Uruguay goza de 41 años consecutivos de democracia y, según el índice de democracias de The Economist, se encuentra entre las 15 democracias más plenas del mundo y líder en las Américas. En el mapamundi, nuestro territorio lleva el color minoritario de la democracia plena y esto se debe a la lucha incansable del pueblo uruguayo para construir democracia, cultura cívica, institucionalidad y paz, luego de un largo sufrimiento causado por la última dictadura civil-militar ocurrida en el país.
Pero no todos los pueblos gozan de la fortaleza democrática uruguaya y no todos los actores políticos occidentales están interesados en llegar a tal distinción republicana. El mundo hoy está convulsionando por diferentes tipos de violencias, que son promovidas de manera deliberada desde el núcleo mismo de algunos gobiernos que se jactan de luchar por la libertad y la democracia, sin tener el más mínimo interés por llegar a ser democracias plenas. No es casualidad, pues en ese caos violento deliberado algunos mandatarios alcanzan sus objetivos político-narcisistas y un número reducido de personas logran, desde las sombras, liderar mercados económicos en detrimento de los pueblos y en beneficio de industrias que respiran a través del caos y la violencia. Un círculo con sólida base ideológica, que no ofrece libertad ni derechos, sino una fórmula que los uruguayos y uruguayas conocemos bien: caos, violencia, muerte, totalitarismo, y ganancia económica para quienes gestionan políticamente esa forma de gobierno desde adentro y para quienes idearon ese caos desde afuera.
De la democracia liberal a la autocracia trumpista
Por estos días, las fórmulas violentas del pasado se están aplicando nuevamente en algunos países y se están intentando aplicar en otros; el ejemplo más claro y brutal de la actualidad es Estados Unidos. Un país con un líder inmoral que a todas luces parece estar intentando construir una autocracia fascista que deliberadamente está dinamitando la débil base democrática que aún le queda a Estados Unidos.
Los excesos antidemocráticos y con características totalitarias como los del ICE (Immigration and Customs Enforcement), por orden directa de Donald Trump, llevan a pensar que detrás de cada movimiento hay un interés mayor que opera de la mano de intereses internacionales. La intervención del ICE como brazo armado ideológico tiene objetivos internos bien marcados: generar terror, miedo, caos, y quedó claro con los asesinatos de Renée Nicole Good y de Alex Jeffrey Pretti (ciudadanos estadounidenses) que ya no hay una cuestión únicamente racista, ahora también es ideológica, de clase, de disputa territorial.
No es casualidad que ese caos y esas muertes se estén dando en un estado con una población menor a la media nacional y demócrata. Es un laboratorio que podría tener como objetivo invocar la Ley de Insurrección, que le permitiría a Trump desplegar las Fuerzas Armadas y la Guardia Nacional con control total sobre los territorios, sin necesidad de solicitar permiso al Congreso para contrarrestar todo lo que identifique como “enemigo interno”. Es un laboratorio que le está permitiendo a Trump esbozar ideas como que su gobierno es tan bueno que ya no serían necesarias las elecciones de medio término o para que parlamentarios republicanos se estén moviendo con el objetivo de modificar la enmienda 22, que es la que limita a un máximo de dos el número de veces que un ciudadano estadounidense puede ejercer la presidencia. Parece que la ecuación es clara y busca la permanencia del régimen de Trump en el poder.
En Uruguay estas posturas deberían encender todas las alarmas a quienes defienden la democracia y la república en serio, pues quizá estemos ante la presencia de algunos wannabe (aspirantes a fascistas).
¿Hay peligro en algunas posturas domésticas?
Hace años que leemos y escuchamos a varios actores políticos uruguayos opinar acaloradamente en contra de Venezuela, Cuba, Brasil, Colombia y, últimamente, Irán. Hace años que varios escupen las palabras libertad y democracia para, con una especie de superioridad moral republicana, referirse a hechos políticos de dichos países. Ahora bien, llama la atención que ante hechos de gravedad como los asesinatos, detenciones arbitrarias y violencia extrema por parte del ICE en Minnesota y otras partes de Estados Unidos, no hayan dicho nada; que ante el indulto por parte de Trump y posterior liberación de un expresidente encarcelado por narcotráfico para influir en las elecciones de Honduras no se hayan expresado; que ante el genocidio que está cometiendo el Estado de Israel en Palestina lo nieguen, no opinen acerca del pedido de captura internacional que recae sobre Benjamin Netanyahu por crímenes de guerra y apoyen las manifestaciones de quienes defienden y militan ese genocidio. También es llamativo que tímidamente condenen la invasión ilegal de Estados Unidos a Venezuela que llevó al secuestro de Nicolás Maduro, pero dejen leer entre líneas que de última, de alguna manera, Maduro tenía que caer, y es preocupante que a varios se les haya pintado una sonrisa en la cara ante el triunfo del neopinochetismo en Chile.
Todas estas acciones son demostraciones políticas cargadas de ideología y responden a una amalgamada estrategia que están aplicando las derechas a nivel mundial. En Uruguay estas posturas deberían encender todas las alarmas a quienes defienden la democracia y la república en serio, pues quizá estemos ante la presencia de algunos wannabe (aspirantes a fascistas) como aquellos de los cuales nos habla el historiador Federico Finchelstein en su libro Aspirantes a fascistas. Una guía para entender la principal amenaza a la democracia, quienes se sienten confortables operando en algunas zonas grises de la democracia y, mediante el silencio y la evasión sobre algunos temas internacionales graves, estarían dando su apoyo a acciones concretas en contra del orden democrático. Son quizá esos civiles partidizados que en algún momento de la historia uruguaya apoyaron a quienes, en nombre del orden y la libertad, se llevaron puestos la democracia, las instituciones, la paz y el futuro de todo un país.
Si analizamos la realidad minuciosamente, nos damos cuenta de que todo está conectado de manera global. Hoy Uruguay no es un paradero aislado, es parte del mundo e interactúa de múltiples maneras con el mundo. Tenemos una de las democracias más plenas, pero eso no nos convierte en inmunes a que algún político uruguayo quiera importar e imitar tipos autoritarios de democracia como el trumpismo, el mileísmo o el orbanismo húngaro. No nos convierte en inmunes a una invasión, a aranceles extremos, a un bloqueo económico como el que sufre Cuba o a una amenaza de anexión como la que sufre Groenlandia. Mucho menos nos vacuna contra los nostálgicos de otras épocas con deseos de poder, máxime cuando hay actores políticos internos haciendo guiñadas a la Doctrina Monroe 2.0 que se deja ver en la nueva Estrategia de Seguridad Nacional de Estados Unidos, como aceptando ser, a cambio de favores y lealtad política, nuevamente patio trasero. Ante estas amenazas latentes, está en juego nuestra democracia plena, pero, por sobre todas las cosas, está en juego, una vez más, nuestra soberanía y la de toda América Latina.
Yamandú Vitabar es asesor parlamentario.