Hace unos días, un conocido medio me preguntó qué pensaba yo de las reacciones de la oposición por el comunicado de la Embajada de Irán en Uruguay. Lamenté que no me preguntara sobre la incompatibilidad del viaje del presidente a la cumbre convocada por Pedro Sánchez porque tenía unas ganas enormes de mandarle a la oposición una filípica por propiciar tanto debate banal e innecesario. Pero el debate se amplifica porque algunos medios lo amplifican. Si no hubiera periodistas preguntando sobre esto, el tema moría allí en un tuit, o dos, o tres. Y si la izquierda, simplemente, no contestara a la agenda impuesta por la oposición, ¿la cosa terminaría ahí? Sería demasiado simple. La pregunta sobre si la responsabilidad es de los medios queda flotando en el aire.

No nos referimos a todos los medios, sin duda, pero sí a algunos (de los más grandes, de los que se conglomeran y concentran económicamente, y satelizan al resto). Además, el efecto “manada” funciona: de algún modo se cree que no se puede estar fuera de la “gran conversación pública” que algunos medios instalan. Y entonces son entrevistados una y otra vez los mismos, con las mismas preguntas, aunque las conclusiones varíen.

En estos días en que murió el filósofo alemán Jürgen Habermas, cabe recordar sus reparos para con el secuestro de la gran esfera pública por parte de una comunicación “pública” producida desde grandes medios y construida como la realidad tangible de la política para quienes “la ven desde afuera”. De qué hablamos cuando hablamos de política se transforma entonces en la gran cuestión. Y la gente cree que la política es eso que está pasando ahí afuera, especialmente si las voces autorizadas le dicen que es eso lo que importa. No cree –ni sabe– que lo suyo, su micromundo, sus pequeñas decisiones cotidianas sean algo de lo que se ocupe la política. La política aparece como una gran conversación “allá afuera”, y es, en países como Uruguay, aquello de lo que hablan los políticos.

El elitismo del economista austríaco Joseph Schumpeter campea sin que lo veamos, ni siquiera los politólogos (que en su análisis ordinario tienden a interpretar a los políticos, sus intenciones y sus estrategias), y Habermas queda fuera de juego. La política es lo que hacen los políticos es la proposición número uno del elitismo. La más resistida por todos quienes pensamos que la política es lo que hace la gente de a pie: porque esa es la vida de la polis, y no otra.

Pero vuelvo al manejo de la gran conversación pública en Uruguay. No cabe duda de que el gobierno, en este momento, es el actor central de todo lo público. No es el presidente Yamandú Orsi: es todo el gobierno (y en esto reside la diferencia con el gobierno “de” Luis Lacalle Pou, que fungió casi de figura exclusiva de la política uruguaya en el período anterior). Es el gobierno y su partido –el Frente Amplio– la fuente de todas las noticias políticas: lo que dijo, lo que hizo, lo que no dijo, lo que no hizo. Todos los días protagoniza algo, quiera o no quiera. En el centro de la política uruguaya está el gobierno, el Frente Amplio, Orsi y sus ministros.

La oposición no puede cambiar eso; es como tapar el sol con el dedo. Pero igual puede intentarlo. Puede jugar a juzgarlo todo, a banalizarlo todo, a combatirlo todo, a despreciarlo todo. Y, finalmente, a copiarlo todo (porque todo lo que les está pasando tiene que ver, exactamente, con no conseguir ser ni una gran coalición ni un partido mayoritario, y eso, al Frente, no se lo quita nadie, por poco valorado que parezca).

Un día sí y otro también, dirigentes de la oposición hablan mal del presidente, del Frente Amplio, de sus ministros. Y en esa deriva, la gente va perdiendo el sentido de la política.

El gobierno está enfrentando una circunstancia internacional muy difícil en la que le va la suerte al país. La oposición no para de ponerle cáscaras de banana debajo de los pies: hoy una misiva de Irán, ayer lo de si el viaje es constitucionalmente permitido. Un día sí y otro también, dirigentes de la oposición hablan mal del presidente, del Frente Amplio, de sus ministros. Y en esa deriva, la gente va perdiendo el sentido de la política. O preguntándose si ese pugilato permanente es acaso la esencia misma de la política.

Pero lo peor, lo peor de todo, es cuando quieren hacernos sentir “avergonzados”. Y lo peor es cuando emerge una reacción culposa. Entonces se ceban, como el animal político que son, y se golpean el pecho, o estallan en lágrimas, o se victimizan. Siempre en un tono un poco subido, como quien busca pelea. Una pelea que saben que distrae al gobierno de lo que es esencial: gobernar, marcar el ritmo, alentar la gran conversación pública que es la política uruguaya. No solo con los otros partidos, sino con la sociedad toda. Esa es la izquierda y así nació: para disputarle a la partidocracia tradicional la propia noción de la política. Y para generar una comunidad de sentido; una visión de quiénes somos y una idea de cuál podría ser nuestra mejor versión como país.

Entonces, el problema con Irán es que su presidente fue asesinado por orden del presidente de Estados Unidos. Que además ha secuestrado a otro presidente, el de Venezuela. Que además ha colaborado con el genocidio en Gaza. Y que, además, carga con una historia terrible: desde Vietnam hasta las documentadas intervenciones militares en buena parte de América Latina. Se le puede temer, sí, pero ¿qué cordero querría ser amigo del lobo? Es aquí donde debe empezar la gran conversación habermasiana, para empezar por exponentes del buen periodismo de este país (que hay y mucho). Empezará cuando se le pregunte a una importante y destacada figura de la oposición –con el mismo tono con el que nos preguntan por Venezuela o Cuba– ¿de verdad ustedes están apoyando el genocidio en Gaza?; ¿a ustedes no les parece que lo de Trump es una violación del derecho internacional escandalosa?; ¿está de acuerdo con el secuestro y asesinato de presidentes? Me pregunto si los grandes medios de comunicación han obligado a avergonzarse a quienes con sus posturas defienden la barbarie, la guerra y el asesinato. Si no lo han hecho, pueden empezar a hacerlo.

Y la izquierda debe dejar de parecer o sentirse culposa: ha luchado por los derechos de los trabajadores y de las mujeres, ha sufrido el exilio, la tortura y la discriminación durante décadas y décadas, se ha organizado a través del voto y ha logrado conquistar mentes y corazones. Y ahora que tiene el gobierno, debe responsabilizarse por nuestra democracia deliberativa, por la gran conversación pública que nos ocupa, que es la pobreza infantil y no lo que dijo la Embajada de Irán en su respuesta a Javier Milei; que es el Diálogo Social y no si el presidente –por si acaso– “viola” la Constitución por ir a un foro de jefes de Estado “progresistas”; que es la suerte del desarrollo nacional y no las pequeñas púas que se van sembrando, día tras día, para hacer florecer el odio y la sospecha.

Nosotros, a lo nuestro. Y que el griterío no nos distraiga.

Constanza Moreira es senadora del Frente Amplio.