En los últimos días se ha puesto a funcionar un sistema conjunto entre el Ministerio del Interior, el Ministerio de Desarrollo Social (Mides) y la Intendencia de Montevideo (IM) para “limpiar” las calles de personas en situación de calle, eufemismo que se refiere a las más o menos 2.000 personas que viven en las calles en Montevideo. Este operativo empezó aplicando la ley de faltas, y por suerte fue iniciado en verano y no después de algún muerto por hipotermia, como ha ocurrido siempre. En una acción que no parece muy coordinada, la Policía habla con ellos, los lleva a un refugio y la IM se encarga de recoger sus pertenencias; los trasladados solo pueden conservar lo que quepa en una mochila, si la tienen. Si no se adaptan o no quieren quedarse en algún refugio “donde haya cupo”, se les da gratis un boleto para que vuelvan al Centro, pero eso sí, las cosas que tenían, sus pertenencias, ya fueron recogidas y quemadas porque alguien las catalogó como basura. Comienzo y fin de la operación “Montevideo más linda sin pichis drogados durmiendo, robando, comiendo, meando, cagando en las veredas”, donde vive “gente como uno”. Si tenemos suerte, habrá menos de ellos y ellas afeando el paisaje y el barrio.

Dice el artículo 45 de la Constitución de la República que “todo habitante tiene derecho a una vivienda decorosa”. Parece un chiste de mal gusto. Más de 190.000 uruguayos viven en asentamientos, con techo de zinc y paredes de cartón, si tienen suerte. Muchos de ellos sin agua, sin energía eléctrica y, por ende, sin luz, sin TV, sin internet, la mayoría de ellos en el departamento de Montevideo. Pero estos asentamientos están en la periferia montevideana y casi no los vemos. A ellos no se aplica la norma programática de la Constitución.

“Todo habitante será protegido en el goce de su propiedad”, dice el artículo 7 de la carta magna, otra norma “programática” que también parece un chiste de mal gusto. La propiedad es un derecho inviolable cuando hablamos de estancias, de edificios de apartamentos alquilados, de bancos, de empresas, de periódicos, de canales de TV. No está protegido en el goce de su propiedad ningún uruguayo que vive en la calle, porque no tiene una vivienda decorosa. Otro chiste de mal gusto. En estos casos sus pocas pertenencias, lo único de lo que son “propietarios”, les son arrebatadas y quemadas por la Policía, con la complicidad del Mides y de la IM, por considerarlas basura. A estos uruguayos se les aplica una ley vergonzosa que establece que vivir en la calle es una falta y, por lo tanto, son “desalojados” (como le gusta decir al diario El País, siempre preocupado por el bienestar de los uruguayos). Como si alguien eligiera no tener vivienda, una casita con cocina, agua, luz, baño y una cama donde dormir. Las autoridades se consideran autorizadas por esta ley para destruir toda aquella pertenencia que no quepa en una mochila.

Hace muy poco, una senadora de la República, que entiende divertido difundir fake news, difamaciones e injurias sobre quien se cruce en su cruzada libertaria, negó públicamente que en Uruguay exista una brecha socioeconómica: todos somos iguales, sostiene. Tan iguales que entiende que no se debe aplicar a algunos compatriotas multimillonarios un impuesto del 1% de su riqueza y verter el producido para aliviar la pobreza infantil, que ya sufren más del 30% de los niños uruguayos.

La ciudad está dividida entre los que habitan bajo techo, tienen baño, tienen un auto o una bici o una moto, y, por otro lado, los que solo tienen una mochila y todo lo demás que poseían alguien resolvió que es basura.

No hace mucho tiempo, un connotado socialité que entiende divertido clasificar a los uruguayos entre blancos y marrones, inventó una nueva división en Montevideo: desde Avenida Italia al sur y desde esta misma avenida hacia el norte, donde él no pisa. Y en este mismo Montevideo, concretamente en Ciudad Vieja, Centro y Cordón, y esta vez lo digo yo, la ciudad está dividida entre los que habitan bajo techo, tienen baño, tienen un auto o una bici o una moto, y, por otro lado, los que solo tienen una mochila y todo lo demás que poseían alguien resolvió que es basura, se lo quitaron y lo quemaron. A estas personas que viven en las calles “las agarran y las llevan a Casavalle”. No voy a comentar el “las agarran”. Todo comentario sobra y es fútil. Parecería que son objetos o, en el mejor de los casos, gallinas. Asombra la deshumanización a la que hemos llegado.

El lugar donde se encuentra el refugio al que los llevan es en Casavalle, un barrio en la periferia de la ciudad, lejos de la gente como uno. Allí llevan a personas que están acostumbradas a vivir en el Centro, Cordón o Ciudad Vieja, rebuscándose la vida y de donde son vecinos, aunque duerman en un colchón en la vereda. Pero “afean la ciudad” y no queremos verlos.

Algunos duermen en la calle, piden limosna. Molestan. Algunos revuelven la basura buscando comida, no se bañan, usan la calle de baño. Ensucian y huelen mal. Algunos están drogados, borrachos, roban. Asustan. La palabra empatía ha sido sustituida por las palabras nosotros y ellos.

Por eso “los agarran” y los llevan lejos, tratando de que nos olvidemos de que existen. Porque su presencia nos marca que, además de ellos, están los que no vemos, los más de 190.000 uruguayos invisibilizados que viven en 350 asentamientos en la periferia de Montevideo, viviendo en condiciones infrahumanas.

En los barrios céntricos hay un sinfín de casas abandonadas que muy bien podrían ser recicladas y transformadas en refugios amigables. Pero no: los quieren lejos. Los agarran y los llevan a Casavalle, donde no se ven. De soluciones de fondo, de reinsertar, de curar, de hacerlos sentir personas, ciudadanos, ni un poquito. La solución es Casavalle, que se parece a barrer para abajo de la alfombra. Que no se vean.

Por eso existe este plan. Para no verlos, no para recuperarlos y reintegrarlos a nuestra sociedad. Soluciones ciertas, concretas, un plan que nos involucre a todas y todos como sociedad humanista, solidaria, para no tener personas durmiendo en la calle, para no tener niños bajo el índice de pobreza, es muy complicado.

Cristina Prieto es abogada.