La guerra desatada por Israel y Estados Unidos contra Irán, además de violar todas las normas del derecho internacional y de cometer crímenes de guerra, ha generado una confrontación que ya abarca a todo Medio Oriente y genera tensiones en todo el mundo.
El ataque, que incluyó bombardeos a objetivos civiles y el asesinato extrajudicial del líder religioso Alí Jamenei y muchos altos miembros del gobierno de la República Islámica de Irán, ha sido de una magnitud inesperada.
Todos los países que han colaborado con los agresores han sido objeto de ataques con misiles y drones a todas las bases estadounidenses en la región. Simultáneamente, Irán realizó una multitud de ataques similares a varios objetivos en territorio israelí, con progresión de intensidad y penetración de las defensas aéreas, y hubo daños y bajas causados en las principales ciudades de dicho país.
El bombardeo de una escuela de niñas en Irán, con un saldo de más de 150 alumnas muertas, constituye formalmente un “crimen de guerra”. Esta agresión viola normas básicas del derecho internacional y comete crímenes informados por sus autores como actos de guerra normales. El primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, y el presidente estadounidense, Donald Trump, pretenden presentar esta agresión como un acto legítimo invocando derecho a algo parecido a “defensa preventiva”.
Las alusiones a las características del régimen iraní (régimen que a quien suscribe le parece incompartible y en varios aspectos condenable) no justifican la grotesca violación del derecho internacional y reflejan un desprecio absoluto por la soberanía de terceros países.
Estados Unidos es socio y aliado de regímenes teocráticos violatorios sistemáticos de los derechos humanos y ha usado sus bases militares en ellos para perpetrar junto con Israel su agresión, agravada por el hecho de hacerlo durante conversaciones en curso para lograr detener un conflicto armado.
Estados Unidos es socio y aliado de regímenes teocráticos violatorios sistemáticos de los derechos humanos y ha usado sus bases militares en ellos para perpetrar junto a Israel su agresión.
En el caso de Netanyahu, viene de perpetrar un genocidio al pueblo palestino y de desconocer el derecho de existencia del Estado palestino, expulsando sistemáticamente a los pobladores de Cisjordania mientras su gobierno invoca un mandato bíblico de lograr construir “El Gran Israel”. Además, sigue masacrando a la población de la Franja de Gaza, aun después de instalada la paradójicamente denominada “Junta de Paz”, presidida por Trump y administrada por su yerno, con su proyecto inmobiliario turístico de “la Riviera de Oriente Medio” en las costas del Mediterráneo.
Esta introducción es para ubicar el origen del gravísimo problema que afecta ya al mundo entero, mucho más allá de Oriente Medio. Cuesta comprender cómo hay un deleznable control de grandes medios de comunicación que presentan las noticias sobre esta tragedia como si fuera responsabilidad de Irán.
Hecha esta introducción, Uruguay podría –por su histórica política exterior de Estado, defensora del derecho internacional, de la Carta de la ONU, protagonista de contribuciones históricas a las misiones de paz y de un reconocido prestigio como país promotor sistemático del diálogo y la búsqueda de acuerdos para la solución de controversias entre estados– promover un encuentro mundial convocando a la paz. Buscar, junto con muchos líderes mundiales latinoamericanos y extracontinentales, sentar las bases para evitar que la escalada se siga incrementando peligrosamente y encontrar un camino para detener la violencia y parar la dramática matanza.
El gobierno español y el de Portugal se han pronunciado en defensa de la ley, en contra de la guerra y por la paz. El gobierno chino y el de Rusia y muchos otros países de diversos continentes han hecho lo mismo.
Desde Uruguay, con Lula y con Petro, desde una América Latina con una tradición innegable de continente de paz, se podría hacer el llamado preparatorio con los canales diplomáticos activamente comprometidos para impulsar la iniciativa.
Una iniciativa del presidente Yamandú Orsi, desde una actitud probadamente equilibrada y comprometida siempre con el diálogo, pondría sobre la mesa una apuesta a la vida que el mundo necesita con desesperación.
Carlos Pita fue embajador de Uruguay en Chile, España y Estados Unidos.