El martes se confirmó que el presidente Yamandú Orsi no asistirá a la primera edición del espacio Global Progressive Mobilisation, organizado por el Partido Socialista Obrero Español (PSOE), el Partido de los Socialistas Europeos y la Alianza Progresista, así como otras agrupaciones internacionales de izquierda. En cambio, sí asistirá a la cuarta edición de la reunión de alto nivel de la iniciativa “En defensa de la democracia”. La participación del mandatario oriental contó con la autorización unánime de todos los partidos políticos representados en la Cámara de Senadores. ¡Hurra por el consenso uruguayo!

Este tema, el de la eventual participación de Orsi en el encuentro global (en el que participarán, por ejemplo, Luiz Inácio Lula da Silva y Claudia Sheinbaum), está hace dos semanas dando vueltas. Se convierte en noticia que no participe en este espacio por dos razones: porque legisladores de la oposición habían anunciado que no votarían la venia para el viaje de Orsi, y porque desde Presidencia señalaron que nunca tuvo la intención de participar en el encuentro organizado por el PSOE, según informó la diaria. La pregunta que se impone en términos políticos es: ¿por qué un presidente de un partido de centroizquierda progresista no iría a un encuentro donde se espera que se discutan aspectos vinculados a la ideología y estrategia de esas fuerzas políticas?

La invitación en estos párrafos es a salir, por un minuto, de la discusión procedimental y legalista de la figura de jefe de Estado y jefe de Gobierno que aglutina a la de presidente uruguayo, porque la historia de este amable país está marcada por mandatarios que recibieron y se reunieron con pares y no pares que les caían simpáticos ideológicamente. Si nosotros salimos de ese intercambio, podremos discutir lo que en el fondo, creo, le está sucediendo a este gobierno.

A esta altura, ya es moneda corriente mencionar las restricciones institucionales y estructurales que tiene el gobierno. A eso hay que sumar una que no solo no le resuelve las restricciones anteriores, sino que complica aún más la situación con la opinión pública y con la ciudadanía: la restricción propia de limitar la potencia política de los gestos. Esa idea de “no hacer olas” (que se aplica para algunos temas y no para otros) es una estrategia que se ha extendido desde la campaña electoral hasta hoy: hay una permanente necesidad de evitar los intercambios (conflictos) político-ideológicos que son incómodos.

Hace un buen tiempo que en este país no se discuten orientaciones político-ideológicas. Hay una obsesión por no entrar en esas disputas, principalmente, por parte de los sectores progresistas o de izquierda (los sectores ubicados “del otro lado” del espectro ideológico sí lo hacen; todo el tiempo ponen en disputa sus intereses y valores). Se entra, sí, en rencillas meramente identitarias –y moralizantes–, y eso le cabe a todo el espectro político. Como se cree, falsamente, que esa es la disputa importante y se asustan ante la creciente polarización “afectiva”,1 los políticos profesionales evitan dar discusiones fundamentales para mantener a flote la pulsión de vida política de este país. Entonces, como podía llegar a ser un problema que un presidente de izquierda vaya a un encuentro donde se hablarán temas de izquierda, se decide que el presidente no vaya. Listo. Se terminó el conflicto. Aquí no pasó nada.

Esa idea de “no hacer olas” es una estrategia que se ha extendido desde la campaña electoral hasta hoy: hay una permanente necesidad de evitar los intercambios (conflictos) políticos-ideológicos que son incómodos.

Nada se resuelve negando los eventuales conflictos. Ni en términos personales ni mucho menos en términos políticos. La política necesita de una versión agonista, que ponga en movimiento a un nosotros y ellos, porque justamente eso nos conmueve a actuar. A defender nuestros valores e ideas en contraposición a los valores e ideas de los otros. Eso, lejos de ser un problema, es una solución.2 Canaliza el conflicto. Lo coloca en el lugar donde tiene que estar. Porque, de lo contrario, la política se limita a tres cosas: a discusiones sobre la gestión cotidiana, que es importante y sin ella no podríamos vivir en sociedad, pero que no van a la cosa pública en sí, sino a su administración; a ataques cruzados moralizantes y llenos de pose que nada tienen que ver con lo que realmente es la política –un lugar donde el conflicto bien entendido construye–, y a un espacio vacío de contenido ideológico, individualizante y, si me permiten, totalmente desmotivante.

No hacer olas, no llamar la atención, evitar el conflicto por miedo a una supuesta escalada incontrolable o a la polarización –como si esta solamente se nutriera de lo que dicen los políticos– aburre. A propios y ajenos. Así como el agua de los estanques se pudre por la falta de movimiento, la política se muere por la falta de conflicto agonista, se infecta de debates triviales y finalmente se seca.

Hay que oxigenar la política con debates que realmente valgan la pena. Que nos convoquen realmente para mover las olas de la comodidad electoralista en la que hemos entrado. Y para ello hay que empezar por casa: contribuir con audacia política. Salir de ese lugar cómodo, y por ello peligroso, de performar la convivencia, de querer mostrarnos sin ninguna fisura.

Camila Zeballos es politóloga.


  1. Este fenómeno puede definirse, en contraposición a la polarización emocional, como la brecha emocional y social entre grupos políticos. Se caracteriza por el favoritismo hacia el propio grupo y la animosidad hacia el contrario. Básicamente, para la literatura que trabaja este fenómeno, en circunstancias de alta polarización afectiva, los sujetos despliegan vínculos emocionales intensos con los suyos y emociones negativas (desconfianza, ira, resentimiento, etcétera) hacia los opositores. Ver Iyengar, Shanto y Westwood, Sean (2015). “Fear and loathing across party lines: new evidence on group polarization”, American Journal of Political Science, 59 (3): 690-707. 

  2. La definición de mi “ser”, de mi identidad política necesita, indefectiblemente, de otro que es distinto. Construir una identidad no implica erigir una esencia, ni una cosa dada. Es un efecto de las acciones permanentes, tanto nuestras como de los otros.