Este año, dos gobernantes añosos buscarán renovar el apoyo a su gestión, sin que junto a ellos hayan crecido continuadores de similar peso político. Luiz Inácio Lula da Silva tiene 80 años; Donald Trump, 79.

En poco más de siete meses, el 4 de octubre, habrá elecciones generales en Brasil, que muy probablemente conducirán a una segunda vuelta por la presidencia tres semanas después, el 25 del mismo mes. Nueve días más tarde, el 3 de noviembre, se realizarán elecciones de mitad de período en Estados Unidos. Cuando concluya ese breve ciclo de comicios, los resultados habrán determinado rasgos cruciales del escenario para los próximos años en escala internacional, regional y nacional.

No se detendrá el cambio de época que vivimos, con declive estadounidense y ascenso chino. Sí se definirán relaciones de fuerzas muy relevantes para ese proceso de cambios, en la medida en que se fortalezca o se debilite la capacidad de Trump para resistirlos con ofensivas autoritarias e imperialistas, en su país y en el resto del planeta.

Serán muy importantes, sin duda, los desenlaces de esas ofensivas, pero lo primordial, desde nuestro punto de vista, deberían ser las batallas democráticas.

Perspectivas

En nuestra región, puede ocurrir que Lula siga en la presidencia brasileña como un foco de resistencia y amparo para las corrientes progresistas. La otra opción es que Brasil, en vez de ser el único miembro pleno latinoamericano del grupo BRICS (que fundó en 2009 junto con Rusia, India y China, y al que se sumaron luego Sudáfrica, Egipto, Emiratos Árabes Unidos, Etiopía, Irán e Indonesia), se sume a la creciente lista de países latinoamericanos cuyos gobiernos están alineados con el de Trump y que participan en grupos formados por el presidente estadounidense, como la Junta de Paz y la “coalición anticárteles” del Escudo de las Américas. Esto dejaría al actual gobierno uruguayo en un marcado aislamiento ideológico dentro de la región y del Mercosur.

De todos modos, el significado futuro de las elecciones brasileñas estará fuertemente condicionado por el resultado de las estadounidenses. A comienzos de noviembre, Trump puede quedar fortalecido para incrementar su arremetida, pero también puede verse frenado por una oposición interna que acote su actual margen de maniobra internacional, y caben más opciones intermedias que en el caso de Brasil.

Las consecuencias de todo lo antedicho serán enormes y hay que prepararse para que la peor combinación de resultados no nos tome desprevenidos. Sin embargo, aún más decisivos pueden ser los efectos en lo que la ciencia política llama “la ventana de Overton”, o sea en el rango –móvil– de las ideas políticas aceptables para la sociedad.

Los esfuerzos para desplazar esa ventana corresponden a lo que suele llamarse “batalla cultural”, y en estos tiempos el corrimiento se viene produciendo hacia la derecha, con un cambio cualitativo alarmante. No se trata solo del avance de criterios retrógrados en el terreno de las políticas públicas, sino que también se naturaliza, cada vez más, la impugnación del propio sistema democrático de gobierno, socavando un componente clave de lo que llamamos civilización occidental.

Cimientos

El 10 de diciembre de 1983, Raúl Alfonsín asumió como presidente de Argentina tras casi siete años de dictadura y sostuvo en un discurso ante el Congreso que la recuperación de la libertad serviría “para construir, para crear, para producir, para trabajar, para reclamar justicia –toda la justicia, la de las leyes comunes y la de las leyes sociales–, para sostener ideas, para organizarse en defensa de los intereses y los derechos legítimos del pueblo todo y de cada sector en particular. En suma, para vivir mejor”. Añadió que “la democracia es un valor aún más alto que el de una mera forma de legitimidad del poder, porque con la democracia no solo se vota, sino que también se come, se educa y se cura”. La cuestión es demostrarlo con resultados.

La democratización de las relaciones sociales solo se arraiga si, además de sustentarse en convicciones éticas, produce un aumento de la calidad de vida reconocido por las mayorías. De lo contrario, prospera la prédica regresiva, desde lo laboral hasta lo ambiental, pasando por las cuestiones de género, la política tributaria y la de vivienda, la protección social, la seguridad pública y muchas otras áreas, pero también con respecto a la democracia misma.

Al pensamiento progresista le va la vida en esa demostración de resultados, que “renueve el contrato social” y genere entusiasmo ciudadano más allá de la defensa de derechos adquiridos, como dijo en una reciente entrevista con este medio el académico español José Antonio Sanahuja.

El progresismo tiene su propia ventana de Overton, y si esta se acerca demasiado a la de la derecha, postulados como el de Alfonsín se vuelven una profecía autosaboteada. Por lo tanto, no se trata solo de esperar las elecciones en Brasil y Estados Unidos, sino también de contribuir a la validación social de la democracia, en la medida de las capacidades locales pero sin contentarse con un poquito menos.