Christopher Nolan es el último bardo en cantar La Odisea. Lo ha hecho con la ayuda del lenguaje más universal del momento: el cine. Ha coincidido con uno de los fenómenos naturales más fascinantes e inquietantes: el eclipse solar del 8 de agosto en parte del hemisferio norte. La película de Nolan es fiel al canto de Homero y no hay duda de que funciona, como aquel en su tiempo –y en todos los tiempos desde entonces hasta ahora–, y sirve de espejo a un mundo que pasa por momentos de transformación; un mundo que cambia y parece fracasar; un mundo que acumula problemas y en el que la naturaleza es la primera en rebelarse y en el que nosotros, mientras, hacemos fiesta y espectáculo.
Nolan se sirve de un anacronismo para llamar la atención del espectador hacia la actualidad de La Odisea al reiterar en los diálogos la idea del fin de la Edad de Bronce, un término que no se acuñaría hasta 1820, cuando el arqueólogo danés Jürgensen Thomsen lo usó por primera vez. El desarrollo de la Guerra de Troya coincide con un período más amplio en el que una prolongada sequía de 50 años –1200 a 1150 antes de Cristo– destronó a Helios, dios del Sol, en favor de Zeus, dios de la tormenta y las nubes. No es pequeño el cambio, hundimiento de imperios, hambrunas, guerras, y todo eso anunciado por un eclipse en marzo de 1223 antes de Cristo, del que se tiene constancia gracias a una tablilla encontrada en Ugarit (Siria).
En coincidencia con el estreno de La Odisea, en 2026 una sequía comenzó a asolar Europa, con consecuencias que van desde miles de víctimas mortales por calor, la amenaza de las cosechas, el incremento del precio del transporte de mercancías al disminuir o cerrar la navegabilidad de los grandes ríos o la paralización de centrales nucleares en Hungría y Rumania por el descenso en el nivel de agua del Danubio, que las refrigera.
La sequía y las consecutivas olas de calor han incrementado el poder destructivo de los incendios, ya de sexta generación. En España, el fuego tuvo una particular relevancia al acercar las llamas a la capital y mantener en vilo a decenas de miles de personas que tuvieron que abandonar sus hogares. Las televisiones y medios de comunicación hicieron su espectáculo habitual de retransmisiones en vivo, testimonios dramáticos y lanzamiento indiscriminado de acusaciones entre políticos y administraciones.
La película de Nolan es fiel al canto de Homero y no hay duda de que funciona, como aquel en su tiempo –y en todos los tiempos desde entonces hasta ahora–, y sirve de espejo a un mundo que pasa por momentos de transformación; un mundo que cambia y parece fracasar.
El año pasado –y el anterior– ya hubo incendios que dieron cifras de récord y, del mismo modo, fueron acompañados de análisis, estudios y comentarios incendiarios buscando responsables y el debilitamiento político del contrario. “Los incendios se apagan en invierno”, “la prevención es la clave”, cada verano se escuchan y leen las mismas frases, para luego encontrar joyas informativas que dan cuenta de que los presupuestos de los pueblos afectados destinan de media diez veces más a las fiestas locales que a la prevención forestal, y van 294.000 hectáreas quemadas.
Mientras las familias afortunadas, las que no perdieron sus casas, regresaban a sus hogares rodeados de cenizas, las cámaras y reporteros se trasladaban a Ceuta, una de las dos ciudades autónomas españolas ubicadas en el norte de África y colindantes con Marruecos. Decenas de miles de marroquíes y migrantes subsaharianos cruzaron la frontera, muchos por mar –dejando la terrible cifra de más de 80 muertos–, en un movimiento que, según se desprende de lo publicado por medios solventes, ha sido orquestado a través de bulos extendidos en las redes sociales, con origen en Rusia y permiso de los amos de dichas redes en Estados Unidos.
La demografía acompaña a la naturaleza en ponernos a prueba: países ricos que necesitan trabajadores, pero no lo reconocen; países pobres cuyos habitantes buscan un futuro que su tierra les niega; países de paso que aprovechan la coyuntura. El relato, de nuevo, condiciona la recepción –o expulsión–, según quien lo cuenta. El miedo al otro se muestra universal y atraviesa geografías y períodos históricos. Los pueblos del mar, el gran protagonista ausente de La Odisea, la amenaza de la que todos hablan pero nadie ha visto aún.
Otro gran fracaso de la ficción fue el de Alan Moore en The Watchmen (1986-1987). Ante la amenaza de destrucción del planeta en una guerra atómica, Ozimandias recrea un ataque alienígena que cae sobre el corazón de Nueva York y produce millones de muertos para unir a los pueblos frente a un enemigo común. La ficción funciona, somos nosotros quienes no lo hacemos. Cuando tuvimos un enemigo común a toda la humanidad, el virus de la covid-19, no tardamos ni dos semanas en que los estados robaran las mascarillas de los aviones que hacían escala, los corruptos encontraran ocasión para enriquecerse y se dejara morir a los más débiles. En todos los países igual. Así somos.
El fracaso de Nolan no ha sido su película; de nuevo, somos nosotros. Los eclipses ya no son vistos como llamada de atención, son motivo de regocijo mediático y negocio. Los problemas duran lo que dura la presencia masiva de reporteros y televisiones. La gravedad de estos se mide por la cercanía a los centros de poder. Cuando el humo se despeja de los cielos de Madrid o de Nueva York, los incendios siguen, pero el interés se disipa y, con él, la búsqueda de soluciones para los siguientes, que llegarán, nadie lo duda ya.
Nolan ha hecho un gran trabajo, que funciona como película de aventuras respetando el original que Homero volcó al papel tras siglos siendo cantado, invitándonos a pensar que seguimos siendo los mismos en tiempos diferentes: humanos en medio de una revolución tecnológica con gobiernos e intereses –no solo de estados, también de empresarios más poderosos que muchos países– enfrentados, en ascenso unos y en defensa de su preponderancia otros; eventos naturales que nos sobrepasan; desigualdades que nos empujan... todo igual que hace 3.000 años.
El fracaso de Nolan es su acierto como cineasta. Tras comentar en familia la película, en dos ocasiones diferentes escuché la misma frase: “Qué lindo Argos, se me caían las lágrimas al verlo mover su colita y despedirse de Odiseo”. Tras ver en la pantalla la matanza de Troya, el horror de la guerra, la traición, la codicia, es Argos quien queda en la memoria colectiva. Exagero –espero–; sin embargo, leo a una columnista especializada en tecnología a la que sigo, que dice: “Pensé que no volvería a querer tanto a nada ni a nadie como a mi primer gato”.
Nolan acierta al decirnos en su película que los pueblos del mar somos nosotros. La columnista sigue la frase: “Como mi primer gato. Por suerte no fue verdad. […] En mi vida ha habido muchos otros gatos”. Mientras sigue habiendo voces negando el cambio climático y el agua será disputada entre saciar la sed o las necesidades de los grandes centros de datos, nosotros seguiremos distraídos haciendo videos de gatitos con inteligencia artificial. Así somos.
Juanjo Fernández es periodista español.
