informal (como los que han surgido hace poco) es una efectiva “política social” y que el primero en valorarlo es el propio beneficiario… Claro: si alguien está en un pozo y, en lugar de ayudarlo a salir, se considera aceptable venderle un vaso de agua por día, el desgraciado podría agradecerlo.

Los más pobres, ya lo dijo Marx, son el “ejército de reserva”, con un mínimo salarial para reproducir su fuerza de trabajo… y poco más. Ese “poco más” de los más pobres, pero mucho en la otra mitad del mundo no tan pobre, es todo lo “mental”, todo lo intangible que alimenta y es alimentado por ese gran comando “inteligente” en construcción, destinado a cumplir funciones cada vez más complejas y manipuladoras de nuestra conciencia colectiva. Una concentración de información creciendo exponencialmente en la misma medida en que los humanos nos hemos multiplicado sobre Gaia y optamos por establecer contactos mediados con los demás. Quienes verdaderamente gobiernan han puesto el foco en esa mediación, en este proceso de orden simbólico, plenamente conscientes de que todo lo que existe en el mundo es lo que puede nombrarse y, quien nombra, domina.

Esta oportunidad, económica y simbólica a la vez, la realizan los nuevos sujetos, las grandes empresas tecnológicas. De la misma manera que el entretenimiento y el espectáculo ya habían logrado (casi) monopolizar la ideología y la sensibilidad del siglo XX, ahora se expande un entramado cada vez más complejo y aún más dominante en ancas de la automatización y las nuevas técnicas de la información.

Entonces aquella “cabeza” individualista, engreída, loca por el éxito, el dinero y la fama, que antes se sostenía en el cine y la televisión, ahora lo hace, de forma mucho más personalizada y adictiva, en los algoritmos, las redes sociales y la inteligencia artificial. Se modifica todo para no modificar nada; en el fondo están las clases, la propiedad de los medios y la explotación: los ricos explotan no solo el trabajo, sino el tiempo libre de todos para obtener ganancias difíciles de concebir en otras épocas, donde los socialismos y las socialdemocracias del mundo intentaban hacer de la política un asunto nacional viable.

¿Será entonces que la verdadera política y los estados nacionales conforman una dupla imposible? Parece que hay demasiada evidencia para negar esta afirmación. La existencia de los estados resulta, finalmente, la mejor cárcel para que los ciudadanos no hablen ni cuestionen las bases de sus acuerdos de vida común.

A fin de cuentas, cuando se obtura la política, (la única posibilidad de cambio de nuestra vida en común) y las bases de convivencia se perciben malas, injustas y egoístas, solo puede aflorar la violencia.

En Uruguay, por ejemplo, más de un progresista bien intencionado, al escuchar este tipo de razonamientos, esbozará de inmediato una sonrisa y te dirá: “Ah, bueno, tú todavía persigues utopías”. Sin embargo, la izquierda en Uruguay nació y se desarrolló cercana a los problemas del mundo, y unía su proyecto nacional a un proyecto de mundo nuevo y posible. ¡Qué pérdida irreparable han traído los progresismos autolimitándose a la mera administración nacional! Es curioso, pero la única chance de aproximarse al tema es por la negativa, por ejemplo, diciendo “no al saqueo de agua”, “no a la exploración sísmica de petróleo”, etcétera. El problema persiste aun cuando las organizaciones sociales logren frenar la depredación, porque ¿a qué le decimos que sí? Nos hace falta horizonte.

Obviamente, esa no es la perspectiva de las grandes potencias geopolíticas o militares que conforman una estrecha alianza con sus megaempresas que exportan y reproducen el orden mundial, disputándose una centralidad que -indistintamente- necesita de una periferia que le provea de materias primas y mano de obra barata; la generación de riqueza de unos (sea liberal de Estados Unidos o “comunista” de China) solo se explica por la expropiación, es decir, por la existencia de la pobreza de otros.

Todas estas cosas resultan tan claras y fáciles de comprender que uno casi no entiende por qué se discuten tan poco, cómo casi no aparecen en los medios, cómo se perpetúan injusticias de continentes arrasados por el despojo y la violencia; cómo la fuerza y la riqueza y sus peores y más visibles consecuencias (por ejemplo, el colonialismo y el genocidio sionista) resultan “naturales” o “lógicas”.

Todo esto sufre la humanidad mientras un niño podría perfectamente comprender las causas. ¿Qué nos nubla la vista? ¿Qué separa tanta evidencia de lo que podemos ver? ¿Por qué tanta estúpida fascinación con la novedad de los “cambios tecnológicos” mientras no vemos lo más importante que continúa prácticamente incambiado durante siglos? El (pobre) lugar de la actual política local finalmente resulta el mejor ruido para no escuchar, el filtro imprescindible para no ver. La inconmensurable pérdida de tiempo (¡cómo nos aburre a la mayoría, por dios!) con declaraciones, reproches, autocríticas, conferencias de prensa, interpelaciones…

A fin de cuentas, cuando se obtura la política (la única posibilidad de cambio de nuestra vida en común) y las bases de convivencia se perciben malas, injustas y egoístas solo puede aflorar la violencia. Todo puede llegar a percibirse como simulacro, como cínico o hipócrita: es difícil creer en un ordenamiento jurídico y moral transmitido en medio de su derrumbe. ¿Cómo predicar la solidaridad en medio de la competencia más desenfrenada; cómo predicar el trabajo honesto si es con el deshonesto que se obtienen los mejores frutos; cómo decirle a un niño que debe ser solidario con sus compañeros cuando ve que sus padres luchan para vivir o sobrevivir preocupándose solo por ellos mismos?

La irracionalidad de las normas empresariales en el mundo tiene una última y más terrible consecuencia y ella es sobre Gaia. Mientras que la ciencia en primer lugar, pero cualquiera de nosotros con un mínimo de información, sabemos del daño irreparable de esta forma de administrar “lo común”, que no es solo lo de nuestra especie (de acuerdo con el humanismo eurocéntrico), sino de todo lo que nos rodea y con lo que formamos una unidad; mientras eso ocurre, la política lo calla, lo esquiva, o peor: inventa un ministerio para luego “adaptar” las resoluciones depredatorias, edulcorando la catástrofe.

Conclusión: la política, si es política, es un asunto mundial. En primer lugar, porque ya lo es, pero en forma de no-política, de autoritarismo económico.

Más que nunca, “proletarios del mundo, uníos”, hablemos de los temas grandes y urgentes de la humanidad y del planeta. Retornemos, como izquierda, a la vieja senda de construir un modelo alternativo donde nuestros anhelos y reformas vayan en la misma dirección de otro mundo posible. La derecha y el cinismo empresarial tienen la palabra que ordena (y desordena) el mundo. ¿Qué fuerza sino una izquierda internacionalista podrá disputar hegemonía? Es decir, retornar a la política.

José Stagnaro es maestro de primaria, magíster en Ciencias Humanas y docente en Formación Docente.