¿Cómo reconstruir lo colectivo cuando las certezas políticas se debilitan? La pregunta no es solo teórica. Atraviesa muchas de las discusiones que hoy se dan dentro del Frente Amplio (FA) y en buena parte de las izquierdas del mundo. La crisis de las formas tradicionales de la política no es un fenómeno pasajero ni se explica únicamente por los resultados electorales. Tiene que ver con algo más profundo: una transformación cultural y antropológica que afecta las formas en que las personas se vinculan con la política, con las organizaciones y con lo colectivo.
En su libro El temblor de las ideas, Diego Sztulwark propone una imagen sugerente para pensar este momento: habla de partisanos, desertores y náufragos. Tres figuras que representan distintas maneras de habitar la crisis de la política. En ese contexto, estas tres categorías ofrecen una imagen sugerente para pensar las distintas formas en que hoy se expresa la subjetividad política.
Los partisanos son quienes continúan comprometidos con la lucha política organizada. Buscan intervenir activamente en la historia y sostienen una militancia activa frente al conflicto político. Encuentran sus trincheras en partidos, sindicatos, movimientos sociales u organizaciones estructuradas y siguen apostando a la acción política organizada como herramienta de transformación.
Los desertores, en cambio, son quienes se distancian de las estructuras políticas tradicionales o desconfían profundamente de ellas. Abandonan los espacios institucionalizados de militancia y optan por retirarse de las lógicas dominantes del poder. Sin embargo, esa deserción no necesariamente implica pasividad. Muchas veces constituye una forma de rechazo activo frente a un orden político que perciben como agotado.
Por último, están los náufragos, quienes viven la crisis política como una pérdida de referencias. Son personas que ya no encuentran espacios claros de pertenencia y buscan recomponer vínculos y sentidos en medio de la incertidumbre. Entre ellos puede percibirse algo parecido a una “solidaridad de náufragos”: una forma de encuentro entre quienes sienten que el mundo político conocido se ha resquebrajado.
Quienes lean estas categorías probablemente se reconozcan en alguna de ellas, o tal vez en todas, o quizás en ninguna. Muchos hemos transitado distintos lugares a lo largo del tiempo. Lo importante es comprender que cada una de estas posiciones expresa, a su manera, una forma de resistencia frente a un mundo que intenta naturalizar la vida como una mercancía más.
Mantener una postura que no se acostumbre a la pobreza, a las injusticias o a las violencias ya constituye una forma de esperanza.
Escribo como militante, pero no espero que todos lo sean. Si bien comparto la convocatoria del FA en el Plan Político 2025-2026 a ampliar la base social, a construir sintonía con nuestro gobierno y a conjugar la dialéctica entre amplitud y profundidad, creo que esta convocatoria debe ser capaz de reconocer y respetar las múltiples formas de resistencia social que existen en nuestro pueblo.
A veces los militantes de izquierda corremos el riesgo de la necedad. Es una tentación recurrente: la de creer que tenemos respuestas para todo o que comprendemos la realidad mejor que los demás. Esa actitud puede alejarnos de las experiencias concretas de la gente y de las diversas formas en que la sociedad enfrenta sus problemas cotidianos.
El desafío actual no es solo fortalecer la fuerza política, sino reconstruir la confianza social necesaria para construir mayorías democráticas. La tarea es la esperanza.
Podemos comprender las dificultades de un mundo atravesado por múltiples crisis y de un país que muchas veces no logra atender las necesidades más urgentes de su población. Podemos explicar nuestras intenciones y el trabajo que hacemos para atenderlas; pero no podemos imponer certezas que no existen.
Reconstruir lo colectivo exige también revisar nuestras propias prácticas políticas. El propio Plan Político del FA contiene pistas interesantes en ese sentido. Entre ellas aparece una recomendación aparentemente simple: realizar el taller sobre “¿Cómo organizar reuniones productivas?”. Puede parecer un detalle menor, pero en realidad apunta a una de las críticas más extendidas hacia la política colectiva: la sensación de que juntarse no aporta nada. Que las reuniones son una pérdida de tiempo.
Reconstruir lo colectivo implica volver a valorar el encuentro. Cuando un grupo de personas se reúne para pensar, discutir o imaginar proyectos comunes, ocurre algo más que una coordinación de tareas: se produce grupalidad y comunidad.
Es cierto que las dinámicas del poder generan tensiones y conflictos. Son inevitables en la política. Pero una cosa son las diferencias políticas y otra muy distinta es el protagonismo permanente de los egos personales que terminan vaciando de contenido los espacios colectivos.
Escribo estas líneas sabiendo que también soy parte del problema. No creo en los militantes que se presentan o autoperciben como lo nuevo, lo bueno o lo renovador. Esas condiciones se definen en la práctica política cotidiana, y las contradicciones siempre están a la vuelta de la esquina.
Creo firmemente en un proceso que respeta la unidad en la diversidad como valor supremo de la izquierda uruguaya, una experiencia singular en el mundo. El FA ha demostrado a lo largo de su historia que es posible construir un proyecto político capaz de articular tradiciones, sensibilidades y experiencias diversas en un horizonte común de justicia social. Este legado se hizo cultura y subjetividad que permite apostar a reinventarse con la confianza que brinda la pluralidad. Y en esta etapa, el camino de acumulación es profundizar esa perspectiva más allá de los límites partidarios y “partisanos”.
En ese sentido, el desafío actual no es solo fortalecer la fuerza política, sino reconstruir la confianza social necesaria para construir mayorías democráticas. La tarea es la esperanza. Esa tarea implica respetar todas las formas de organización y participación colectiva, abrir espacios de diálogo con quienes no forman parte de nuestras estructuras políticas y construir agendas capaces de responder a las necesidades concretas de la gente. Cualquier otra estrategia es hacerle el juego al neoliberalismo.
Las certezas no se decretan. Se construyen colectivamente, se discuten y se reinventan. Y mientras no llegan, al menos podemos esperarlas juntos. Mientras tanto, la vida sigue. Y ya sea como partisano, desertor o náufrago, vale la pena sostener la esperanza de un presente y un futuro mejor.
En ese camino, el FA tiene una responsabilidad histórica: ser un espacio capaz de convocar a quienes siguen militando, dialogar con quienes se han distanciado de la política y ofrecer un horizonte común para quienes buscan recomponer lo colectivo.
Porque, en definitiva, la vocación de mayoría no es solo una estrategia electoral. Es la capacidad de construir un proyecto político que vuelva a hacer de lo colectivo un lugar habitable para amplios sectores de la sociedad.
Federico Lezama es integrante de Frente en Movimiento/El Abrazo.