Según algunas consultoras de opinión pública, se ha detectado un deterioro de la evaluación de Yamandú Orsi como presidente en el último tiempo, al punto que quienes desaprueban su gestión son un poco más que los que la aprueban. Razonablemente, esto lleva a realizarse preguntas: ¿por qué motivo ha bajado la opinión de su trabajo como mandatario? ¿Qué significan estos números para el próximo período electoral? ¿Cuántos verbos en primera persona del singular debe Orsi conjugar para revertir esta situación?

En lo personal, no creo que se deba observar este asunto como algo que recae estrictamente en Orsi o el Frente Amplio, más allá de si se está de acuerdo o no con su labor. En realidad, que la imagen de un presidente se desgaste es bastante habitual. Un concepto varias veces repetido a lo largo del tiempo es el de la “luna de miel” de la gestión presidencial. Básicamente, los primeros meses los presidentes gozan de una mejor imagen, a causa del visto bueno inicial de algunos de los votantes de los partidos opositores, además de los propios. Eventualmente estos números no se terminan sosteniendo y, por lo general, la imagen de la gestión de un presidente llega a su peor versión en el segundo o tercer año de su mandato. A partir de ahí vuelve a mejorar de la mano del comienzo del período electoral y la alineación de los electorados. Que la imagen de Orsi decaiga en su segundo año no es raro, es lo habitual. Además, tampoco es que haya tenido una caída más abrupta que sus antecesores.

Más allá de que este desgaste es común, también es cierto que, posiblemente, al oficialismo no le hace mucha gracia. La gestión de Orsi siempre presentó números comparativamente bajos en la evaluación de su gestión. ¿Por qué motivos? Hay algunas variables que pueden haber incidido.

Por ejemplo, el Frente Amplio llegó a este gobierno mucho más débil que cualquiera de sus tres gobiernos anteriores, donde había sacado al menos el 48% de los votos en primera vuelta y había salido de las elecciones con mayoría en ambas cámaras. En las elecciones pasadas lo votó el 44%, y más allá de que eso no se vea como una diferencia tan importante, significa que en este período el Frente no puede pasar nada solo con sus votos en Diputados, y eso afecta cómo puede relacionarse con otros partidos, lo que puede proponer y la imagen que da a la población de su gestión. Asimismo, este gobierno también se encuentra restringido en cuanto a su capacidad de invertir en políticas públicas.

Por otro lado, vale la pena traer a colación que, de la misma forma que la distribución de votos, la conformación de la sociedad ya no es la misma que en los tres gobiernos frenteamplistas anteriores. Según Equipos Consultores, desde 2003 hasta 2018, quienes se identificaban como de izquierda o centro-izquierda eran consistentemente más que quienes se identificaban de centro-derecha o derecha. Recién a finales del último gobierno de Vázquez como presidente esta situación se empareja, y se ha mantenido así hasta la fecha. Incluso en el último año pasa algo bastante cómico, que es que en el primer año de un gobierno izquierdista hay ligeramente más personas autoidentificadas de derecha que de izquierda.

Que la imagen de Orsi decaiga en su segundo año no es raro, es lo habitual. Además, tampoco es que haya tenido una caída más abrupta que sus antecesores.

Tal vez, de la mano de esto, es que estemos viendo una profundización de un fenómeno del que ya se ha escrito bastante: el corrimiento del Frente Amplio hacia el centro del electorado. Cuando se enumeran los temas más importantes de política partidaria nacional desde que comenzó su gestión, no hay tanta confrontación ideológica como afectiva.

Esto es particularmente relevante porque, por el momento, no se está del todo seguro quiénes son los que le retiraron el visto bueno al presidente. Obviamente hay una cuota de coalicionistas que, paulatinamente, dejaron de lado las medias tintas, pero, de acuerdo con los relevamientos de Opción y Cifra, se registró un aumento del descontento frenteamplista. Sin embargo, la última medición de Factum difiere: según ellos, siete de cada diez frenteamplistas aprueban la gestión, lo cual es algo más común históricamente.

De todas formas, al menos para el director de Opción, entrevistado por el semanario Búsqueda, los votantes frenteamplistas que dejaron de aprobar la gestión no son los más identificados con el partido, sino quienes momentáneamente se pusieron del lado ganador en segunda vuelta, por ende, los más proclives a desafectarse. Esto no implica que no haya descontentos que estén corriendo por izquierda al gobierno actual, pero que corran no significa que se puedan esconder. El Frente es ideológicamente amplio y las alternativas por fuera pueden resultar menos atractivas por su desempeño en elecciones anteriores.

De todas formas, más allá de que hay correlación entre una buena evaluación del gobierno y el voto por ese partido, eso no significa que por tener una ligera mala evaluación el Frente Amplio esté fuera de carrera. Cuando las consultoras de opinión pública comparten datos sobre el desempeño de la oposición, los juicios tampoco les sonríen. Pero si tomamos una de las últimas publicaciones de Factum, se desprende que el 20% de los uruguayos se encuentra descreído de la política, lo cual, a priori, surge como un número impactante. ¿Esto podría suponer el ascenso de partidos por fuera de los bloques habituales? Todavía es demasiado temprano, pero en el contexto actual es una posibilidad que no se puede dejar de lado.

Ernesto Rodríguez es licenciado en Ciencia Política.